lunes, 30 de octubre de 2023

EL NUEVO AUSCHWITZ

(Publicado en Diario16 el 23 de octubre de 2023)

La invasión de Ucrania provocó una ola de inmensa solidaridad en todo el mundo. El salvaje ataque israelí contra Gaza hace que muchos países miren para otro lado tapándose la nariz. En esa indolencia quizá tenga algo que ver que los ucranianos son europeos, rubios y con ojos azules mientras que la piel de los niños gazatíes es oscura y sus familias son pobres como ratas. Sin duda, también debe influir que Estados Unidos haya dado licencia para matar a Benjamin Netanyahu y que la UE se haya puesto de perfil. En Occidente todos hacen lo que dice el Tío Sam, que en este caso es Joe Biden, ese que iba de progre y moderado y cuya política internacional en Oriente Medio no se diferencia demasiado de la que pondría en juego un supuesto ultraderechista como Donald Trump.

El mundo libre está consintiendo el exterminio de un pueblo entero recluido en la mayor prisión étnica conocida hasta el día de hoy. Israel se ha propuesto acabar con dos millones de palestinos matándolos de hambre y de sed ante la indolencia del resto del planeta. Hay imágenes que no podremos olvidar nunca y que lo dicen todo sobre el nivel de crueldad y degradación al que ha llegado el gobierno hebreo. Por ejemplo, esos médicos de los hospitales de Gaza que, a falta de suministro eléctrico en los quirófanos, operan con la escasa luz de sus teléfonos móviles y empleando vinagre en lugar de anestesia. O esa otra noticia que habla de niños bebiendo agua de mar o de una cloaca fecal mientras enferman de cólera, tifus y disentería. Harían falta cien camiones con alimentos y medicinas cada día para aliviar la catástrofe humanitaria, pero a esta hora la comunidad internacional solo ha logrado que Israel admita un convoy con veinte miserables remolques, una cantidad insultante e irrisoria. El último sarcasmo de Occidente es enviar unas cuantas latas de conservas y unas botellas de leche con las que no se podrá alimentar ni al cuatro por ciento de la población amenazada por las bombas. Así se tranquilizan las conciencias de los prebostes del G-20.

Las democracias mundiales, con sus elevados valores y principios morales, con su Derecho internacional reducido a papel mojado, están escribiendo una página negra en la historia de la infamia. Sonroja ver cómo los líderes europeos piden amablemente a Netanyahu que sea proporcional en su reacción bélica consintiéndole que mate algunos palestinos, pero sin pasarse. Desde Borrell a Ursula von der Leyen, pasando por Sunak, Scholz y Macron, todos se están retratando como mudos y ciegos invitados de Israel a su gran fiesta del holocausto palestino. Ni siquiera Pedro Sánchez, como representante de la Presidencia española rotatoria de turno, ha estado a la altura. ¿Qué es eso de que el derecho de Israel a defenderse debe ser “proporcional” y comedido? Eso es tanto como consentir la barbarie que se está cometiendo. Lo que debería hacer la Unión Europea es condenar sin paliativos el genocidio, que es lo que está ocurriendo en aquella tierra maldita dejada de la mano de Dios.

De la ONU ya poco cabe esperar. La puesta en escena de su secretario general, António Guterres, que se plantó por sorpresa en el paso fronterizo de Rafah, entre Egipto y Palestina, para exigir la entrada de los camiones de socorro, fue un vodevil que movió a la carcajada a los halcones del Ejército israelí. Y mientras los civilizados occidentales siguen divirtiéndose en los centros comerciales y en los estadios de fútbol, elevando el nivel de neurosis terrorista, cada quince minutos es asesinado un niño en la Franja de Gaza. Ya van más de mil pequeños masacrados por el Ejército israelí, una monstruosidad que empieza a ser comparable al exterminio judío perpetrado en los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Las voces valientes que denuncian la limpieza étnica palestina son apagadas de inmediato o se les pone la conveniente sordina. Todo aquel que se atreva a enarbolar la bandera de la paz, saliéndose de la versión oficial y del manido latiguillo del “Israel tiene derecho a defenderse”, es inmediatamente calificado de utópico, ingenuo o mucho peor, de amigo de los terroristas de Hamás. Ahí está el caso de Ione Belarra quien, por ejercer su derecho a la libertad de expresión, ha tenido que enfrentarse a una airada protesta del gobierno de Netanyahu y a un incidente diplomático en toda regla.

De una forma o de otra, la extrema derecha, influyente política y mediáticamente en la mayoría de los estados de la UE, está consiguiendo imponer su visión supremacista, simplona y maniquea consistente en que en este conflicto hay buenos (los prooccidentales israelíes) y malos (los palestinos); víctimas de primera categoría (las judías) y de segunda (los gazatíes degradados a la condición de animales sacrificables); unas razones políticas que valen más (las nuestras como opulentos ciudadanos del mundo rico) y otras menos (las de aquel pueblo oprimido que vive en una escombrera). Tal filosofía ultra nefasta ha impregnado ya a los foros internacionales como la ONU, la UE y la fracasada Conferencia de El Cairo.

¿Cuánto tiempo más ha de pasar hasta que la comunidad internacional diga basta ya a la barbarie en Palestina? ¿Cuántos hospitales más tienen que volar por los aires? ¿Cuántos niños más tienen que ser reventados por los misiles precisos y selectivos de Israel? A día de hoy da la sensación de que las cancillerías occidentales aún tienen capacidad para asimilar unos cuantos miles de muertos adicionales. El precio que haga falta con tal de que Israel sacie su sed de sangre y venganza con el ojo por ojo.

La guerra prosigue, los bombardeos indiscriminados contra la población civil no cesan. La cuarta parte de los edificios de la Franja han sido ya destruidos. El paisaje lunar a vista de dron resulta horrendo, aterrador, escalofriante. Han cercado Gaza, convirtiéndola en el nuevo gueto del siglo XXI. Una inmensa jaula humana. Si los camiones con la ayuda internacional no empiezan a entrar ya, y en grandes cantidades, pronto asistiremos a escenas sacadas del mismísimo infierno no demasiado diferentes a las que el mundo tuvo que contemplar cuando se abrieron las puertas de Auschwitz. Estamos a dos telediarios de ver palestinos matándose entre ellos por un trozo de pan o una botella de agua; suicidios de aquellos que ya no soportan por más tiempo la tortura del encierro y el apartheid; cuerpos esqueléticos, rostros famélicos, cadáveres andantes, como aquellos que deambulaban sin sentido en medio del horror de los crematorios nazis. ¿Reaccionará entonces el mundo occidental, lanzará un ultimátum a Israel, o todavía podremos seguir mirando hacia otro lado un rato más?

Viñeta: Pedro Parrilla

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