martes, 15 de marzo de 2022

EL MONSTRUO DE EUROPA

(Publicado en Diario16 el 12 de marzo de 2022)

Los líderes europeos se reúnen en Versalles para escenificar la unidad de Occidente frente a Putin, que sigue machacando al pueblo ucraniano. Fue en aquella histórica ciudad francesa situada a pocos kilómetros de París donde las potencias de la Triple Entente, vencedoras en la Primera Guerra Mundial, trataron de echarle el cerrojo al monstruo alemán en 1919. El documento firmado por las partes contendientes estipuló el desarme de Alemania, que se vio obligada a ceder territorio y a pagar astronómicas indemnizaciones económicas a los países que habían ganado la guerra. En aquel momento las democracias occidentales pensaron que estaban firmando el tratado que pondría punto fin a “la última guerra”. Se equivocaron. Veinte años después, Adolf Hitler ponía en marcha una maquinaria bélica nunca antes vista por la humanidad invocando, entre otras cosas, que las sanciones económicas contra el pueblo alemán suponían una injusta humillación. Y el mundo fue arrastrado a la Segunda Guerra Mundial.

Hoy, más de un siglo después, la comunidad internacional vuelve a reunirse en Versalles, un símbolo histórico y geográfico que no trae demasiados buenos recuerdos a los europeos, ya que allí se firmó una falsa paz, una ficción, el preámbulo de un nuevo infierno. Hasta Versalles, epicentro de los grandes terremotos de la historia, se han ido hoy nuestros líderes mundiales, que a esta hora no saben qué hacer con el nuevo loco que pretende emular la barbarie de otros que apestaron la Tierra antes que él. Más allá de escenificar una imagen de unidad frente al totalitarismo putinesco, poco más pueden hacer para frenar la sangrienta guerra en Ucrania. Unos y otros se miran compungidos, tensos, ateridos y mirando al cielo sin saber cuándo van a volar sobre nuestras cabezas los misiles de Kaliningrado. Unos y otros, abrigos negros carísimos, guardan un silencio de funeral en los inmensos salones de oro versallescos bajo lámparas de araña y tapices con batallas napoleónicas de época. Y se preguntan: ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí? Nadie tiene el valor para responder. Ninguno de ellos tiene el coraje de decirle al pueblo que aunque hoy todos estamos unidos frente al tirano, quizá ya sea demasiado tarde.

Durante años Europa no fue nada salvo una feria monetaria y un club de ricos con algunos pobres que se repartían las migajas. No hemos sabido construir una nación auténticamente europea y cohesionada con un ejército propio, con un sistema productivo redistributivo, con una policía y un ordenamiento judicial fuerte para acabar con los oligarcas del gas y la mafia rusa, con un sistema fiscal único capaz de mitigar la desigualdad social. Pudimos haber construido una gran superpotencia de la democracia dispuesta a exportar paz, prosperidad y libertad a otros países del Tercer Mundo, pero nos quedamos en nuestro ombligo de occidentales bien alimentados, en el Festival de Eurovisión y en la Champions League. Levantamos un gigante con pies de barro mientras el sátrapa, al otro lado del telón del odio, se rearmaba hasta los dientes, tal como hizo Hitler en los años 30 del pasado siglo. Esa indolencia, esa dulce sensación hedonista de que la historia había terminado y de que vivíamos en un oasis a salvo de la guerra ya para siempre, nos ha matado. Así, cuando Putin empezaba a dar los primeros pasos expansionistas, todos callamos. Cuando tomó Georgia, Chechenia o Bielorrusia, cuando arrasó Siria y tantos lugares recónditos, le dejamos hacer, miramos para otro lado y pensamos que aquello era cosa de exsoviéticos pasados de vodka que no habían logrado resolver los problemas derivados de la desintegración de la URSS. Las cosas de Putin, decíamos tratando al monstruo con benevolencia y hasta con simpatía, ya que en cada cancillería se le recibía con los brazos abiertos, con un ramo de flores y algunos regalos. Nunca un genocida ha firmado en tantos libros diplomáticos de cortesía.  

En realidad, al tirano no le interesaban aquellas desconchadas repúblicas soviéticas más o menos atrasadas y atrapadas en el tiempo. Él ya estaba pensando a lo grande, distópicamente, poniendo el dedo en Polonia, en los países bálticos, en Finlandia y Suecia. Su guerra del futuro no estaba en Crimea o en el Donbás como nos hizo creer tramposamente, sino en la vieja Europa, en la anémica y decadente Europa que ni siquiera era capaz de consensuar una política exterior común para pararle los pies al nuevo Hitler moscovita. Nadie en la OTAN, con todos sus servicios de inteligencia y contraespionaje, supo ver la Segunda Guerra Fría que se estaba gestando en los centros de control de las bases y arsenales nucleares de la gélida Siberia.

Ni siquiera cuando se supo que Putin financiaba a los grupos ultraderechistas, populistas y antisistema en cada rincón del viejo continente supimos reaccionar a tiempo. Hoy Vox ya toca poder en España, al igual que otros movimientos neofascistas se instalan en Polonia, Hungría y tantos países a los que Putin, un alérgico a la democracia liberal que considera corrupta, ha nutrido con tecnología punta en redes sociales, ejércitos de bots, traviesos hackers expertos en guerra cibernética e ingentes cantidades de dinero. Ahora comprobamos con estupor quién estaba detrás del nuevo nacionalismo fascista internacional y también, por qué no decirlo, detrás de los grupos de extrema izquierda antisistema que boicoteaban con tácticas de guerrilla urbana cada una de las cumbres de estado europeas. Unos y otros, los totalitarios de ambos signos, los enemigos de las democracias, son hijos de Putin.  

Mientras tanto, los oligarcas rusos se daban a la buena vida en las mansiones de Marbella y la Riviera francesa, compraban clubes de fútbol a tocateja y se hacían fuertes en las bolsas europeas. Nadie vio o no quiso ver en esas maniobras económicas corruptas la mano negra de Vladímir Putin. Tantos años mirando para otro lado y compadreando con el dictador ha provocado situaciones surrealistas, como que Alemania, bastión de la Unión Europea y una de las economías más fuertes del planeta, no puede ir más allá en las sanciones contra Moscú porque depende de la energía rusa y si Gazprom cierra el grifo de sus gasoductos millones de alemanes se morirán de frío, quedando tiesos como pajaritos. Hasta ese punto llega el secuestro de los alegres europeos perpetrado por el maquiavélico Putin.

El efusivo abrazo de ayer entre Macron y Pedro Sánchez quedará para la historia como un intento tan noble como desesperado e inútil por plantar cara al genocida mientras las bombas siguen arrasando Mariúpol (ayer fue un hospital, hoy una guardería). Mucho nos tememos que la cumbre de Versalles servirá para incrementar el presupuesto en defensa de cada país (un buen pelotazo de la industria armamentística), para condenar las masacres de Ucrania y poco más. Estamos en manos del loco y de su maletín nuclear. Un tipo que dará rienda suelta a su sed de sangre hasta que su odio se quede saciado. Tan dramático y triste como eso.

Viñeta: Alejandro Becares

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