martes, 22 de agosto de 2023

IBÁÑEZ

(Publicado en Diario16 el 15 de julio de 2023)

Se nos ha muerto el gran Francisco Ibáñez, el Tío Paco bueno. Nos divirtió, nos hizo soñar, nos abrió la puerta del humor y la ficción cuando éramos solo unos mocosos. Mortadelo y Filemón, Rompetechos, El Botones Sacarino, Pepe Gotera y Otilio, 13 Rue del Percebe, su galería de personajes es infinita. Creó una saga de singulares antihéroes que se metieron en nuestra imaginación y ya para siempre. Fue el gran maestro de la historieta o el tebeo (hoy los modernos dicen cómic), aunque empezó su carrera laboral en algo tan gris como la banca, el peritaje mercantil y la contabilidad. De lo más aburrido al cachondeo absoluto, ese puede ser un buen resumen de su vida.

No solo nos hizo reír, sino que supo retratar como pocos, con ese chiste tan nuestro, aquella España folclórica y algo surrealista de policías chusqueros, pícaros, marginados, oficinistas alienados, chapuzillas y buscavidas expertos en el sablazo ibérico. Ibáñez, con su escuela Bruguera, nos enseñó a leer, medio en serio medio en broma, antes de que pudiéramos dar el salto a otros libros más sesudos. Marcó para siempre a varias generaciones que aprendieron el lado sarcástico, amargo y absurdo de la vida con los formidables disfraces de Mortadelo, las torpezas de Filemón, las gansadas del profesor Bacterio, el superintendente Vicente, la secretaria Ofelia Michelínez y las historietas disparatadas de la TIA, aquella central de inteligencia a la española cuyos métodos rudimentarios no se diferencian demasiado de los empleados por nuestros inefables espías de hoy.

Nunca podremos olvidar al moroso Manolo, el pintor atrincherado en la buhardilla del 13 Rue del Percebe que se las ingeniaba con los trucos más brillantes para escapar de sus acreedores. Ni a Rompetechos, aquel personaje cabezón, bajito, miope y despistado que acababa provocando los más tremendos desastres. Ni al Botones Sacarino, siempre intentando escaquearse del trabajo como buen español. Ni a Pepe Gotera y Otilio, estos sí, absolutos emblemas de la gran chapuza nacional. Entre parodia e hipérbole, entre chiste y caricatura, Ibáñez diseccionó como nadie los vicios y virtudes de aquella sociedad española algo rancia y atrasada y también acomplejada que hoy parece retornar de forma extraña. Fue un psicoanalista que supo tumbarnos en el diván a carcajadas, un subversivo educado que, con su estilo aparentemente blanco e inocente, no dejó de criticar el maldito orden establecido. Como dibujante era perfecto, pero como sociólogo no tenía precio, ya que ponía al descubierto, en forma de dislocados y formidables personajes, toda la galería de nuestros pecados capitales. Incluso inmortalizó al calvo en una España franquista llena de alopécicos, quizá por la mala alimentación, por la tiña o por el constante miedo a los grises y a la Guardia Civil. “Ahorras tiempo si no tienes que dibujar tanto pelo. En los 40 y los 50, todos los protagonistas eran pelones, como don Pío y el señor Ulises”, bromeaba. Él quería meter tacos en sus creaciones, pero al final tenía que evitarlos y recurrir a expresiones políticamente correctas como “corcho”. “La censura te espabilaba. Venían a las redacciones ese grupo de maleantes, que el más guapo de ellos tenía cara de haber matado a su padre y a su madre, ¿y qué hacías? Al menos, nos dieron una variedad tremenda de léxico”, solía decir. Siempre dibujaba con un ojo puesto en la página y otro en la censura, para curarse en salud.

Maestro del dibujo, gran padre del viñetismo español, quedará como el mejor narrador de relatos cortos humorísticos. Y mucha de esa disección la hizo en pleno franquismo, sorteando a los inquisidores que hoy regresan con fuerza. En cierta ocasión reconoció que los censores y moralistas no le dejaban poner la palabra culo en Mortadelo y Filemón. A eso mismo estamos llegando hoy, amigo Paco, a gente que se escandaliza y monta un 36 porque ve un pene dibujado en un libro de texto.

Probablemente no fue algo premeditado, ya que solo pretendía hacer reír con sus dibujos que parecían trazados en 3D, pero todo lo malo de este país está en las tiras cómicas y viñetazas de Ibáñez: la pereza, la envidia, la venganza cainita, el engaño fácil, el vuelva usted mañana de la burocracia, el navajazo trapero, el burle, la incompetencia, la desidia, la injusticia social, el esperpento, la adulación del pelota y la lucha de clases en la que el señorito casi siempre acaba ganando la partida al paria de la famélica legión.

Lo que nos deja Ibáñez es un legado impagable. Una manantial de bocadillos rellenos de sorna y de palabras y expresiones recuperadas del olvido como gaznápiro, alcornoque o animal de bellota. Y también varias décadas de la historia contemporánea de España contada a través del chiste, de la ilustración a todo color y de unos seres entrañables que jamás podremos olvidar. Y no crean ustedes que sus personajes han envejecido mal o han quedado antiguos o anclados en un país que ya no es. Las animaladas de Mortadelo y Filemón están más de actualidad que nunca, y si no que se lo pregunten al comisario Villarejo. Nunca vio necesario dibujar a políticos concretos (“si sacas a personajes públicos es un problema”, decía) y no lo hacía sencillamente porque su crítica social era universal, destinada a perdurar en el tiempo. Una vez dibujó a Roldán y también a Bárcenas con sus colegas del PP, aunque fue la excepción que confirmaba la regla.

Si los boomers y no tan boomers de hoy somos como somos, es en buena medida por influencia de tantos y tantos tebeos de Ibáñez como devoramos en los recreos del colegio, antes de que nuestros padres nos llevaran a la tediosa misa de domingo y a cualquier hora. Nuestra infancia sabía a bocata de mortadela con chorizo, a los cromos de la Liga y al adictivo olor a papel añejo de los tebeos de Ibáñez. Gracias por todo aquello, maestro.

Viñeta: Pedro Parilla

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