domingo, 27 de marzo de 2022

EL PATRIARCA CIRILO

(Publicado en Diario16 el 23 de marzo de 2022)

Putin ha sabido construir un proyecto político autoritario apuntalado en cuatro pilares esenciales: el ultranacionalismo, la xenofobia contra pueblos y personas (la persecución contra homosexuales y feministas es de manual de primero de nazismo), la tradición cultural y la religión ortodoxa. Sobre esas cuatro patas sujeta el sátrapa de Moscú su siniestro régimen imperialista y militar propio de siglos pasados. Pero centrémonos en la Iglesia, un aspecto clave al que los medios de comunicación occidentales no están concediendo el espacio y el tiempo que merece (obviamente los rusos no informan ya porque todo periodista que se atreva a hacerlo acabará inevitablemente en un gulag de Siberia).

La religión ortodoxa está perfectamente incardinada en el régimen político, tanto como el nacionalcatolicismo lo estuvo en su día en el franquismo español. No hay más que echar un vistazo al escudo de armas de Rusia para saber lo que significa el putinismo. El águila bicéfala desplegando sus alas y en el centro San Jorge matando al dragón. Obviamente, el pajarraco que sostiene en sus garras un orbe y un cetro recuerda mucho al pollo fascista que adornó la rojigualda durante nuestro oscuro cuarentañismo. En cuanto a San Jorge, es todo un símbolo para los rusos. De hecho, es el patrón de la ciudad de Moscú. Pura mitología cristiana al servicio de la propaganda política.

Las estadísticas aseguran que la Iglesia de Moscú mueve 150 millones de fieles. Ni Marx con sus tratados filosóficos sobre el opio del pueblo, ni Lenin con sus encendidos discursos revolucionarios en las calles, ni Stalin con sus purgas contra los mencheviques y zaristas pudieron acabar con la religión. El sentimiento espiritual quedó latente, en lo más secreto de los corazones de las gentes, pese a décadas de persecuciones y de limpieza ideológica comunista. Tras el hundimiento de la URSS, el crucifijo volvió a ocupar un lugar preferente junto a los nuevos zares y oligarcas, formando casi un Estado teocrático. El dinero y Dios retornaron de la mano, como no podía ser de otra manera. Capitalismo y religión suelen ser dos caras del mismo orden establecido. Durante los últimos años, el pequeño dictador Putin ha estado atrayéndose a todo ese amplio segmento de población creyente. Cada 19 de enero acude al día del Bautismo del Señor y a menudo sigue las misas organizadas por el patriarca Cirilo I en recuerdo de algún glorioso acontecimiento histórico del pasado. Esas imágenes de Putin zambulléndose como un yoyó en las frías aguas rusas mientras se santigua una y otra vez, como un fanático meapilas, tienen como finalidad enardecer a las masas de su parroquia. Si Trump se consolidó en el poder gracias a las sectas religiosas y Bolsonaro dominó el Brasil con la ayuda de los evangélicos, Putin tiene a los ultraortodoxos.

Al patriarca Cirilo la prensa internacional lo define como un hombre ultraconservador al uso. Además, es amigo personal y confidente del líder del Kremlin. El pope ruso está encantado con Vladímir Vladímirovich Putin, a quien ve como el gran defensor de la Rusia unida, religiosa y grande frente a la decadencia de Occidente y la amenaza islamista de los pueblos del sur. Las soflamas de Putin contra los homosexuales y los drogadictos ucranianos occidentalizados se repiten a menudo en los templos de todo el país. ¿”La invasión de Ucrania? Es correcto luchar, es una guerra contra el lobby gay”, dijo el patriarca hace solo unos días. Y ahí va otra perla del Matusalén ruso: “Hoy existe una prueba de lealtad a este poder [occidental], una especie de transición a ese mundo feliz, el mundo del consumo excesivo, el mundo de la libertad visible. ¿Sabes cuál es esta prueba? Es muy simple y a la vez terrible: es un desfile gay”. Eso exactamente fue lo que dijo el santurrón ortodoxo que bendijo la guerra en Siria como justa.

Viendo las cosas que dice Cirilo y las que alegan algunos obispos de la Conferencia Episcopal Española cabe concluir que estamos ante discursos casi calcados, lo cual da mucho miedo. Así no extraña que entre Putin y los nostálgicos españoles haya habido sintonía ideológica hasta hace solo unos días, cuando Rusia invadió Ucrania y los ultras ibéricos se desmarcaron del putinismo y de sus atrocidades y masacres televisadas porque ya no era bueno para el negocio. La religión está en el ADN de todo fascista, ya sea ruso, español o turco otomano.

La estrecha amistad entre dictador y patriarca quizá tenga algo que ver con que, desde que Putin llegó al poder, cada año se restauran mil iglesias arrasadas por los comunistas. La llamada a la guerra santa contra aquellos que quieren destruir las esencias rusas está sin duda en el origen del conflicto. Detrás de esta contienda fratricida hay una porción importante de guerra santa, de santa cruzada contra quienes pretendan ir contra la moral, las buenas costumbres y las esencias rusas. Una ofensiva para salvar a la humanidad de los modos de vida demasiado occidentalizantes, aperturistas y libertarios. Esta no es solo una guerra contra los irredentos ucranianos que quieren entrar en la OTAN como sea y que han consumado un cisma con la Iglesia de Moscú, que también. Esta es una guerra contra el espíritu de la razón, contra la libertad, contra el progreso, contra la ciencia y contra todo lo que vaya contra Dios y sus recias tablas de la ley. De nada servirá que el papa Francisco, con su rojerío católico, medie en este sangriento campo de batalla neofeudal. Los rusos, los nuevos bárbaros del siglo XXI, no pararán hasta arrasarlo todo y plantar la cruz de ocho brazos en el corazón de Kiev.

Viñeta: Alejandro Becares 'Becs'

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