sábado, 26 de diciembre de 2020

EL CASADISMO

(Publicado en Diario16 el 18 de noviembre de 2020)

El Partido Popular, siguiendo aquella ingeniosa sentencia de Groucho Marx, se ha convertido en un partido experto en el arte de fabricar problemas en lugar de solucionarlos. Si Venezuela le queda muy lejos a los españoles, el PP casadista (habrá que empezar a llamarlo ya trumpista) se afana por crear la ficción de que España es un régimen bolivariano idéntico al de Maduro. Si el Gobierno es inocente en la propagación de la pandemia como así han declarado los tribunales (la plaga es un problema mundial que causa estragos a todos los países por igual y que exige unidad para superarla) se inventa una teoría de la conspiración, con ayuda de las cloacas policiales del Estado, y se le echan los muertos encima a Moncloa. Y si el acuerdo parlamentario de Presupuestos está cada vez más cerca se resucita el fantasma de ETA para que se hable del pasado, de los años del plomo que forman parte de los polvorientos libros de historia, y no del esfuerzo inversor que el Estado está dispuesto a acometer en los próximos años para mejorar la Sanidad, la Educación y las ayudas sociales para familias y empresas.

Pablo Casado ya no engaña a nadie porque los españoles le han tomado la medida y conocen bien sus trucos y jugarretas. Al igual que a Vox, al jefe de la oposición se le ven las maneras trumpistas a la legua. Aquí se trata de inventar realidades paralelas, escándalos inexistentes, conflictos imaginarios, catástrofes políticas de ficción y falsas traiciones para alterar la agenda política del país, de modo que los españoles hablen de lo que el PP quiere y no de lo que es relevante y prioritario para la nación. O dicho de otra manera: en España se discute de lo que quiere Miguel Ángel Rodríguez Bajón, que es quien va marcando el menú diario de problemas y polémicas artificiales que se ponen encima de la mesa. La última ofensiva de los populares para construir una realidad distópica, una España que no es, consiste en propagar el bulo de que el Gobierno tiene un pacto secreto con Bildu denigrando y ofendiendo a las víctimas del terrorismo. Hasta donde se sabe, ese acuerdo no existe (ha sido negado por el propio Ejecutivo) y lo que ha habido es un apoyo a los Presupuestos de los abertzales, que como fuerza política salida de las urnas tienen derecho a votar lo que crean conveniente en aplicación de un principio básico de la democracia representativa. Sin embargo, Casado vende sin pudor su película de conspiraciones y contubernios, una patraña con la que intenta convertir a Otegi en ministro en la sombra y con la que pretende meter a España en la máquina del tiempo para hacerla retroceder una década, hasta el último atentado de ETA (ocurrido en marzo de 2010 y en el que falleció un gendarme francés). En realidad, todos esos juegos retórico-trumpistas importan más bien poco a los españoles, que bastante tienen ya con los problemas cotidianos de hoy como para retornar de nuevo a los oscuros años de la bombas lapa, el tiro en la nuca y la violencia etarra superada. Afortunadamente, el terrorismo vasco forma parte de la historia de este país y tratar de resucitarlo absurdamente solo tiene un único objetivo: que no se hable de unos Presupuestos fundamentales para los españoles, ya que permitirán superar la pandemia y los fuertes recortes al Estado de bienestar tras los años de duros recortes de Mariano Rajoy. Casado prefiere hablar de los fantasmas de ETA que de hospitales, vacunas, ayudas a la dependencia, pensiones, colegios y prestaciones por desempleo. Felizmente superada la guerra en Euskadi, ese debería ser el debate de hoy en la Cortes, cómo mejorar el Estado de bienestar y la vida de la gente, pero curiosamente, y por efecto de las estrategias y asesores casadistas, nos encontramos discutiendo sobre unos ya inexistentes señores encapuchados que empiezan a quedar tan lejanos en el tiempo como los anarquistas de la Barcelona de los años 20 del siglo pasado.

En ese marco referencial se incluye el discurso de hoy de Casado en la sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. “El mismo día que se negociaban los presupuestos con Bildu, usted se lo pagó acercando a los asesinos de mis compañeros Jiménez Becerril”, ha asegurado en alusión a los presos vascos que están siendo trasladados a sus lugares de origen. “A Jiménez Becerril le dispararon cuando volvía con su mujer a casa. Ella empezó a gritar y también la mataron dejando huérfanos a tres niños que tuvo que cuidar su tía Teresa. Le pido que le mire a los ojos y le dé una explicación”, le ha espetado a Sánchez. El intento de apropiación de las víctimas del terrorismo por parte de Casado resulta infame porque él sabe bien que entre los asesinados no solo hubo militantes del PP, también del PSOE. Las secuelas lastraron a la sociedad española en su conjunto, pero aquí parece que solo Casado sufrió el zarpazo de aquel horror y que los demás somos bestias inhumanas sin sentimientos. Cuando insiste en seguir jugando con las víctimas para enfrentarlas con el Gobierno en una sucia estratagema que no pasa un mínimo filtro ético o moral, el líder del PP no hace otra cosa que manipular políticamente el dolor que dejó el terrorismo etarra.

En el fondo, y detrás de toda esta puesta en escena melodrámatica, el único objetivo de Casado es que no se aprueben los “Presupuestos de la vergüenza” (tal como los ha calificado su lugarteniente Teodoro García Egea en su cara a cara con el vicepresidente Pablo Iglesias). Que las cuentas públicas de claro carácter progresista se aprueben finalmente con 198 diputados a favor (un amplio consenso de buena parte de las fuerzas parlamentarias) es sin duda un gran éxito para España (que recibirá 140.000 millones en ayudas europeas) y también para Sánchez. A su vez, supone una clara derrota y una enmienda a la totalidad al proyecto económico ultraliberal del PP basado en la contención del gasto público, en la reducción del déficit y en las políticas de austeridad, unas ideas suicidas que hasta el FMI rechaza en estos momentos dramáticos, cuando lo que toca es que los Estados gasten lo que sea necesario y todavía más. Todo eso es lo que de verdad le duele y enrabieta a Casado, no el recuerdo de las víctimas que él patrimonializa a su antojo con fines políticos para sembrar la indignación popular y la discordia entre los españoles (que lo que están deseando es olvidar a ETA cuanto antes, poder seguir viviendo y mirar al futuro sin olvidar la historia para no volver a repetirla). El país no necesita que un tipo con aspecto de triste y fúnebre (y con segundas espurias intenciones) venga a recordarle cada cinco minutos la barbarie de lo que fue aquello. Lo sabemos perfectamente porque lo padecimos.

Al nuevo Cánovas del Castillo de la derecha española se le ve demasiado el plumero. Pero a fuerza de tratarlo, ya vamos conociendo sus truquillos y artimañas.

Viñeta: Igepzio

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