jueves, 11 de junio de 2020

EL MONARCA INVESTIGADO


(Publicado en Diario16 el 11 de junio de 2020)

La Justicia española, tras muchos años de rumores y especulaciones sobre el patrimonio oculto del rey emérito, ha decidido abrir por fin una investigación oficial, como ocurre en cualquier democracia que ve cómo su jefe del Estado se ve acosado por la sombra de la corrupción. Sin embargo, aunque parece que algo ha cambiado respecto a la inviolabilidad judicial del exmonarca, si bien tímidamente, en el plano político es como si aún nos halláramos en 1978, ya que cualquier intento por impulsar una comisión de investigación parlamentaria es convenientemente bloqueado, cerrado y archivado.
En los últimos tiempos han sido muchas las peticiones e iniciativas de los diferentes grupos políticos para que el caso de las cuentas reales se sometiera a la luz y los taquígrafos del Parlamento y todas ellas han terminado en la papelera, en buena medida por el veto sistemático de PP y PSOE, los dos grandes pilares del bipartidismo de la restauración borbónica hoy tambaleante. El penúltimo intento se ha producido hace apenas unas horas, cuando varios partidos han vuelto a registrar un escrito dirigido a la Mesa del Congreso con la intención de aclarar la comisiones percibidas por el rey emérito en Arabia Saudí tras la adjudicación del AVE a La Meca. No hay que ser un avezado cronista parlamentario para intuir que la iniciativa está abocada a un nuevo carpetazo, de modo que el manto de silencio que ampara a la Casa Real ha vuelto a funcionar.
La democracia española tiene muchos pecados originales que aún no han sido redimidos, expiados, limpiados. El hecho de que la Monarquía fuese la forma de Gobierno impuesta por Franco, un trágala que iba en el mismo pack de la Constitución del 78 sin que los españoles tuvieran derecho a decidir, demuestra que aquello nació torcido. Es cierto que el truco, cuento o ficción funcionó durante 40 años que han permitido una convivencia en paz y en libertad, pero la verdad nunca puede ser enterrada para siempre y de una forma o de otra termina aflorando.
Ha pasado mucho tiempo desde la muerte del dictador y la democracia española debería haber madurado lo suficiente como para abordar los viejos asuntos pendientes, entre ellos la forma de Gobierno (monarquía o república), los símbolos nacionales, el perfeccionamiento del modelo territorial y la siempre injustamente aplazada deuda con las víctimas de la Guerra Civil. Evidentemente, hoy es el peor momento para eso. La llegada a las instituciones de la extrema derecha y el giro ultra que Pablo Casado ha dado al Partido Popular lo complican todo en exceso. La vuelta a la política de trincheras, a la confrontación y polarización en dos bloques irreconciliables impide cualquier avance o consenso del país sobre ciertos asuntos que los poderes fácticos consideran innegociables.
Y en ese escenario de parálisis institucional, de crisis profunda de España como sociedad y como país, estalla ahora el asunto de los trapos sucios del rey emérito, que viene a añadir un plus de inestabilidad casi insoportable. No estamos hablando de un simple funcionario o alcalde de pueblo, hablamos ni más ni menos que de la Jefatura del Estado, de la piedra angular sobre la que se asienta toda la arquitectura constitucional. Si se viene abajo la monarquía, el edificio entero se desploma, de ahí la importancia trascendental de la investigación abierta por la Fiscalía.
Un jefe de Estado, por mucho que sea un mero símbolo abdicado, siempre es responsable de un país y debe dar cuenta de sus actos jurídicos y políticos. Sin embargo, pese a la gravedad del momento histórico que vivimos, da la sensación de que aquí no pasa nada, de que el rey emérito era tan solo un hombre que pasaba por allí, un turista accidental de Zarzuela no solo inviolable sino inocente de la crisis galopante que sufre el país. Por lo visto, Don Juan Carlos no solo estaba por encima de la ley y de los inspectores de Hacienda, sino que no pasaba de ser una especie de subcontratado del franquismo para desempeñar un papel muy concreto y puntual durante la Transición: lograr el consenso y la concordia. Una vez cumplida la misión, ya podía dedicarse a sus paseos con el Bribón, a sus safaris y a sus actividades comerciales en el extranjero. Hasta ahí llegó su labor como jefe de Estado.
Sin duda, el asunto de Corinna Larsen, de las cuentas en Suiza y de las empresas y sociedades offshore, viene a demostrar que los españoles han estado viviendo en una gran mentira todo este tiempo. Nos habían contado que por fin teníamos un país plenamente consolidado bajo el escudo de la Corona cuando en realidad ahora comprobamos con estupor que el proyecto de modernización no era serio sino más bien una estafa, una tapadera para que las camarillas de siempre, la realeza, las élites y los Grandes de España, progresaran en la vida a costa del pueblo. Mal que nos pese, seguimos siendo lo de siempre, España S.A., solo que los negocios ya no se cierran en la sucursal central de El Pardo, adonde llegaban embajadores de medio mundo con flamantes Rolls, regalos para el dictador y joyas para la Collares, sino en el reservado del rey emérito en Zarzuela.
Hoy los españoles se despiertan del narcotizante sueño borbónico y caen en la cuenta de que el país que les habían prometido era un bluf y que el artífice del proyecto era un actor, un personaje circunstancial escogido por designio divino (en este caso por el dedazo del Caudillo), un hombre con un maletín y una novia en cada puerto que trabajaba para figurar en la lista de magnates de la revista Forbes más que para labrarse una página eterna y gloriosa en los libros de Historia. El “caso Corinna” nos ha devuelto a la triste y cruda realidad de que seguimos estando solos frente a la casta, huérfanos de referentes, exiliados en nuestra propia tierra y arrastrados, una vez más, por la fatídica leyenda negra española y por los vicios y costumbres de unos Borbones que en algún momento, más tarde o más temprano, siempre terminan pifiándola y dejando al pueblo en la estacada. Mientras tanto, el Estado es un mecano podrido que se resquebraja (como tantas veces en el pasado, la maldita maldición), y lo más terrible de todo es que miramos a nuestro alrededor y esta vez no hay ningún líder capaz de sacarnos del fango, ni un decente y eficaz Adolfo Suárez, ni un fiel y astuto Sabino Fernández Campo.
En una Monarquía, si el rey falla, falla todo, y ahora asistimos con estupor y amargura al final de un nuevo capítulo del interminable drama español. La aventura del personaje heroico que se puso el uniforme chapado de medallas de latón para frenar a los malvados golpistas ya no se la cree nadie (mucho menos ahora que el emérito busca abogado, como un mal concejal de Urbanismo, para defenderse de una grave acusación de blanqueo de capitales). La odisea del patrón que sujetó el timón del país con pulso firme en los peores momentos ha terminado en la caricatura de un jubilata forrado, solitario y decadente en una playa del Caribe, el Benidorm de los ricos. Hoy sabemos que el ducho estadista era en realidad un figurante muy bien escogido, un comercial habilidoso, un viajante con buen olfato para sus negocios y los de sus amigos empresarios, queridas y testaferros. Y aunque la monarquía se perpetúe en la figura de Felipe VI ya nada será lo mismo porque han violado la confianza del pueblo, que es lo único que debería ser inviolable. El daño es inmenso, irreversible, puesto que no solo nos han robado unas comisiones y unos millones de dólares sin declarar. Nos han arrebatado cosas mucho más sagradas: la esperanza, la inocencia y un futuro como país.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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