domingo, 18 de octubre de 2020

EL ELEGIDO DE DIOS

 
(Publicado en Diario16 el 11 de octubre de 2020)

Los cristianos evangélicos de Estados Unidos han ligado su futuro al de Donald Trump, a quien consideran el “elegido de Dios”. Este grupo religioso jugó un importante papel en la victoria del presidente republicano en las pasadas elecciones de 2016 y su influencia crece cuatro años después con el objetivo de anular a los demócratas de Joe Biden, a quien la secta evangélica acusa de querer imponer el socialismo y el caos en el país.

Durante su mandato, Trump ha invocado en numerosas ocasiones la “Segunda Guerra Civil”, un concepto que los cristianos blancos de confesión evangélica tienen bien presente en sus discursos y oficios religiosos. Bajo el lema “todo es bueno en el caos”, este grupo ultraortodoxo pretende devolver a Estados Unidos a aquellos años de la guerra de secesión en los que los negros eran brutalmente esclavizados y apaleados en los campos de algodón. La idea de la secta evangélica “trumpista” es imponer un régimen supremacista y segregacionista, una especie de apartheid a la americana donde el Ku Klux Klan ejercería el papel de partido único y hegemónico.

Según el diario The Independent, buena parte de los votantes de extrema derecha norteamericanos están convencidos de que podría estallar una segunda guerra civil en el país si Trump no sale reelegido en los comicios del próximo mes de noviembre. Y no resultaría extraño que ese escenario, casi de película apocalíptica de ciencia ficción, pueda llegar a ocurrir algún día, ya que USA, la primera potencia económica mundial y tradicional faro referente de las democracias occidentales, es un inmenso arsenal militar, un auténtico polvorín con miles de armas cortas y rifles de guerra sin control. La población está bien armada, como demuestran los numerosos tiroteos supremacistas que se han sucedido en los últimos años, así como las refriegas con armas de fuego entre manifestantes de izquierda y de derecha durante las protestas antirracistas contra los últimos asesinatos de negros a manos de la Policía. El propio Trump ya ha aventurado que si no gana en las urnas no reconocerá la victoria de Biden, al que considera un estalinista peligroso que puede poner en peligro el futuro del país. Las ideas descabelladas del magnate neoyorquino han colocado a Estados Unidos al borde de un enfrentamiento civil.

Estremece pensar lo mucho que se parece el discurso “trumpista” al que promueve Vox en España. Santiago Abascal también estimula entre sus bases aquella añoranza de regímenes pasados y en su intento por revisar la historia trata de inculcar en la opinión pública española la idea de que la Guerra Civil fue una reacción lógica y lícita ante la supuesta amenaza de la revolución bolchevique que se cernía sobre España. Cualquier historiador medianamente reputado sabe que lo del 36 fue simple y llanamente un levantamiento militar, una conspiración de generales oportunistas, un cruento golpe de Estado llevado a cabo contra la débil Segunda República por un grupo de fanáticos obsesionados con imponer el fascismo en nuestro país. Pero el discurso guerracivilista de la extrema derecha va calando, al que se suma otra idea que Vox martillea tenazmente cada día: que el Gobierno de Pedro Sánchez no es legítimo porque nació de una moción de censura inconstitucional contra la derecha. Por tanto, al igual que en el caso americano, ahí están también los dos ingredientes del supremacismo español: revisionismo histórico para imponer la visión del bando vencedor de la Guerra Civil e intento de deslegitimación del rival político para su posterior liquidación. En definitiva, aplastar el pluralismo político, pilar esencial de la democracia.

Pero no queda ahí la cosa. Al igual que Trump en Estados Unidos, Vox ha emprendido una “guerra cultural” firmemente asentada en la religión. En USA son las sectas surgidas en las últimas décadas las que se alían con el poder financiero “trumpista” para proteger el país del multiculturalismo y de las confesiones que como el islam se extienden por todo el país. En España, sin embargo, es la Iglesia católica de siempre la que siente cierta simpatía por un movimiento político, el neofranquismo de Vox, que habla de un retorno a las esencias cristianas frente a la contaminación ideológica y religiosa de otras razas. La experiencia de cuarenta años de nacionalcatolicismo, es decir, de apoyo incondicional de la Iglesia al régimen fascista de Franco, juega a favor del partido de Abascal.

Y luego está la visión de la pandemia que ambos populismos a uno y otro lado del Atlántico comparten sin rubor. A pocas semanas para las elecciones en Estados Unidos, Trump ha visto en su enfermedad una buena forma de captar votos. En una entrevista concedida ayer, el inquilino de la Casa Blanca aseguraba que ya no toma ninguna medicación para el coronavirus e insta a los ciudadanos de su país a no tener miedo a la enfermedad y a tirar la mascarilla a la basura. Así las cosas, el presidente yanqui se comporta como un Dios inmune al contagio y a la muerte. Una especie de Superman con una salud de hierro. Abascal en España, mucho más joven y atlético, aún no se atreve a salir en público sin la máscara de protección, pero todo se andará. Su afición a convocar manifestaciones contra el Gobierno en medio de la pandemia pone en serio riesgo la salud de miles de personas. Otro rasgo, el de la irracionalidad acientífica y el anarquismo sanitario, en el que Vox y el “trumpismo” se parecen como dos gotas de agua. Ambos movimientos beben de las mismas fuentes. En lo único en que se diferencian Trump y el líder de Vox es en el color del cabello. Uno es de un rubio ario y el otro moreno, es decir, contaminado por la sangre mestiza de decenas de culturas que a lo largo de los siglos han pasado por la Península Ibérica. Por eso cuando Abascal le declara la “guerra cultural” al mena inmigrante en realidad, sin saberlo, está yendo contra sus propio genes. Por mucho que se resista a reconocer la verdad, por las venas del bueno de Santi circula sangre moruna, como le ocurre al 99 por ciento de los habitantes de este convulso país llamado España.

Viñeta: Becs

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