martes, 29 de diciembre de 2020

LA GUERRA DE LAS VACUNAS

(Publicado en Diario16 el 14 de diciembre de 2020)

Los barones del Partido Popular trabajan ya para patrimonializar las diferentes vacunas que han salido al mercado y que llegarán a la población española en las próximas semanas. Mientras Isabel Díaz Ayuso sigue haciendo trumpismo barato contra el Gobierno de Pedro Sánchez al denunciar que no habrá dosis suficientes para todos los madrileños, en Galicia Núñez Feijóo ha anunciado que confía en empezar la vacunación en la segunda semana de enero, un plan al que parecen querer sumarse otras comunidades autónomas gobernadas por el PP como Murcia y Andalucía. Y todo ello a pesar de que el ministro Illa aún no ha concretado el calendario general para todo el Estado (solo se sabe que el 5 de enero estarán aquí las primeras ampollas). Al igual que los prebostes populares quisieron llegar los primeros a la desescalada tras el confinamiento −en un intento suicida por salvar la economía y el lobby hostelero de tapas y cañas−, ahora pretenden anotarse el tanto de ser los primeros en administrar las sustancias milagrosas, como si estuviesen jugándose el Premio Nobel. El intento por desgastar a Moncloa con este asunto resulta rastrero y patético pero, por lo que se va viendo, el PP casadista no va a renunciar a hacer guerra política también con el asunto de los antídotos, una cuestión que debería ser asunto de Estado pero que Génova 13 pretende convertir, una vez más, en herramienta de propaganda electoral partidista.

Desde que estalló la pandemia, Pablo Casado no ha hecho otra cosa que poner palos en las ruedas del país −el “cuanto peor mejor” en la línea del trumpismo más descarado con la intención de derribar el Gobierno de coalición− y un bocado tan jugoso como el de las vacunas no iba a ser una excepción. Los discípulos ibéricos de Donald Trump aprenden deprisa del maestro multimillonario neoyorquino, que en plena campaña electoral de las elecciones a la Casa Blanca ya intentó rentabilizar políticamente el descubrimiento de Pfizer para arañar un puñado de votos en las urnas. Díaz Ayuso, como buena trumpita que es, sigue a rajatabla esta estrategia en la creencia de que quien llegue primero a la vacuna tendrá primero el poder. Ahora que acabamos de perder a John Le Carré, el gran maestro de la novela de espionaje, de la Guerra Fría y de las oscuras conspiraciones políticas, asistimos al espectáculo denigrante y lamentable de un partido filoyanqui que sueña con hacer su propia carrera armamentística con el ansiado medicamento y que no ve la vacuna como un gran logro científico para toda la humanidad, sino como el arma definitiva para ganar votantes en sus respectivos terruños y para derrotar al enemigo rojo, que en este caso no es el mundo soviético sino el sanchismo bolivariano, a quien los populares acusan de todos los males del país. Al igual que Panoramix −el druida de la aldea del cómic Astérix− era capaz de fabricar la poción mágica suficiente para derrotar a los romanos, los Ayuso, Feijóo, López Miras y Moreno Bonilla creen haber encontrado la fórmula sobrenatural para doblegar al dúo socialcomunista Sánchez/Iglesias. Nos encontramos, sin duda, ante un nuevo delirio casadista, un plan descabellado, cuando no una nueva muestra de deslealtad manifiesta. Apenas unas horas después de que Casado haya anunciado su intención de reducir a ceniza la ley educativa o Ley Celaá en las comunidades gobernadas por el PP (con el objetivo de “seguir garantizando la libre elección de las familias para elegir centro escolar, blindar a la concertada y a la especial, garantizar una educación de calidad impidiendo la promoción con suspensos y proteger el castellano”) nos encontramos con esta nueva maniobra sanitaria espuria de las vacunas. Cada día que pasa, el partido conservador da un paso más en su escalada de crispación y ya ha pasado de la demagogia barata a la rebelión o insumisión en todos los frentes. 

Los populares están reformando la Constitución por la vía de los hechos consumados, de tal manera que cuando les interesa se transforman en federalistas radicales y aplican el soberanismo cañí, o sea que pasan mucho de las leyes del Estado. A este paso Pedro Sánchez no tendrá más remedio que empezar a aplicar el 155 a discreción y a mansalva a madrileños, gallegos, andaluces y murcianos porque de lo contrario España se tornará ingobernable (como los CDR de Quim Torra) y devendrá, esta vez sí, en Estado fallido por desobediencia, deserción y deslealtad de todos aquellos que van por libre en un extraño fenómeno de independentismo españolista. No deja de sorprender que aquellos que más presumen de patriotas sean al final los que se encierran a cal y canto en su feudo, taifa o diminuto ciego provincianismo solo por darle una patada en la espinilla al presidente del Gobierno, al que no reconocen legitimidad sencillamente porque no saben perder (el mal de Trump que se les ha metido en el cuerpo) y por una deficiente concepción de la democracia que viene de los tiempos del franquismo.

El PP ha empezado su propia campaña de vacunación, que va más allá de inmunizar a la población y que pretende inocular al personal el odio antisanchista, un virus mucho más peligroso y mortífero aún que el covid-19 por lo que tiene de peligro para la convivencia. Asistiremos por tanto al vodevil del cacique de turno retratándose ufano y orgulloso ante un camión de Pfizer cargado de inyecciones con la etiqueta de la gaviota azul en un intento por colgarse la medalla de haber sido el primero en llegar a la curación de sus sufridos paisanos. Franco inauguraba pantanos con agua, pero es que estos abren hospitales vacíos sin quirófanos y dan el tijeretazo a la cinta con la bandera española de unos palés con vacunas que ni siquiera han inventado ellos y que es patrimonio y éxito de todos. Tan grotesco y kafkiano como preocupante.

Viñeta: Igepzio

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