sábado, 26 de diciembre de 2020

GUERRA AL BULO

(Publicado en Diario16 el 5 de noviembre de 2020)

El Gobierno ha declarado la guerra a las fake news. Es una decisión lógica, ya que el fascismo se nutre de la desinformación y el odio en las redes sociales, grandes canteras de las que se extrae, a paladas y a diario, la quincalla de la ira y la furia popular. Lo estamos viendo esta semana con las elecciones norteamericanas, en las que Donald Trump ha agitado como nunca el bulo, la mentira, el fantasma de la guerra civil y el cainismo entre americanos, un mal enquistado que aunque pueda parecer lo contrario no es exclusivamente español. Pese a que el New York Times ya ha bautizado al magnate neoyorquino como un “pato cojo” (así se conoce en EEUU al político acabado cuyo mandato o período en el cargo está a punto de terminar) sigue siendo el mejor ejemplo de que cualquier personajillo sin demasiadas luces pero medianamente avezado y puesto en Twitter puede ocasionar un terremoto político, un destrozo en su país, hasta liquidar la democracia a fuerza de ir propagando patrañas, rumores infundados y cuentos de viejas.

El problema es serio, ya que está en juego nada más y nada menos que combatir el auge del nuevo populismo fascista, frenar el negacionismo paleto e irracional y garantizar la supervivencia de la democracia liberal. Según Moncloa, tras la nueva normativa el Ejecutivo de coalición “monitorizará” la información e incluso podrá solicitar la colaboración de los medios de comunicación para perseguir la “difusión deliberada, a gran escala y sistemática, de desinformación que persiga influir en la sociedad con fines interesados y espurios”. El plan prevé varios niveles de alerta, recursos humanos y materiales y una compleja estructura de organismos en la que estarán integradas las fuerzas de seguridad del Estado y hasta el CNI.

A esta hora todavía se desconoce lo que quiere decir el gabinete Sánchez con “monitorizar” la información, un término que debe ser aclarado cuanto antes para no darle argumentos a los exquisitos del fascismo libertario, siempre prestos a sacar a las calles a sus tropas negacionistas al grito de “libertad, libertad”. Extraña que Santiago Abascal no haya puesto ya alguno de sus habituales tuits exaltados para denunciar que el proyecto trata de hacer realidad el Gran Hermano orwelliano. El tema es una bicoca para los ultras de imaginación delirante, que sin duda harán una intensa campaña en contra de la decisión del Gobierno de intervenir en el oscuro submundo de las mentiras de internet. Lo de monitorizar los bulos y noticias falsas da mucho juego, y la sola idea de caricaturizar a Pedro Sánchez como un siniestro operario vestido con el chándal venezolano frente a un panel lleno de botones luminosos, palancas y pantallas con el logotipo de cada medio de comunicación de la caverna mediática hace babear a los dirigentes de Vox.

En cualquier caso, la orden ministerial publicada este jueves en el BOE justifica la nueva normativa antibulo en “uno de los pilares que sustentan a las sociedades democráticas”, como es el derecho de todos los ciudadanos a recibir una información veraz y contrastada. En ese sentido, el argumento del Gobierno resulta impecable, ya que han sido muchos años, quizá demasiados, de periódicos digitales de poca monta, hojas parroquiales ultracatólicas y panfletos reaccionarios sin mayor objetivo editorial que desestabilizar la democracia para colocar a un nuevo Franquito o trumpito en el poder. Ningún país serio puede tolerar semejante supercontagio masivo de la población con información basura sin otro objetivo que fabricar un universo paralelo, alternativo, ficticio. Partidos como Vox y sus terminales mediáticas difunden no ya noticias grotescas sin ningún fundamento real o contraste periodístico, sino filosofías de odio, xenófobas y machistas. Ya sabemos, por el ejemplo dramático de Estados Unidos, cómo terminan los experimentos de Steve Bannon −exasesor del Pato Cojo y gran gurú del “trumpismo” mundial−, quien tras llevar al monstruo en volandas hasta el poder soltó aquella frase tan estremecedora como premonitoria: “Esto va a ser una movida que te cagas”.

A Sánchez no le debe temblar el pulso con este asunto de vital importancia para la democracia. En los últimos días hemos asistido a algunas decisiones tibias del Gobierno que demuestran cierta inseguridad frente a la ofensiva neofascista. El presidente estuvo brillante en la defensa de los valores democráticos durante la moción de censura de Abascal, pero acto seguido hemos asistido a algunos movimientos de Moncloa que reflejan cierta actitud pusilánime, timorata, como esa absurda resistencia a decretar el confinamiento de la población en sus casas para frenar la expansión del coronavirus. Los datos de fallecidos y contagios se han disparado de nuevo, en Europa nos llevan una semana de adelanto con las medidas drásticas y algunas comunidades autónomas le han pedido al líder socialista que pulse ya el botón rojo para confinar a los españoles. Sin embargo, Sánchez se lo está pensando, quizá porque la medida es impopular y porque las presiones de la patronal y de la extrema derecha, así como del PP casadista, están siendo muy fuertes. Las derechas esperan que el Ejecutivo dé la orden de confinar para sacar a la calle a sus comandos de alborotadores, cacerolos y cayetanos. Los últimos incidentes y altercados del pasado fin de semana, alimentados por los neonazis y otros elementos antisistema, son una buena prueba de lo que nos espera. Pero un Gobierno está para gobernar, para tomar decisiones y para plantar cara al totalitarismo en la defensa de los principios democráticos. La razón está de su parte frente al negacionismo “trumpista”, obtuso y medieval. Contra el bulo, el hater y el trol, mano dura, multa y cárcel.

Viñeta: Igepzio

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