miércoles, 24 de febrero de 2016

LOS PERIODISTAS DE INVESTIGACIÓN


Me asomo a la ventana de la televisión y veo que florecen como setas los periodistas de investigación. Ya hay más periodistas de investigación que personas. En la Sexta sobre todo, pero también en Cuatro, en Antena 3 y hasta en la tele local del último pueblo perdido de España (en Televisión Española no, en Televisión Española es más difícil encontrar un periodista de investigación que una neurona potable en Gran Hermano). Es innegable que el periodismo de investigación está de moda, en lo político, en lo social, en lo deportivo con Pedrerol y los chanchullos de Neymar y hasta en la prensa rosa, donde se investigan cosas cómo de qué color llevará hoy los gayumbos Amador Mohedano. Todos juegan a ser periodistas de investigación astutos y avezados para salir todo el rato en la tele y escribir el librito de turno donde explican cómo trincaron a ese fulano del Ayuntamiento de Cuenca o de Soria que se llevó cuatro perras a Suiza. La verdad es que trabajo no les falta en esta España invadida por yonquis del dinero en plan walking dead. No hace falta rascar mucho para sacar un escándalo superior. Cuando el PP está en plena descomposición de tanto caso mayúsculo, cuando no queda un solo hombre honrado ni en autonomías ni en ayuntamientos ni en diputaciones provinciales, cuando ya se lo han llevado todo, es fácil hacer periodismo de investigación bajo el amparo protector del maestro Ferreras y su magnífico Al Rojo Vivo. Pero sucede que hace solo unos años, cuando el poder del PP era omnímodo y total, cuando las subvenciones del ladrillo entraban como manantiales sucios en los periódicos, radios y televisiones, tapando la boca a los directores y gerentes de los rotativos, no había un solo periodista de investigación para alzar la voz. Era entonces cuando los necesitábamos de verdad, era en ese momento cuando el país y la prensa libre los necesitaba para airear lo que se estaba cociendo. ¿Dónde estaban entonces los periódicos locales libres e independientes cuando Carlos Fabra abría aeropuertos como churros para llevárselo muerto? Todos callaban como putas y guardaban los dosieres putrefactos en el cajón, salvo excepciones, y al reportero que osaba predicar en el desierto y levantar un tema en contra del cacique se le tomaba por loco o se le metía una querella por injurias y calumnias de padre y muy señor mío o se le ahogaba en el silencio y la marginación, un silencio cómplice en el que participaban los políticos y sus redactores jefes palmeros. ¿Y dónde estaban los aguerridos periodistas de investigación cuando la pasta circulaba como un ferrari sin control por todo el PP valenciano, por los ayuntamientos paletos de Madrid, por los plenos municipales que terminaban con buena coca, champán y puticlub con el empresario de turno? ¿Dónde estaba esa prensa valiente que tanto necesitaba el país cuando los corruptos comparecían en ruedas de prensa impunes donde sacaban pecho de sus hazañas políticas y ningún periodista le preguntaba por esa adjudicación ilegal, por esa contrata sospechosa, por ese pitufeo oscuro? ¿Dónde estaban los periodistas de investigación para denunciar que todo el árbol de la democracia se estaba pudriendo desde las raíces hasta las hojas? Yo se lo diré, ocupado lector. Callados como tumbas. Unas veces por miedo, otras por dinero y siempre por desidia profesional. Hoy me asomo a la tele y veo mucho periodista de investigación por ahí suelto y eso está muy bien porque es síntoma de higiene democrática. Pero no olvidemos que los políticos no son los únicos culpables de tanto latrocinio. Nosotros, los periodistas, también tenemos mucho que callar.

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