lunes, 30 de octubre de 2023

EL CARNICERO DE GAZA

(Publicado en Diario16 el 27 de octubre de 2023)

Israel había prometido una ofensiva militar sin precedentes contra la Franja de Gaza. Sin embargo, han pasado ya tres semanas desde que Hamás cometiera sus salvajes atentados, causando la muerte a 1.300 israelíes y llevándose a más de 200 rehenes, y ni rastro de la victoriosa madre de todas las batallas que había prometido Benjamin Netanyahu. Ayer, cuando parecía que comenzaba el movimiento, los tanques judíos penetraban un kilómetro en territorio palestino, llevaban a cabo una especie de paseo militar por la zona y con las mismas se volvían a sus posiciones. El Gobierno de Tel Aviv calificó de “redada” la incursión, transformando lo que iba a ser poco menos que el nuevo Stalingrado en una especie de rutinario dispositivo policial de fin de semana.

A esta hora, en el Estado Mayor israelí nadie sabe cuándo se va a producir la tan anunciada ofensiva terrestre para acabar con los nidos de Hamás, ocupar militarmente toda la Franja de Gaza y liberar al pueblo del terror yihadista. Y no hay previsiones de que la operación vaya a tener lugar en las próximas fechas. Esta parsimonia con la que Netanyahu desarrolla el operativo militar empieza a exasperar a los halcones del Ejercito judío ávidos de venganza y de sangre. En los cuarteles hay malestar, ya que han pasado veinte días desde que estalló la guerra y no se ha producido ninguna gran victoria contra los terroristas de Hamás. Ni una sola foto de las bases, cuarteles o túneles subterráneos yihadistas supuestamente destruidos; ni un solo retrato de alguno de los cabecillas abatidos de la organización; nada de nada. Solo algunas imágenes aéreas difusas y pixeladas de supuestos tanques atravesando posiciones enemigas. Puro humo para seguir manipulando a la opinión pública israelí hasta hacerla creer que lo mejor para acabar con el cáncer del terrorismo es reducir a cenizas a un país entero y consumar el genocidio o limpieza étnica del pueblo palestino.

El único balance que el Ejército hebreo puede presentar hasta el momento resulta tan infructuoso como dramático: más de 7.000 civiles gazatíes muertos (la mayoría mujeres y niños) y una cifra de heridos que podría multiplicarse por tres o por cuatro. Los “bombardeos selectivos” están arrasando Gaza (ya ha sido demolida la cuarta parte de los edificios de la ciudad) y han propagado el terror extremo entre los habitantes (que son sometidos a una macabra ruleta rusa, la de no saber cuándo va a caer sobre sus cabezas el misil que acabe con ellos), pero más allá de eso poco o ningún éxito militar.

En las últimas horas, el Gobierno judío ha informado de que la ofensiva terrestre se aplaza por “razones estratégicas” y se pone como principal argumento que van a tratar de rescatar con vida a las doscientas personas retenidas como rehenes en algún lugar de Gaza. Sin embargo, esa coartada tampoco cuela. Sobre todo, porque ayer más de cincuenta de esos secuestrados podrían haber perdido la vida por fuego amigo, es decir, por culpa de los bombardeos israelíes. Si tanto le preocupara a Netanyahu la supervivencia de los cautivos, daría la orden de detener cualquier tipo de acción bélica para no poner en riesgo su integridad física y trataría de negociar su libertad con los guerrilleros palestinos. Al menos valoraría la posibilidad de aceptar un intercambio de civiles por presos, tal como pide Hamás. Pero de eso no se habla en el Likud.

Todos los datos de que disponemos hasta el momento nos llevan a una conclusión: Netanyahu no se atreve a dar la orden de iniciar la ofensiva terrestre porque sabe que a su país le supondría un inmenso coste en vidas humanas y a él probablemente el cargo de primer ministro. La posición política del líder ultraconservador ya era delicada antes de que estallara el polvorín gazatí. Superadas por los pelos dos mociones de censura, sumido el país en una grave crisis política e institucional con protestas en los juzgados, en las universidades, en los sindicatos y hasta en los cuarteles, y con la desconfianza creciente de Estados Unidos, que no termina de entender por qué Israel camina hacia un suicidio colectivo, el dirigente judío empieza a entender que se ha metido en una aventura sin retorno. Por si fuera poco, la nueva legislación judicial con la que el Gobierno busca colocar a los jueces de su propia cuerda ha encendido los ánimos del pueblo israelí. Y la huelga general que ha sacudido el país es un claro aviso para el líder nacionalista. Como también es un mal presagio para él que la Justicia ande hurgando en su pasado para buscarle las cosquillas en graves casos de corrupción por el cobro de comisiones en la compra de material militar.

Mientras tanto, Israel se polariza entre quienes anhelan un Estado laico y plural y los que tratan de imponer un sistema ultraortodoxo y teocrático con el Talmud y el ojo por ojo como Código Penal. En esa batalla social, el nombre de Netanyahu se asocia con el de una especie de anciano autócrata corrupto que pretende acabar con las libertades y el modo de vida occidental en Israel. Hasta los reservistas se rebelan contra el líder decadente, que ha visto en la guerra (el último refugio de los incompetentes, tal como dijo Asimov), la única salida que le queda para salvar su pellejo.

La ofensiva terrestre no termina de llegar. La operación militar y los bombardeos han devenido en una carnicería delirante con miles de inocentes masacrados que pasará a la historia de la infamia. Netanyahu presume de su flota de submarinos, cazas y tanques, pero de nada le valdrá todo ese sofisticado arsenal de última generación, toda esa ferralla que cuesta miles de millones de dólares, si al final los soldados israelíes tienen que entrar en el cuerpo a cuerpo del infierno de la Franja, un paisaje lunar repleto de ruinas, escondrijos y recovecos. Una inmensa trampa mortal plagada de francotiradores, minas antipersona y hombres-bomba dispuestos a martirizarse por Alá. La foto de los ataúdes con la Estrella de David retornando a Israel, con el consiguiente trauma para la opinión pública, puede ser la puntilla para el carnicero de Gaza. Esa, y solo esa, es la auténtica razón de que no haya apretado aún el botón del apocalipsis.  

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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