domingo, 21 de junio de 2020

LOS SANTOS INOCENTES


(Publicado en Diario16 el 21 de junio de 2020)

Los espectadores han elegido Los santos inocentes como la mejor película del cine español, según una encuesta de La 2 de TVE. Como homenaje a la obra maestra de Mario Camus, el programa Historia de nuestro cine volvió a reponer la cinta, que entre las audiencias ha vuelto a causar el mismo impacto que el día de su estreno, hace ya 36 años. Tras la emisión de la película, la cascada de comentarios e interpretaciones incendió las redes sociales hasta el punto de que el debate fue trending topic en Twitter durante buena parte de la noche. Sin duda el film, adaptación de la novela de Miguel Delibes, sigue sobrecogiendo a la sociedad española, no solo porque nos habla de un capítulo negro de nuestra historia, sino también porque no hemos aprendido de los errores del pasado y la pesadilla puede volver a repetirse.
El relato de la modesta familia de campesinos al servicio de una estirpe de caciques terratenientes de Extremadura en la España franquista de los años 60 impresiona por su crudeza, su realismo y su mística carga de profundidad. Cómo no estremecerse ante la galería de personajes torturados que nos deja Mario Camus, cómo no compadecerse de aquella España feudal, atrasada y vampirizada por los señoritos que trataban a sus sirvientes como auténticos esclavos. Por mucho que uno haya visto la película una y mil veces, sigue poniendo los pelos de punta la escena más humillante de todas, esa en la que Paco El Bajo (Alfredo Landa) decide ponerse a cuatro patas, arrastrándose como un perro rastreador, para olfatear mejor el rastro de las palomas torcaces y perdices abatidas por su señorito Iván, el bilioso fascista encarnado por un Juan Diego más soberbio que nunca. Casi cuarenta años después, cada personaje nos sigue removiendo algo muy dentro de nosotros mismos, desde la abnegada y sumisa Régula (Terele Pávez) −siempre con el “a mandar” en la boca para complacer a la señora marquesa−, hasta la Niña Chica, la pequeña de la familia, una pobre discapacitada que lanza desgarrados alaridos de dolor que se escuchan en todo el páramo extremeño. Pero por encima de todos, nos sigue conmoviendo el personaje del desdentado Azarías, el trastornado hermano de Régula que vuelca todo su amor y toda su sensibilidad en su “milana bonita”, esa simpática grajilla que se posa suavemente en su hombro cuando él la llama y que le acompaña a todas partes. Nadie que haya visto la película podrá olvidar el final (y perdón por el espóiler), cuando el señorito Iván mata al pájaro de un escopetazo (para pagar su frustración) y Azarías se venga ahorcándolo de un árbol.
Todos esos seres traumatizados y oprimidos eran nuestros santos inocentes de entonces, nuestros miserables y parias de aquel genocidio silencioso que fue la dictadura. El cortijo franquista de Delibes es la metáfora perfecta de aquella España enferma, secuestrada, endogámica, rural y deforme donde la diferencia entre clases sociales llegaba a límites de crueldad e injusticia infinitas. El contraste entre la casa opulenta de arriba (la de los Grandes de España) y el destartalado chamizo de paredes húmedas y desconchadas de abajo (la ratonera en la que se hacina la familia de Paco el Bajo) lo dice todo sobre lo que significó aquel régimen esclavista, corrupto y criminal. Arriba los que mandan, los señoritos de las escopetas y las marquesonas enjoyadas de visón; abajo la paupérrima chabola, donde la servidumbre pasa frío y penurias de todo tipo. Unos mandan y otros obedecen; unos se dan la gran vida en sus monterías, fiestas, banquetes y viciosos adulterios mientras otros malgastan su existencia trabajando, obedeciendo y soportando humillaciones. Eso es exactamente lo que fue el franquismo; ese es el tiempo de paz, prosperidad y felicidad que nos prometen ahora, tan alegremente, los nostálgicos revisionistas de la historia. Probablemente a Santiago Abascal no le guste esta película porque él también forma parte de aquel paisaje, de aquella “extrema dura”, es decir, de aquel microcosmos de arriba, el cortijo donde seguramente él viviría con los suyos, alternando con los caciques, ministros falangistas y rollizos obispos de buen yantar. El líder de Vox sueña con aquella España de señoritos marqueses y siervos esclavizados; suspira por aquel coto de caza donde la presa ya no es la despistada perdiz, sino el pobre diablo de raza inferior que no tiene donde caerse muerto; anhela aquel establo húmedo y maloliente donde la mayoría de los españoles vivían como animales y quemaban sus vidas en un miasma de analfabetismo, pobreza, hambre y vejaciones del todopoderoso amo y señor.
Si la gran película de Mario Camus sigue resultando fascinante e impactante todavía hoy, después de casi cuarenta años, es porque no ha perdido ni un ápice de frescura ni de la gran verdad que esconde y porque nos avisa de que estamos mucho más cerca de lo que parece de que la historia vuelva a repetirse. De hecho, los caciques y Grandes de España ya han empezado su colecta de leche y aceite para que los nuevos santos inocentes del coronavirus se vayan acostumbrando a lo que viene. No cabe duda: la película sobre el novelón de Delibes se debe incluir como asignatura obligatoria en todas las escuelas. Aunque Vox le cuelgue el cartel de “censurada” y el pin parental.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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