viernes, 12 de febrero de 2016

COMO HUEVOS FRITOS

En cierta ocasión un periodista le pidió a Albert Einstein que explicara con palabras sencillas, si es que podía hacerlo, qué demonios era eso de la teoría de la relatividad. Entonces el genio respondió: "¿Me puede usted explicar cómo se fríe un huevo?". El reportero lo miró extrañado y contestó: "Pues sí, sí que puedo". A lo cual el científico replicó: "Bueno, pues hágalo pero imaginando que yo no sé lo que es un huevo, ni una sartén, ni el aceite, ni el fuego". Hoy, cien años después, estamos algo más cerca de saber qué es el fuego que agita el aceite de la sartén cósmica y de paso averiguar por qué nosotros nos abrasamos en esa sartén como huevos fritos chisporreantes. Ayer, un equipo de científicos norteamericanos (siempre los norteamericanos) descubrió que las ondas gravitacionales existen. Einstein, cómo no, ya lo había predicho sin despeinarse (o mejor sin peinarse) hace un siglo. Uno no sabe muy bien para qué diantres puede servir conocer que cuando dos agujeros negros chocan a miles de millones de kilómetros de distancia y se engullen entre sí y provocan el mayor cataclismo conocido en el Universo salen disparadas una serie de ondulaciones que alteran el espacio y el tiempo, como si una piedra cayera en un estanque y formara pequeñas olas concéntricas a su alrededor, alterando la superficie del agua. Uno no sabe si un descubrimiento tan fabuloso pasará desapercibido para la mayoría de los mortales en medio de los grandes asuntos místicos que nos tienen entretenidos y con el corazón en un ay, cuestiones tan vitales como si Rita será imputada, si Pedro y Pablo se pondrán de acuerdo al final o si dos pobres titiriteros son en realidad los terroristas más peligrosos del mundo. Temas sin duda trascendentales que deben ocupar todo nuestro tiempo. A quién le importa en realidad que ahí fuera las estrellas y los planetas se estén devorando trágicamente, que estallen las supernovas, que toda nuestra galaxia se esté dirigiendo en estos momentos hacia un inmenso agujero negro que nos destruirá sin remisión, reduciéndonos a los estúpidos seres humanos, para siempre, a simple polvo de estrellas. Mientras la danza cósmica prepara el gran acto final, el mono desnudo sigue aquí, riendo como un chimpacé enloquecido, absorto en sus miserias, mirándose el ombligo y comiendo sus estúpidos cacahuetes. Tal cual como hace un millón de años.

Viñeta: Xipell

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