martes, 29 de diciembre de 2020

EL DISCURSO DEL REY

(Publicado en Diario16 el 21 de diciembre de 2020)

Ya se sabe que el rey reina pero no gobierna. Es decir, el rey es, está, permanece, es inviolable e inmutable por derecho divino y jamás se mete en política. En su sustancialidad, el rey es como Dios, se supone que existe pero rara vez se le ve por la calle o se le escucha. Ya se lo dijo una vez el añorado Sabino al golpista aquel: el rey ni está ni se le espera. Pues eso. Para intentar mantener un diálogo o conversación con el rey primero hay que enviar una carta a Zarzuela con acuse de recibo, como a Papá Noel, y no es seguro que conteste. De hecho, hay escasas posibilidades de que lo haga. A veces, solo a veces, el rey baja del Olimpo de la lejana Monarquía para estar un minuto con los suyos, saluda con la mano de autómata, se mete en el blindado y otra vez para los palacios. Eso ocurre en contadas ocasiones, como una inundación, un partido de Copa o un premio importante. Meter a un rey en una burbuja de cristal es la mejor forma de diluirlo, de anularlo políticamente hasta convertirlo en un muñeco de cera.

Este año el pueblo espera que Felipe VI diga algo trascendente en su discurso navideño, que se pronuncie, que se moje de una vez. Hasta los periodistas de la televisión vasca, que suelen pasar bastante del discurso real, han pedido entrada para estar en primera fila. Eso es que hay expectación, interés, lo cual no le viene mal a la Monarquía por aquello de la publicidad y el share de la pequeña pantalla. Lo importante es que hablen de uno aunque sea mal. Pero esta vez el rey está obligado a dar noticias con enjundia más allá de ser un simple Aliatar transmisor de un mensaje de esperanza y buena voluntad. Mientras la pandemia sigue arreciando, mientras las instituciones del Estado se desmoronan como el Coloso de Rodas y con el escándalo de las cuentas opacas del emérito tronando por medio mundo, ha llegado la hora de que Felipe se encarne, se haga mortal y aborde con valentía los graves asuntos del país, analizando causas y efectos y aportando soluciones. Porque en una monarquía parlamentaria el rey puede ser un personaje simbólico, un escudo heráldico mayormente, pero su papel y su responsabilidad de líder y referente de la sociedad no se lo quita nadie. A los españoles ya no les vale el manido “en estas fiestas tan entrañables me llena de orgullo y satisfacción…”, y tampoco van a conformarse con el christmas televisivo de un rey de manos y piernas cruzadas delante del árbol de Navidad, junto al retrato de Letizia y las infantas y la ventana de fondo que da a los idílicos jardines de Zarzuela.

Sin duda, es hora de salir de la zona de confort, de la mesa despacho Luis XVI, del pisapapeles, de la pluma barroca y del globo terráqueo. Es hora de abordar los problemas acuciantes del país más allá de las palabras genéricas, de las declaraciones institucionales y las frases buenistas siempre debidamente filtradas por los censores de Moncloa. Para empezar, la nación entera aguarda al menos un comentario sobre los excesos del padre. El español espera gestos, ejemplaridad, medidas concretas para sanear la institución. No estaría de más que anunciara una auditoría interna de los bienes y cuentas de palacio a Price Waterhouse Coopers, a Andersen Worldwide o a Ernst and Young International, qué más da el nombre del bufete multinacional que lo lleve, lo importante es que el mundo entero sepa que la Monarquía española se pone al día, abre sus puertas y ventanas para ventilar y levanta las alfombras. Transparencia ante todo, mucha transparencia. Y después, y al margen de que la Justicia haga su trabajo, Juan Carlos I debería recibir una severa reprimenda por su comportamiento inmaduro y juvenil que ha puesto el país al borde del abismo. Retirarle la distinción honorífica se antoja un primer paso inevitable en la necesaria regeneración. Tras la abdicación, el patriarca de la Transición no ha hecho méritos para seguir siendo emérito.  

Hay no pocas tareas y asuntos pendientes en la agenda regia de Su Majestad, sin ir más lejos esos catalanes apaleados del 1-O que aún esperan una petición de perdón, o una contundente advertencia a los militares golpistas de la Decimonovena para que se les quite de la cabeza el delirio de implicar al jefe de Estado en aventuras africanistas. El rey es apenas un emblema, eso lo sabemos desde el 78, pero por su papel de moderador y árbitro de la vida política nacional debería ser capaz de sentar a Pedro Sánchez y Pablo Casado en la misma mesa para que se pongan de acuerdo en la renovación del Poder Judicial, en la ley educativa, en la eutanasia y en los fondos de Bruselas. Si Juan Carlos demostró habilidad para que Fraga y Carrillo se dieran un abrazo fraternal que cerró 40 años de dictadura y crímenes sangrientos, Felipe debería hacer honor a su sobrenombre de El Preparao y lograr un nuevo pacto de la Moncloa. Por la Casa Real que no quede, aunque Casado ya esté practicando sin rubor el entreguismo más descarado al mundo ultra español. El rey debería tener mano izquierda, nunca mejor dicho, para poner en su sitio al líder de la oposición, que se ha echado al monte por mucho que él diga que anda buscando el centro.

Esta no puede ser una Nochebuena más. Las familias están arruinadas y han sido apartadas unas de otras para evitar la expansión del coronavirus. Felipe debería tener la gallardía y el valor de sacar una mascarilla del bolsillo de la americana, ponérsela delante de las cámaras y proclamar que ese trozo de tela salva vidas y no puede ser un motivo más de confrontación entre las dos Españas. Los médicos y enfermeras exhaustos se lo agradecerían y el ministro Illa también. De entrada, la obligación del monarca sería condenar el concierto de Raphael, una auténtica orgía vírica que ha puesto en peligro la vida de miles de madrileños. Un correctivo a Díaz Ayuso de la mano del padre de la patria tampoco vendría mal. Desde hace meses la traviesa niña trumpita se está mereciendo que alguien le dé un par de azotes ideológicos por sus excesos. Pero, o mucho nos equivocamos, o tampoco habrá mención especial del monarca para la líder castiza.

Lamentablemente, es más que probable que todo el argumentario que debería formar parte intrínseca del discurso navideño de Felipe VI de este año quede aparcado como siempre y la alocución no pase de un mero sermón de Misa del Gallo que servirá para felicitar las pascuas a los sufridos súbditos y poco más. Los españoles empiezan a verlo como alguien ajeno a la familia, un simple allegado. Y ya ni eso.

Viñeta: Igepzio 

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