martes, 15 de marzo de 2022

EL GULAG

(Publicado en Diario16 el 10 de marzo de 2022)

Putin ha secuestrado a su pueblo. Con los medios de comunicación censurados, con las redes sociales cerradas y las multinacionales huyendo a marchas forzadas del país, pocos son los rusos que saben lo que realmente está ocurriendo en Ucrania. El súbito apagón informativo y el férreo control de las instituciones políticas es propio del más abyecto régimen totalitario que haya conocido la historia de la humanidad.

El presidente ruso ha logrado construir una sociedad orwelliana y distópica donde un siniestro Gran Hermano totalitario maneja a la opinión pública mediante una neolengua inventada por el propio Gobierno. De esta manera, no hay una invasión como tal en Ucrania, solo una “operación militar preventiva”; la guerra se entiende como una “defensa patriótica contra el enemigo nazi ucraniano”; y el hundimiento total de la economía rusa es solo un contratiempo temporal que pasará pronto, en cuanto los hermanos chinos e indios abran sus mercados para que Moscú pueda sortear el durísimo bloqueo de Occidente. Por supuesto, los informativos están debidamente filtrados por el aparato del Estado, de modo que los rusos no podrán saber ni un solo dato fiable sobre los crueles bombardeos que sus tropas están perpetrando contra hospitales, escuelas, corredores humanitarios, autobuses con refugiados y colas de racionamiento. Ayer, sin ir más lejos, un salvaje e inhumano ataque contra una clínica de maternidad en Mariúpol dejó muertos y niños atrapados bajo los escombros. Se desconoce la cantidad de víctimas, pero todo apunta a un nuevo crimen de guerra del tirano de la KGB. Un horror indescriptible.  

En las últimas horas, compañías como Inditex, Mango, Chanel, McDonald’s, Coca Cola, Heineken y Starbucks se han sumado al listado de más de 300 corporaciones participantes en el boicot contra el sátrapa del Kremlin. Es la otra guerra, la guerra económica que nadie sabe a ciencia cierta cómo está afectando al día a día de la población rusa. Las noticias que llegan de Moscú, siempre con todas las reservas (la desinformación lo contamina todo) apuntan a que las drásticas sanciones europeas y norteamericanas han cambiado la vida de la gente, pero no de una manera tan notable como para poder concluir que la ciudadanía está al tanto de la realidad de los hechos. Es decir, los rusos viven su propio sueño confuso, el que les ha inducido Putin para mantenerlos anestesiados mientras él termina de completar su macabra limpieza étnica de ucranianos. Así, una rusa que pase ante una tienda de Zara cerrada a cal y canto puede llegar a sospechar que las cosas van mal para la economía nacional. Otro ciudadano que sufra en sus carnes el corralito financiero (sin poder sacar más que un máximo de dinero del cajero) sospechará que son cosas de la guerra que libra la patria en el frente sur. Pero lo más probable es que ninguno de los dos, desinformados y controlados mentalmente, conozca la dimensión real del huracán mundial que ha desatado su atrabiliario presidente. Y menos si el régimen está machacándole cada minuto con la idea de que Ucrania ha caído en manos de unos nazis que bombardean a los suyos y a los que es preciso exterminar como a ratas.

Mientras tanto, las manifestaciones contra la guerra de los primeros días han sido debidamente sofocadas por las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia. A esta hora lo más probable es que las cárceles probablemente se estén llenando de activistas por la paz que han corrido la misma suerte que el disidente Navalny: ser recluidos y silenciados en una lóbrega prisión de Siberia. El terrorífico gulag vuelve a materializarse de nuevo para horror de la humanidad, pero nadie puede saber qué es lo que está sucediendo realmente de puertas para adentro en ese país. ¿Está la gente apoyando incondicionalmente a su amado líder en un extraño caso de lavado de cerebro colectivo, tal como ocurrió con los alemanes que se dejaron abducir por su Führer en 1933? ¿Es más fuerte el movimiento anti-Putin que el fervor que pueda sentir una parte del pueblo ruso por el hombre fuerte y autoritario que guía sus destinos? Nadie puede saberlo, nadie ha entrado en Rusia y ha salido para poder informar con entera libertad, mientras que la mayoría de los medios acreditados internacionales ya han sacado a sus corresponsales del país al no poder garantizar su seguridad. Ignacio Ortega, hasta hace unas horas corresponsal de la agencia Efe en Moscú, tiene claro que Putin va a seguir con sus planes de represión interna y conquista exterior para ampliar sus fronteras, ya que está plenamente convencido de que algo o alguien, el destino, la providencia, quizá Dios, le ha asignado una “misión mesiánica” para salvar a la Madre Rusia de las corruptas democracias occidentales. Definitivamente, el mundo ha caído en manos de un loco con plenos poderes sobre el maletín nuclear.

De momento, poco más se sabe, salvo que el terror ha empezado a cundir entre los periodistas rusos, muchos de los cuales han decidido abandonar la profesión por miedo a las represalias. Hace solo unos días, el 4 de marzo, Putin dictaba una enmienda que estipula hasta 15 años de cárcel para todo aquel informador que publique noticias críticas contra el régimen y su Ejército o no se ajusten a la versión oficial. Fue un claro aviso a navegantes. Después de aquello, no pocos profesionales del periodismo han dimitido de sus cargos ante la posibilidad de represalias. Las novedades que llegan con cuentagotas hablan de 13.000 personas detenidas en las manifestaciones pacifistas, del cierre de televisiones y periódicos, de una formidable maquinaria propagandística a mayor gloria del líder y de su guerra como no se había conocido desde hace casi un siglo. Al mismo tiempo, el Roskomnadzor, órgano encargado de regular los medios de comunicación en Rusia, ya ha anunciado que Facebook ha dejado de ser accesible para el ciudadano. Así es como se consuma el apagón informativo.

Los bulos triunfan, la propaganda política cala, el miedo –principal aliado de todo dictador que se precie–, se apodera de la población. Rusia es ya un inmenso gulag, un centro de reclusión completamente precintado y aislado, quizá un gueto formado por más de 144 millones de habitantes donde todo empezará a escasear muy pronto, donde ya nadie se fía de nadie, donde los confidentes y comisarios causan estragos y donde hablar o expresarse con libertad se ha convertido en una actividad altamente peligrosa. Tal cual como en los tiempos de Stalin.

Viñeta: Álex, la mosca cojonera

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