domingo, 29 de octubre de 2023

FELIZ DÍA DEL PP


(Publicado en Diario16 el 12 de octubre de 2023)

Un año más, España celebra el día del Partido Popular. Hace tiempo que el PP se apropió de los símbolos nacionales, de la bandera, del himno y, cómo no, de una festividad, el 12 de octubre, que no cuenta con la simpatía de buena parte de la ciudadanía española. Ellos, los patriotas de la derechona, se sienten muy a gusto con la efeméride y no quieren ni oír hablar de cambiarla por otra que una y cohesione algo más al pueblo. Se ponen sus mejores galas de los domingos (algunos y algunas parece que van de boda), asisten al desfile militar y aprovechan para desahogarse con insultos y gritos de “fuera, fuera” y “que te vote Txapote” al presidente del Gobierno, que eso desestresa mucho. Extraña manera de entender la democracia. Vilipendiar a Pedro Sánchez se ha convertido en un acto más del programa festivo, como izar la enseña nacional, pasear a la cabra de la Legión por la Castellana y hacer volar a la Patrulla Águila. Todo aquel que no esté con esa forma de entender la fiesta nacional, con su forma única, típica y tradicional, es un mal español, un separatista, un traidor. Todo aquel que no se atenga al protocolo oficial de siempre, con fin de fiesta regado con unos vinos de honor y unos torreznos en la Plaza Mayor, es un rojo peligroso.

Tachar del calendario un día del que solo participan unos cuantos mientras otros se van a la playa, a la montaña o al cine no debería ser demasiado complicado. Bastaría con un consenso de las diferentes fuerzas políticas para fijar otra fecha algo más neutra que no tuviese esa connotación imperialista que algunos pretenden dar a la jornada del 12-O. Porque, no nos engañemos, esto que llaman Día de la Hispanidad no es sino una reminiscencia de ese pasado mítico, onírico, atávico, que la derecha española tiene interiorizada desde los tiempos del franquismo. La mejor prueba de que el invento no funciona es que cada año son más los países hispanoamericanos que la rechazan por colonial y supremacista. Algo estamos haciendo mal.

No es cuestión de ponerse presentista ni de analizar los hechos del pasado con la lupa del presente, algo ridículo por otra parte. Lo que ocurrió a partir de 1492 ocurrió y nadie puede cambiarlo. Resulta estúpido decir que estamos celebrando “el genocidio contra los pueblos de América Latina”, como ha tuiteado Ione Belarra. Tampoco es eso. Esa es una interpretación demasiado visceral, radical, como todo lo que suele venir del mundo morado, y así les va. No creemos que haya mucha gente (aunque algún enfermo habrá) que hoy se eche a las calles de Madrid envuelto en la rojigualda y pensando en tomarse unas copas a la salud de las cabezas decapitadas por Hernán Cortés. Que la festividad no es la más apropiada para un Estado sano, moderno y democrático que pretende dejar atrás su leyenda negra y sus complejos históricos e histéricos, vale, aceptamos pulpo como animal de compañía. Pero de ahí a decir que los españoles de hoy brindamos por el exterminio de los pueblos indígenas y la victoria de la raza ibérica sobre negros y mestizos hay un buen trecho.  

La historia a partir del siglo XV fue lo que fue y ocurrió como ocurrió. Ningún país ni imperio gobernado por el hombre blanco salió de aquello limpio o sin mácula porque todos practicaron a su manera el esclavismo, la limpieza étnica y el expolio de los recursos naturales del Nuevo Mundo. Desde los británicos a los franceses, hasta portugueses y belgas, pasando por holandeses y alemanes, todos saquearon, mataron y violaron sin piedad allá donde pusieron el pie, ya fuese América del Sur, África, Asia u Oceanía. Sencillamente, el mundo era así, no había Derecho Internacional, ni respeto a los derechos humanos ni una Asamblea de Naciones Unidas que condenara los latrocinios de las potencias coloniales. La guerra era el método normal de expansión y conquista; la imposición del catecismo a otros pueblos una misión divina inherente a la exploración; y la nación fuerte sometía a la débil. Por tanto, no tenemos que fustigarnos por nada de lo que hiciesen nuestros antepasados, aunque una asunción de los errores cometidos ante las víctimas –como cuando el papa Juan Pablo II pidió perdón por los horrores de la Inquisición, las torturas, las persecuciones y la quema de brujas (con siete siglos de retraso)–, tampoco estaría de más y ayudaría a emprender un nuevo camino, el del redescubrimiento, con nuestros países hermanos del otro lado del Charco.

En ese contexto, sería higiénico y nos ayudaría a superar viejas heridas consensuar otra fecha entre todos. Por ejemplo, el 6 de diciembre, Día de la Constitución, sería una data en el calendario que podría encontrar mucha más aceptación entre la mayoría del pueblo español por lo que esa fecha tuvo de intento de reconciliación y de avance por el camino de la democracia. Seguramente a los nacionalismos periféricos siempre irredentos tampoco les agradaría la opción, pero al menos podríamos encontrar un punto de consenso entre los dos principales partidos de este país, al que se podrían sumar otros hasta alcanzar una amplia mayoría de más del ochenta por ciento de la ciudadanía. Y si es necesario someter la cuestión a referéndum, sométase.

Lamentablemente, estamos en España, ese país donde el diálogo y el acuerdo siempre resulta imposible. Aquí los “hunos” tienen que imponer su visión de la patria y su santa voluntad a los “hotros”, parafraseando a Unamuno. Y por eso, más que por cualquier cosa, nuestra democracia padece un vicio o pecado de origen. Aquí una mitad del país, la mitad pacífica, la mitad tolerante, la mitad transigente, siempre ha de ceder ante la intolerancia de la otra, y lo hace porque ya sabe cómo terminan estas cosas, con una sangrienta corrida de toros, unos paseíllos al cementerio y un espadón entrando a caballo en las Cortes Generales. Nada de lo que se considera sagrado por las fuerzas carpetovetónicas puede tocarse o someterse a revisión sin que estalle un 36. Nada es reformable para mejorar. Fue así desde que los liberales fueron cruelmente reprimidos después de 1812. Decimos que tenemos una democracia plena y auténtica, pero ni siquiera podemos someter a votación la fecha de nuestra gran Fiesta Nacional. Pues que se queden con ella y la disfruten. Hoy es el día de una España exaltada e impetuosa que se impone a la otra callada y condescendiente. Ya fluye el tintorro por la Castellana. Ya suenan los claros clarines. Ya bajan los corceles blancos, los penachos y corazas doradas de los caballeros. Y ya suenan los bramidos africanistas de siempre. Sánchez traidor, Sánchez felón. Feliz día (para algunos).

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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