martes, 22 de agosto de 2023

MOVILIZAR A LA IZQUIERDA

(Publicado en Diario16 el 13 de julio de 2023)

Tras el debate, Pedro Sánchez ha pasado de ser ese político vitalista, duro y fajador que ponía en su sitio a Feijóo en el Senado, y que incluso se atrevía con un duelo contra Trancas y Barrancas en un plató hostil, a transmitir una palpable sensación de nerviosismo e impotencia. Es lógico que el presidente del Gobierno no las tenga todas consigo. El cara a cara no le salió bien, cayó en las trampas retóricas de su adversario y pese a que tenía más argumentos que su contrincante, no supo rebatir los bulos ni reaccionar con cintura. Como consecuencia, se vio incapaz de colocar su mensaje y hoy las últimas encuestas ya materializan en cifras concretas el resultado de aquel desastre televisivo. Las derechas andan disparadas. El PP recuperó dos escaños nada más terminar el histórico debate y otros cuatro apenas dos días después. Hoy, PP y Vox están a solo cuatro diputados de los 176 asientos que dan la mayoría absoluta. Y en Ferraz han saltado todas las alarmas.

Obviamente, los datos han caído como un jarro de agua fría en Moncloa. No es que el presidente dé el partido por perdido o haya renunciado al espíritu de remontada. Pero en apenas un par de días ya no parece el mismo. El hombre que cogió por los cuernos el toro de la pandemia, que se movió con aplomo en las cumbres de la OTAN y que ganó partidas de póker a cara de perro con los jerarcas de Bruselas, trayéndose para España los fondos de recuperación y la excepción ibérica, anda desangelado, inseguro, alicaído y en horas bajas. El empate técnico que hace solo dos semanas parecía en sus manos se ha diluido como un azucarillo. Cualquier persona en su lugar podría llegar a obsesionarse con la idea de que la ha cagado en el debate, como suele decirse coloquialmente, y con un suspenso ante más de seis millones de potenciales votantes que no ha terminado de digerir todavía. Ese cierto bajón se demuestra no solo en las cosas que está diciendo sino en cómo las está diciendo. O sea, en el tono, si no de derrota, si de cierto pesimismo. Hoy mismo, en la Cadena Ser, ha asegurado ante Àngels Barceló, algo lacónico y como pasando de puntillas por el tema, que “fue un debate bronco”. Y añade: “Es cierto que la campaña electoral deberían ser los problemas de la ciudadanía y fue una pena que no pudiéramos debatir sobre estas cuestiones, que son las que importan a los ciudadanos, y no tanto la pelea entre partidos. Yo creo que entre todos tenemos que elevar la calidad del debate político”. En estas declaraciones, aflora el Pedro depre.

¿Cómo que fue un debate bronco, señor Sánchez, cuando lo que ocurrió es que su oponente lo corrió a gorrazos retóricos? ¿Por qué no reconoce claramente que no supo defenderse pese a que Feijóo mintió más que habló, anulándolo con su ametralladora de falacias? Y toda esa metafísica abstracta sobre la campaña que debería servir para explicar los problemas de la ciudadanía, sobre la necesidad de elevar, entre todos, la calidad de la política, ¿para qué sirve ya? Aquí no se trata de escribir un tratado sobre la democracia utópica ideal, sino de ganar unas elecciones. Un debate cara a cara es lo que es, un combate de boxeo en el que sale vencedor quien pega primero, quien pega más fuerte y quien pega mejor. En las democracias occidentales decadentes de hoy, polarizadas y marcadas por el haterismo de las redes sociales, el discurso racional e ilustrado ya no funciona. Se impone la emocionalidad, la víscera, el golpe de efecto o zasca y el espectáculo descarnado. Al ciudadano que se sienta delante del televisor, esperando ver un programa más que le divierta y entretenga, un pressing catch dialéctico en el barro, ya no le interesa quién presenta una mejor hoja de servicios o quien está diciendo la verdad. Es triste pero es así. No gana el más limpio o decente sino el que interpreta mejor su papel. No sale victorioso el que tiene la razón sino el que defiende sus posiciones con mayor dosis de maestría. A ese nivel de degradación moral han llegado las sociedades modernas. En ese escenario, Sánchez se movía siempre en un marco referencial anticuado, el del mundo del siglo XX, mientras que Feijóo jugaba a otra cosa. Fue como ver en liza a un Pericles del socialismo, con su ética intachable sobre el machismo, la homofobia y el racismo, frente a un androide frío, calculador y amoral perfectamente programado para hacer ruido y soltar el bulo que había que soltar en cada momento. El pasado clásico de ayer que ya no volverá contra el cínico futuro que viene.

Está claro que el inesperado debate le ha hecho mucho daño al presidente del Gobierno. Pero hay más factores que podrían estar influyendo en la situación crítica del líder socialista. El desgaste lógico del poder, por ejemplo (pocos gobernantes habrían resistido una pandemia, un volcán en erupción, una guerra en Europa y varias crisis superpuestas); el temido síndrome de la burbuja de Moncloa (demasiados asesores dorándole la píldora al jefe, demasiada falta de contacto con la realidad del país); y la rabia y el odio contra el “sanchismo” propalado no solo entre los votantes de la derecha, sino también entre los socialistas (hay mucho harto y desencantado con el gallinero de Podemos, con la ley del “solo sí es sí”, con los indultos a los indepes de Cataluña y hasta con el Falcon).

Ante esta situación, al presidente del Gobierno solo le queda una última carta que jugar: levantar el ánimo, afrontar el resto de la campaña con profesionalidad, luchar hasta el final fiel a su manual de resistencia y seguir apelando a la movilización de la izquierda ante la peligrosa llegada de la extrema derecha al poder, que puede suponer un recorte de derechos hasta devolvernos de nuevo a los tiempos del tardofranquismo. Puede que haya fallado el líder. Pero aún queda el pueblo.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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