martes, 16 de junio de 2020

COLÓN


(Publicado en Diario16 el 15 de junio de 2020)

Finalmente Ada Colau no retirará la estatua de Cristóbal Colón. La alcaldesa de Barcelona se ha visto obligada a zanjar la cuestión después de que los movimientos antirracistas de Estados Unidos la hayan tomado con las esculturas del explorador español en distintas ciudades norteamericanas. Los antifa, el movimiento Black Lives Matter y los anarcos antisistema han encontrado en el navegante genovés el símbolo perfecto de su lucha, la cabeza de turco idónea para ajustar cuentas por el vil asesinato de George Floyd a manos de un policía supremacista nazi. Desde California hasta Nueva York, cientos de jóvenes activistas han arremetido contra las efigies de Colón al grito de “jódete Christopher Columbus”, “asesino” o “genocida”. Y así ha sido como numerosas estatuas del célebre descubridor de las Américas han terminado derribadas, arrojadas a estanques y lagos, mutiladas y decapitadas en una imparable fiebre de odio que se extiende por todo el país.
En los últimos días parecía que Colau iba a ceder a las presiones de los colectivos más radicales, en buena medida después de que la presidenta de Catalunya en Comú-Podem en el Parlament, Jéssica Albiach, llegara a afirmar que “desmontar la estatua de Colón sería una buena medida”. Sin embargo, esta misma mañana la alcaldesa ha dictado sentencia absolutoria, de modo que el explorador no será ejecutado de momento y podrá seguir en su pedestal, brazo derecho extendido y el dedo índice señalando hacia el mar. “Esta estatua es un icono de la ciudad de Barcelona, para bien y para mal, con todo lo que implica (…) Los expertos en memoria democrática que hemos consultado ven más interesante poder dejar la estatua de forma crítica y que haya una explicación”, ha concluido Colau, partidaria de colocar una placa que explique el contexto histórico del monumento e incluso de organizar una exposición aclarativa.
El episodio de las estatuas de Colón viene a demostrar que el revisionismo histórico polarizante se impone en todas partes y va camino de convertirse en un peligroso foco de conflicto político y enfrentamiento social. La historia debería ser abordada desde la investigación rigurosa y el dato científico, aportando pruebas que justifiquen o avalen una tesis por demostrar, pero se imponen los prejuicios, los dogmas y la demagogia populista de uno y otro signo. Se hace historia en la calle, a golpe de adoquín y manifestación, y no en las bibliotecas que nadie pisa porque leer aburre y quita tiempo al Instagram. Si la extrema derecha tiene a sus revisionistas de cabecera trabajando a destajo para maquillar la imagen del dictador Franco, en el otro bando están los que pretenden reescribir hechos históricos que acontecieron hace 500 años con los parámetros de los derechos humanos que rigen en la actualidad, lo cual nos lleva al reduccionismo absurdo y sin sentido. Las nuevas corrientes revisionistas (que tienen más de activismo y de trinchera política que de estudio analítico y serio de la historia) pueden conducirnos a situaciones kafkianas. Hoy se trata de pulverizar las estatuas de Colón pero mañana el objetivo será emprenderla a pedradas con las imágenes de Julio César, Alejandro Magno, Carlos V o Napoleón, ya que no hay un solo personaje político del pasado que esté libre de pecado, culpa y sangre. Y así, en esa loca espiral por adaptar el relato de crueldades y guerras que es la historia a la Carta Universal de Derechos Humanos, terminaremos cargándonos el arte, arrasando el Foro de Roma, desmantelando los Museos Vaticanos que están llenos de cuadros a mayor gloria de afamados criminales y cerrando El Escorial como gran símbolo del imperio colonial español que es.
Ni siquiera Winston Churchill se va a librar de esta cruzada de ciego papanatismo que nos aleja del objetivo: la defensa de los derechos de los negros, la lucha contra la discriminación racial y que se haga justicia con el pobre George Floyd. Si hay alguien que luchó contra el fascismo racista en la Segunda Guerra Mundial ese fue el rechoncho primer ministro británico, pero los Black Lives Matter ya le han colocado el cartel de nazi y los bobbies de Scotland Yard tienen que montar guardia al pie de sus bustos, noche y día, para que los fanáticos no los profanen.
Como también resulta ciertamente surrealista y esperpéntico que la plataforma digital HBO haya decidido eliminar Lo que el viento se llevó de su catálogo de películas, una forma de mostrar su apoyo al movimiento antirracista (finalmente la cadena ha rectificado y la exhibirá con una nota al margen avisando de su potencial segregacionismo). En realidad, el novelón de Margaret Mitchell no hace apología de nada perverso, se limita a retratar una época y un mundo, el de los crueles campos de algodón de Georgia, que afortunadamente se derrumba. La indómita Scarlett O’Hara, el canalla Rhett Butler, el pusilánime Ashley y la beata Melania son arquetipos fundamentales para entender ese capítulo de la historia universal y condenando la película de Victor Fleming al canon de obra prohibida, como en los tiempos de la Inquisición, hacemos un flaco favor a los derechos de los pueblos oprimidos.
No hay ninguna causa más justa y noble que la lucha contra el racismo y en ella deben aplicarse a fondo sociedades y gobiernos, precisamente en este momento en que la extrema derecha supremacista va ganando terreno. Pero no parece que decapitar a Colón, que vivió cinco siglos antes de que apareciera el fascismo en el mundo, sea la solución. Tratar de revisionar la historia para adaptarla al momento y a los intereses políticos actuales no es el camino para alcanzar el pleno respeto a los derechos humanos. El descubrimiento de América fue una odisea homérica solo comparable a la llegada del hombre a la Luna. Cambió la historia para siempre y sirvió para demostrar con hechos que la Tierra es redonda (aunque hoy los terraplanistas sigan negándolo en otra demostración de absurda superchería que va degenerando la inteligencia de la especie). Lo que vino después, la crónica negra de la conquista de las Indias y la aniquilación de pueblos enteros, es otra cuestión. Esas páginas forman parte de la historia de la infamia, de la colonización y la esclavitud que los españoles escribieron al otro lado del Atlántico. Nuestra maldita leyenda negra. Deben ser analizadas y estudiadas a la luz de la historiografía, sin pasiones, sin exaltaciones mixtificadas ni romanticismos juveniles. Nunca olvidemos que la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia. Ya lo dijo Aldous Huxley.

Viñeta: Lombilla

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