domingo, 29 de octubre de 2023

EL BAJÓN DE FEIJÓO

(Publicado en Diario16 el 28 de septiembre de 2023)

Isabel Díaz Ayuso cree que Feijóo ha demostrado solvencia, conocimiento y proyecto para España. Además, asegura que si el líder necesita tiempo para consolidar su programa político hay que dárselo. O sea que, de momento, la lideresa castiza da una tregua al jefe. Pero cualquiera en el pellejo del gallego no dormiría tranquilo sabiendo que esta señora le está haciendo el exigente examen casi a diario. Tan pronto le llama “bisoño” por creer que se puede pactar con el PSOE y los nacionalismos periféricos como guarda un inquietante silencio. Ayer tocaba cerrar filas entorno a él. Ya llegará el momento de pasarle la facturita. 

Dicen los sesudos analistas, politólogos y tertulianos que Alberto Núñez Feijóo sale reforzado tras la primera sesión fallida de investidura. Se conoce que no vieron la tunda que le endosó el portavoz socialista, Óscar Puente, en su turno de intervención. La imagen que quedó fue la de un montón de diputados populares y ultraderechistas aplaudiendo al líder con pies de barro, coceando el suelo hasta provocar un seísmo en el hemiciclo y gritándole “cobarde, cobarde” a Pedro Sánchez. Sin embargo, entre las filas populares sigue habiendo gente a la que le repatea tener que darle un margen de confianza al mandamás gallego. Están dentro del Congreso de los Diputados y también fuera. Son más ayusistas que la propia Ayuso, más aznaristas que el propio Aznar, más trumpistas aún que el propio Trump. Cuando los periodistas los abordan en la M30, ese pasillo del casón de San Jerónimo donde se cuecen los grandes secretos de Estado, ellos sonríen, dientes, dientes, se muestran orgullosos del presidente que tienen y juran que darían su sangre por seguirle hasta el final en su proyecto político para España. Nada más lejos. Les quema la sangre por dentro y entre ellos mismos, cuando hablan en petit comité, echan pestes del nuevo.

¿Qué es lo que los disidentes no le perdonan al actual dirigente popular? Para empezar que no haya ganado las elecciones del 23J por mayoría absoluta, tal como prometió que haría cuando llegó de Galicia con la vitola de infalible campeón en las urnas y de cuatro veces triunfante. Lo explicó, más claro imposible, el improvisado portavoz socialista Puente, quien le recordó a Feijóo que la noche de la pírrica victoria electoral, la muchedumbre congregada en la sede de Génova 13 vitoreó a Ayuso, no a él. “No gritaban Alberto, Alberto. No gritaban Núñez, Núñez. No gritaban Feijóo, Feijóo. No, gritaban Ayuso, Ayuso”, le soltó con retranca el exedil de Valladolid. “Todos iban de blanco menos una de rojo, qué sentido de la oportunidad ¿eh? ¿Lo recuerda?”, remató. Y es tal que así. Aquella noche ganó la mujer de rojo, como en aquella película de Gene Wilder. Solo que esta no es la historia de un romance imposible entre un hombre feo y una señora cañón, sino un thriller psicológico protagonizado por un funcionario gris con pinta de exorcista atormentado y una diva letal adorada por todos.

Pero más allá de que haya mucho frustrado que soñaba con ser ministro el 23J y que ahora va a tener que conformarse con ser un machaca más de la oposición que participa en las tediosas comisiones de Sanidad o Transporte, el problema es que a Feijóo no terminan de creérselo muchos de los suyos. Hablamos de todos esos indecisos que están en el PP por pura inercia pero que miran con envidia a los desacomplejados que dieron el salto a Vox y que hoy viven la excitante aventura de la acracia antisistema de derechas, el nuevo fascismo posmoderno y el reverdecer franquista. Algunos aplaudían al jefe a rabiar, ayer en la sesión de investidura, pero la cruel realidad es que el gallego les produce grima porque es como es, porque no da el perfil de tipo duro, porque les parece un calco de Mariano Rajoy, ese blandengue sorayo maricomplejines, como dice Federico.

Aunque ninguno de los frustrados lo dice, no soportan a Feijóo. No pueden con él. Lo matarían políticamente si les dejaran como en su día liquidaron a Pablo Casado. Les produce urticaria esa pose de moderado que no ha roto un plato en su vida, ese pausado tono de voz de beato en el púlpito, esa supuesta superioridad moral absurda de la que hace gala cuando todo el mundo en el partido sabe que la derechona española es una mezcla de mentira, violencia y autoritarismo guerracivilista. Ven en Feijóo a un peligroso socialdemócrata (¿a santo de qué todo ese discurso sobre el mantenimiento de los servicios públicos y el encaje territorial de las nacionalidades históricas?); ven a un tolerante con las lenguas cooficiales que cualquier día nos mete el gallego en las escuelas religiosas del barrio de Salamanca; ven, en definitiva, no a un Caudillo, sino a un Rajoy 2.0, a un Pablo Casado algo más hecho y ducho, a un tipo que les ha salido rana. No es uno de los suyos. No le entienden cuando habla. No representa las esencias del Movimiento Nacional ni de ese nuevo Partido Popular que anda de francachelas con la extrema derecha posfranquista. Es un marciano, un raro insoportable.

Ayer mismo, tras el repaso que Óscar Puente le dio al desvestido, que no investido, los ayusistas/aznaristas esperaban un contraataque mucho más violento y despiadado contra el portavoz socialista. Aznar en sus buenos tiempos hubiese puesto encima de la tribuna de oradores la bolsa de cal viva soltando polvo, los maletines de Roldán, los muertos de los GAL, los fondos reservados, los ERE, toda la tralla explosiva con la que detonaron el felipismo en 1996. Nada de eso salió por la boca de Feijóo, que se limitó a decir que el PSOE ha tocado el “cénit del desprestigio” y que le dio vergüenza ajena el “club de la comedia” socialista. ¿Pero qué cénit ni que niño muerto?, debieron pensar los más cafeteros e insatisfechos del PP. Déjese ya de metáforas superfluas y vaya usted al cuello, a degüello, a machete, hombre, como siempre hemos hecho en este partido, debieron rumiar para sus adentros los impacientes ayusistas. Caudillaje duro y macho, guerra y sangre, caza al rojo y masón. Lo demás, mariconadas de un tipo que juega a ser Kennedy en lugar de asumir el papel de un general cuartelero.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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