domingo, 29 de octubre de 2023

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

(Publicado en Diario16 el 5 de octubre de 2023)

Ken Follett ha retado a una computadora tipo ChatGPT a escribir una novela, pero por lo visto la máquina no ha salido bien parada del duelo. “Puede eliminar el trabajo repetitivo, pero hay algo que no puede hacer: generar expectativas. La Inteligencia Artificial puede seguir las normas, pero no romperlas. No puede ser realmente creativa”, asegura el autor de Los pilares de la Tierra. Follet pidió al ordenador que redactara un capítulo de uno de sus manuscritos con su propio estilo y sello personal y, según él, el resultado fue “terrible”. “A lo mejor la Inteligencia Artificial piensa que soy muy mal escritor –bromea–, pero me encantó ver que no es capaz de escribir una buena novela”.

Consuela saber que los autómatas de última generación, de momento, están lejos de escribir como García Márquez, Borges o Vargas Llosa. Sin embargo, los modernos están entusiasmados con el ChatGPT, con los robots programados para ser creativos y otras monsergas cibernéticas que parecen salidas de un mundo distópico. Es cierto que estos engendros han llegado a un nivel alto de destreza hasta dar mucho miedo, ya que son capaces de imitar las acciones humanas, construir textos, pintar cuadros y diseñar obras de arte. Aunque bien mirado, no es para tanto. Elaborar cartas o invitaciones de cumpleaños, completar la lista de la compra y rellenar impresos de Hacienda se les da bien. Pero cuando llega el momento mágico de alumbrar un poema, todavía quedan lejos de la sensibilidad casi cósmica de Machado, Alberti o Federico García Lorca. Quizá, a fuerza de repetir y repetir, en algún momento consigan echar algunos ripios que nos susciten una sensación parecida a una tibia emoción. Pero el hecho de saber que todo es un vulgar copia y pega, una clonación en serie de bits, una combinación matemática de elementos y algoritmos, resta valor al producto final. Cuando se conoce el truco, la magia deja de ser interesante. Nada que sea artificial puede ser auténtico. La verdad se encuentra encerrada en lo primitivo esencial y primigenio.

Estamos lejos de que un androide gane el Nobel de Literatura, aunque sabemos que eso ocurrirá en algún momento de la historia, teniendo en cuenta que la Inteligencia Artificial está evolucionando a saltos exponenciales y que hay mucho tronado de la robótica empeñado en que las máquinas terminen sustituyendo al ser humano (aún no sabemos por qué motivo ni qué necesidad hay). En cualquier caso, hoy por hoy, no se puede asegurar que los ingenios construidos por el hombre sean infalibles. Cometen errores como todo hijo de vecino de los que pocas veces se habla. En cierta ocasión, un programador le preguntó a uno de estos “bichos” repelentes por el país más grande de América Central que no era México y el ChatGPT respondió que Guatemala cuando la respuesta correcta era Nicaragua. Si el sapiens es imperfecto, nada que sea construido por él podrá alcanzar la perfección.

Muchos son los que han puesto todas las esperanzas de un futuro mejor para la humanidad en la chatarra listilla. Pero, de momento, la alta intelectualidad, las élites culturales, se siguen moviendo entre el escepticismo y una cierta visión pesimista cuando se les pregunta sobre el poder transformador de las máquinas. El economista Paul Krugman cree que el ChatGPT terminará por enviar al paro a los “trabajadores del conocimiento”. Noam Chomsky, por su parte, alerta ante la posibilidad de que la Inteligencia Artificial “degrade nuestra ciencia y envilezca nuestra ética al incorporar a la tecnología una concepción fundamentalmente errónea del lenguaje y el conocimiento”. Y el gran Stephen Hawking, antes de morir, predijo que “la inteligencia artificial augura el fin de la raza humana”. Quizá el tema no sea ni para caer completamente rendido ante estos seres hechos de cable y neón ni para despreciarlos por inútiles. Para algo servirán sin que tengamos que meterlos por narices en la Real Academia Española de la Lengua.  

Con todo, algo sí debe preocuparnos. Cuando el empresario Elon Musk, gran Mefistófeles de la comunicación que mueve los hilos del mundo, alerta ante un posible “riesgo para la sociedad y la humanidad” a causa de la IA, considerándola más peligrosa aún que una guerra nuclear, concluiremos que la cosa hay que tomársela en serio. El gran riesgo, una vez más, radica en la posible devaluación de la democracia que puede generar el uso masivo y generalizado del dichoso ChatGPT. Si estos engendros son capaces de crear réplicas visuales de políticos y de imitar sus voces con una perfección notable, no hará falta decir que el bulo, las técnicas manipuladoras y la desinformación están más que aseguradas. Ya teníamos bastante con Feijóo soltando su metralleta de falacias o Galope de Gish y ahora tendremos que hacer frente a esta otra plaga.

Científicos, físicos, químicos, biólogos y médicos pueden encontrar una gran herramienta en conversar de tú a tú con las máquinas a la hora de pedirles respuestas a los grandes males del planeta. Otra cosa es el futuro de los periodistas. En su día, el rotativo italiano Il Foglio anunció a bombo y platillo que había publicado un artículo generado íntegramente por ChatGPT en su página web oficial. Y muchos llegaron a confesar que no notaban la diferencia respecto a los textos escritos por redactores humanos. Aquí estamos ante una simple cuestión de paladar: el público de hoy es que se lo traga todo sin rechistar. Ahora bien, solo pensar que alguien puede darle a la tecla enter y fabricar discursos y contenidos de forma artificial, sin pasar por el juicio crítico, la reflexión, los valores y principios éticos propiamente humanos, pone los pelos de punta. Otra forma limpia y segura de aborregarnos y controlar nuestras mentes.

Alan Turing, padre de la computación, dijo hace ya tiempo que “en algún momento, por lo tanto, podríamos esperar que las máquinas tomen el control”. Puede que HAL 9000, el supercomputador que la lía parda en 2001: una odisea espacial, no ande muy lejos de aquí. No sabrá escribir como Ken Follett pero como gran dictador no tendrá precio.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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