domingo, 27 de marzo de 2022

BIDEN

(Publicado en Diario16 el 25 de marzo de 2022)

Joe Biden saca al duro vaquero que lleva dentro y amenaza seriamente a Vladímir Putin: si Rusia emplea armas químicas en Ucrania, Estados Unidos responderá de inmediato. Cada día que pasa sube un peldaño más la tensión mundial. Hasta hoy, Rusia había hecho valer su inmenso poder de disuasión nuclear, obligando a la OTAN, a Europa y a Occidente en general, a quedarse al margen del horrible genocidio ucraniano. Cualquier interferencia en el conflicto por parte del bloque aliado sería considerada por el régimen de Moscú como un acto de abierta hostilidad. Y la Tercera Guerra Mundial estaría servida. Esa ha sido la razón fundamental de que la Alianza Atlántica haya optado por la prudencia, por no entrar en las provocaciones del mataniños Putin y por ayudar a los ucranianos desde la sombra, es decir, limitándose a enviarle armamento pero sin tomar parte activa con tropas sobre el terreno.

Hasta ahora daba la sensación de que el mundo se había plegado a las exigencias del sátrapa, convertido en el gran archivillano planetario, el dueño y señor de la Tierra. Siete mil cabezas nucleares dispuestas para ser lanzadas sobre cualquier punto del planeta son un argumento más que suficiente para enmudecer a la comunidad internacional. Ayer, sin embargo, el escenario cambió significativamente. Occidente pasó a la ofensiva. Estados Unidos enseñó los dientes por primera vez al advertir a Putin de que el uso de armas químicas, bacteriológicas o nucleares (incluso de baja intensidad) obligaría a intervenir a las fuerzas atlantistas. ¿En qué consistiría esa intervención? Ahí está la clave. En principio, el grado de respuesta dependería de “la naturaleza del uso”, o sea del tipo de armamento que emplee Moscú. Al menos así lo ha afirmado Biden.

Ahora bien, el presidente norteamericano está sometido a tensiones fortísimas. Por un lado de los que exigen un cambio de estrategia, mano dura, pasar del silencio, del miedo a la amenaza rusa, de la prudencia y del mirar para otro lado a una posición mucho más beligerante. Los halcones del Pentágono, los generalotes tejanos, no son precisamente pacifistas, y desde que comenzó el conflicto bélico se han sentido heridos en su orgullo, en su amor propio. Tener que claudicar ante el eterno enemigo, tener que quedarse en la contención y en la prudencia cuando Washington dispone de un arsenal nuclear a la altura del ruso, no ha debido gustar al sector más cowboy y cafetero de la cúpula militar yanqui. Además, en los últimos días se ha sumado a las presiones la poderosa industria armamentística, deseosa de darle salida a unas ojivas que llevan décadas oxidándose en las bases secretas de Houston.

Pero a Biden, un hombre que ha dado síntomas evidentes de cansancio a causa de la edad, las presiones le llegan también del otro lado. Los trumpistas se la tienen jurada y han prometido asestarle un golpe de Estado para sacarlo de la Casa Blanca en silla de ruedas y en cuanto sea posible. Cualquier día las tribus salvajes de Donald Trump, los chamanes, los barbudos paramilitares de los Proud Boys y los trogloditas con cabezas de bisonte irrumpen en el Despacho Oval, agarran en volandas al vejete, muy amablemente, y lo aparcan en el geriátrico. De hecho, ayer mismo sin ir más lejos, Trump reaparecía para referirse a la crisis de Ucrania y de paso enviarle un dardo envenenado al Somnoliento Joe. El magnate neoyorquino ha vuelto a dejar claro que siente una profunda admiración por Putin, ha defendido la invasión ordenada por el Kremlin (que le parece maravillosa) y ha insistido en que con él en la Presidencia esta guerra jamás habría estallado. Pero, ¿cómo tomarse en serio a un hombre que hace solo unos días proponía bombardear Rusia con aviones americanos que se hagan pasar por chinos? Todo es de un surrealismo disparatado e incomprensible.

Está claro que el sector trumpista del Partido Republicano va con Rusia. Una vez más, la primera superpotencia del mundo muestra una gran debilidad, el país está dividido entre intervencionistas demócratas y aislacionistas republicanos (más bien putinescos). Ni siquiera en los peores tiempos de la Segunda Guerra Mundial el imperio de las barras y estrellas había sufrido una fractura tan sangrante. Cuando Roosevelt compareció ante la nación para dar su célebre discurso de la infamia tras el ataque de los japoneses sobre Pearl Harbor, todos los norteamericanos se pusieron detrás de él como un solo soldado. “Con confianza en nuestras fuerzas armadas –con la ilimitada determinación de nuestro pueblo– obtendremos el inevitable triunfo, con la ayuda de Dios…”. Hoy Biden no tiene ni la mitad del apoyo que recibió su homólogo en 1941. Su índice de popularidad no se encuentra en el momento más álgido precisamente y la mayoría de las reformas que proponía han sido paralizadas en el Congreso por los republicanos.​ Muchos norteamericanos lo ven como un abuelete despistado que se duerme en el Senado, durante las grandes sesiones parlamentarias, y que ya está para jubilar.

Ayer, en la cumbre de la OTAN, Biden quiso proyectar al mundo la imagen de líder de un país fuerte, como lo fue en su día la gran potencia que derrotó al nazismo. Sin embargo, la puesta en escena no debió inquietar demasiado a Putin, el nuevo Hitler que sueña con invadir Europa. El gran gendarme del mundo ya no es aquel muchacho joven y vigoroso de las montañas de Minnesota que se alistaba altruistamente para morir en las playas de Normandía. En menos de un siglo, el imperio se ha quedado obsoleto, anciano, senil. El fascismo ha rebotado en América como un búmeran y no hay mucha diferencia entre un nazi de Oregón de hoy y un mastuerzo de las SS de 1933. Las bravuconadas de ayer de Biden, su invitación a echar a Rusia del G20 y a cortar toda relación comercial con ese país, hacen reír a los jerarcas del Kremlin. Moscú apunta sus misiles nucleares de baja intensidad hacia Ucrania. La OTAN mueve cuatro de sus batallones hacia Eslovaquia, Hungría, Rumanía y Bulgaria. La partida de ajedrez que Putin le proponía a Biden ha comenzado. Estados Unidos deja de ser un espectador más entre el público para ponerse detrás del tablero. El problema es que ya se sabe que, con piezas blancas o negras, no hay nadie que le gane al ajedrez a un ruso.

Viñeta: Alejandro Becares

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