martes, 8 de marzo de 2022

EL NIÑO UCRANIANO

(Publicado en Diario16 el 8 de marzo de 2022)

Un niño de once años ha viajado solo, durante más de 1.700 kilómetros, huyendo del infierno de Ucrania. Un niño con un gorrito de lana, una mochila al hombro, una sonrisa amarga pero sin odio ni rencor y un número de teléfono anotado a boli en la mano. El pequeño héroe, que ha recorrido parte del territorio devastado por Putin, se ha convertido en un gran símbolo internacional para explicar el drama de los refugiados. El símbolo de la resistencia ucraniana frente a la barbarie neonazi; el símbolo de millones de desplazados que se agolpan estos días, en aterrada avalancha, sobre las fronteras de la vieja Europa que despierta de su letargo y vuelve a ser solidaria otra vez; el símbolo de un mundo que se ha vuelto loco de repente y que camina hacia su propia aniquilación.

El fragor de las bombas ilumina la noche de Kiev. Los cañones de la flota rusa apuntan hacia Odesa, la perla del Mar Negro. Los corredores humanitarios se convierten en trampas mortales colocadas a conciencia por el Ogro de Moscú para consumar su limpieza étnica de ucranianos. Es el terrorismo de Estado llevado a su máxima expresión. Ayer, en Irpín, a menos de treinta kilómetros de la capital, algún criminal ordenó bombardear un autobús repleto de refugiados civiles. Otros testigos aseguran que los rusos han convertido la ruta de evacuación de los vecinos de Mariúpol, en el sur del país, en un campo de minas. Los morteros ya no van solo contra las barricadas y los soldados, también buscan los convoyes que deben sacar a la gente del país, los hospitales y las escuelas, las colas del pan. Esto no es una guerra, es una masacre, un genocidio, una orgía o festín de sangre que el sátrapa del Kremlin –harto ya de tanto caviar, judo y paseos a caballo por su palacio de invierno–, ha decidido darse a cuenta del pueblo ucraniano.

Desde que Hitler dio orden de invadir Polonia no se había visto una maquinaria bélica tan poderosa y bien engrasada al servicio del terror. Si algo está demostrando Putin es que no le importa convertirse en un criminal de guerra. Ni la Convención de Ginebra, ni los llamamientos desesperados de la ONU, ni la mediación del papa Francisco parecen disuadirlo de su fiebre totalitaria y fascista. Y entre tanta locura, muerte y destrucción, aparece este pequeño e inquietante mensajero de la paz como llegado de alguna parte, ese ángel de piel nívea del que apenas sabemos nada, ese diminuto y simpático emisario como aterrizado de otro planeta, un planeta de paz, armonía y fraternidad.

Cuentan las crónicas que al niño que viaja solo, atravesando el paisaje ruinoso de la muerte, lo han atendido los voluntarios de Cruz Roja. Le han dado lo que hasta hace cuatro días tenía cada mañana, con rutinaria normalidad, encima de la mesa: un desayuno, un vaso de leche caliente, la calidez humana que necesita cualquier chico de su edad. Más tarde lo han llevado con unos parientes a algún lugar de Eslovaquia, ya en el otro lado del telón del odio, en la otra orilla del apocalipsis. A salvo por fin. ¿Pero qué  habrá sido de su madre? ¿Habrá caído en combate su padre? ¿Vivirán todavía sus abuelos que lo llevaban al colegio? ¿Y sus amigos con los que ayer jugaba en el parque? Poco sabemos de este pequeño héroe llegado de Zaporiyia, la ciudad donde los niños duermen junto a un osito de peluche y la alarma nuclear. Viene con lo puesto y con unos ojos de infinita gratitud, bondad y comprensión, unos ojos que miran a cámara sin odiar ni reprochar nada a nadie. Unos ojos con una compasión infinita hacia el ser humano enloquecido que ha decidido acabar consigo mismo en un diluvio universal de sangre y misiles atómicos.

Zelenski lanza un desesperado mensaje al mundo desde su despacho gubernamental. “Estoy aquí, no me escondo. No tengo miedo a nadie”, dice el líder ucraniano, que llama a su pueblo a mantener la moral alta y la resistencia intacta en esta “guerra patriótica” contra el invasor. Putin incluye a España en la lista negra de países hostiles. China se ofrece como mediador, pero recuerda que mantiene estrechos lazos de amistad con Rusia. De pronto, nos hemos metido en un diabólico déjà vu de la historia, esto es la Segunda Guerra Mundial con Putin en el papel de Hitler y los chinos coqueteando con Taiwán en un nuevo Pearl Harbor.

Sin embargo, nada, ni los hechos históricos, ni la geoestrategia militar importa ya. Todo, la gran verdad de la vida, está contenida en esa sonrisa enigmática entre infantil y giocondesca, en esa pálida y tímida mueca de un niño del que no sabemos nada salvo que es un viajero en el espacio pero también en el tiempo. Un niño salido de los fértiles campos de trigo de la madre Ucrania, sí, pero también de los campos de Auschwitz, de las largas colas del éxodo republicano español cruelmente bombardeado por Franco, de las ruinas de Siria y Palestina, de la bahía de la ingratitud en la que quedó varado para siempre, en un sueño eterno, el pequeño kurdito Aylan. Todos somos un poco padres de un niño abandonado. Todos deberíamos responder de una vida tierna arrojada a las heladas estepas, a los caminos rebosantes de cadáveres como girasoles muertos, a las trincheras de la guerra. Que vengan ya todos esos ángeles huérfanos, que vengan, que aquí los acogeremos como gentes civilizadas que somos. Que nos traigan a ese medio millón de abandonados, que nosotros haremos de ellos hombres y mujeres de una raza superior, la raza de la paz y la esperanza en un futuro mejor. Ese niño desconocido que nos ha partido el alma “empieza a sentir, y siente la vida como una guerra, y a dar fatigosamente en los huesos de la tierra”, tal como decía Miguel Hernández sobre aquel pobre crío yuntero. Carne de yugo ha nacido, carne de guerra. Así es el delirio bélico de Putin, una matanza que va contra el niño, contra el amor de una madre, contra la humanidad misma. Y nadie está a salvo.

Ilustración: Artsenal

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