domingo, 6 de marzo de 2022

EL PERRO RABIOSO


(Publicado en Diario16 el 2 de marzo de 2022)

Zelenski dio ayer un importante paso adelante para la entrada de Ucrania en la Unión Europea. Los eurodiputados lo recibieron con enfervorecidos aplausos en una sesión histórica. Es la victoria moral del hombre de sencilla camiseta militar que pudo haberse exiliado en Estados Unidos y prefirió sufrir hasta el final con su pueblo.

Mientras tanto, en el otro lado, en el Kremlin, las cosas no pintan bien. Putin ha calibrado mal la invasión, nunca pensó que la resistente tierra ucraniana le iba a poner tantas trabas a la hora de ensanchar las fronteras de 1919. Creyó que lanzando un ataque relámpago, Kiev caería en unas pocas horas. Sería un paseo militar, una operación limpia, quirúrgica, sin demasiadas bajas por ambos bandos. Hasta llegó a soñar con que los ucranianos arrojarían flores al paso de los tanques rusos. El mundo le dejaría hacer por miedo a la guerra nuclear, no habría reacción del timorato Occidente y la OTAN se inhibiría como ya ocurrió en la guerra de Chechenia.

Sin embargo, va para diez días y Ucrania resiste milagrosamente. Es cierto que la población está pagando un precio muy elevado en vidas humanas y que el país está siendo devastado en todos sus frentes. Las bombas de vacío termobáricas, capaces de reducir un edificio de ocho plantas a un montoncillo de tierra (pulverizando los cuerpos humanos que encuentra a su paso), están arrasando ciudades y pueblos. Járkov, donde se apilan decenas de muertos, quedará como el gran símbolo del genocidio ucraniano, al igual que lo fue en su día Srebrenica durante la guerra de Bosnia. Pero a esta hora es evidente que los planes militares del tirano han fracasado. Los frentes se estancan y el final rápido de la invasión no se ve en el corto plazo, lo que nos hace suponer que algún que otro general habrá sido degradado o incluso enviado a un gulag de Siberia. El Ogro de Moscú, un nostálgico incurable y recalcitrante además de un paranoico, siempre piensa en términos de Guerra Fría y así se las gastaba el KGB en los viejos tiempos: deportando al incompetente.  

Cada hora que pasa es un contratiempo para Putin. De la noche a la mañana, la economía rusa se ha convertido en un zombi, cien rublos ya no valen ni un dólar y la amenaza de la hiperinflación causa pavor entre los ciudadanos. Con la bolsa de Moscú cerrada a cal y canto, con los bancos al borde de un corralito financiero y con los oligarcas rusos abandonando el barco putinesco, el ataque de furia del sátrapa ha debido ser antológico. Por si fuera poco, el mundo es un clamor contra él y en la Corte Penal Internacional ya corre el rumor de que algún día lo sentarán en el banquillo por crímenes de guerra y de lesa humanidad. No lo verán nuestros ojos, antes vuela el planeta entero por los aires. Pero al menos ya sabemos que Putin está solo en esta guerra, solo en su dialéctica de destrucción, solo en el paisaje de la muerte. Como a todo dictador, le ha llegado la hora y ya deambula como una sombra de la historia en la frialdad de su palacio imperial de invierno, o sea el Kremlin. De cualquier manera, mal asunto para la humanidad cuando al loco se le arrincona con sus delirios de grandeza, cuando se le deja tiempo para pensar. De esa cabeza no puede salir nada bueno.

Ayer, con todo el planeta en su contra, volvió a insistir en que su propósito sigue siendo proteger a su pueblo de la amenaza de Occidente y “desnazificar Ucrania”. No se da cuenta el tarado de que el nazi que va camino de superar a Hitler es él mismo. Solo Nicolás Maduro, un payaso de opereta con chándal, le sigue el juego al carnicero en su espiral de violencia desatada. Ayer, el clown chavista volvió a hacer el ridículo internacional al ponerse incondicionalmente de lado de los rusos. Hasta China, tradicional aliada de Moscú, empieza a desconfiar ya de la salud mental de Putin y se ofrece como mediadora entre las partes para tratar de dar una salida airosa al conflicto. Si China decanta la balanza hacia un lado, los días del megalómano pueden estar contados. Pero hasta entonces, Putin sigue teniendo las riendas del poder y lo que es aún peor: la llave del maletín nuclear. Con seis mil fieles mercenarios bien pagados y protegiéndolo día y noche no parece posible que pueda triunfar una conjura palaciega.

A última hora de la tarde, una gigantesca columna de blindados rusos de más de 60 kilómetros de largo se dirigía a Kiev. Es la prueba fehaciente de que Moscú, fracasada la guerra relámpago, pasa a una segunda fase de la operación que se prevé mucho más cruenta y salvaje. La torre de televisión ucraniana ya ha sido bombardeada. La oscuridad lo invade todo. El Ejército invasor aconseja a los kievitas que abandonen la ciudad y cientos de miles de personas huyen despavoridas, como pueden y con lo puesto, ante la amenaza de una ofensiva inminente. Más de 600.000 personas han atravesado ya la frontera europea como refugiados de guerra. En las próximas semanas se prevé un éxodo masivo de hasta cinco millones de ucranianos. Una catástrofe humanitaria sin precedentes en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

El perro rabioso enloquece por momentos, el perro está más hambriento de sangre que nunca y quiere morder carne donde sea y como sea. Ya le da igual si su próxima víctima es Odesa o Mariúpol, Lituania o Finlandia. Está poseído por un delirante odio ultranacionalista que llevaba por dentro, en secreto, sin que nadie sospechara nada. “Vamos a cortar la mala hierba”, le dijo premonitoriamente, no hace mucho, a un estrecho colaborador. El dedo índice le tiembla sobre el botón nuclear, el hilo de baba le cuelga en la comisura de los labios. Biden habla por teléfono con Zelenski. Estamos en máxima alerta nuclear. Cualquier cosa puede pasar. Pensábamos que la pandemia era lo peor que nos había ocurrido en la vida y estamos a un paso de ser la última generación de humanos sobre la faz de la Tierra. Quién nos lo iba a decir.

Viñeta: Álex, la mosca cojonera

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