miércoles, 2 de octubre de 2019

EL GRAN AZAÑA


(Publicado en Diario16 el 25 de septiembre de 2019)

La histórica sentencia del Tribunal Supremo que ordena la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos debería servir para que no olvidemos a los miles de españoles cuyos cuerpos seguirán enterrados para siempre en decenas de cunetas y fosas comunes. No solo en nuestro país, que junto con Camboya ostenta el triste récord de ser el Estado con más desaparecidos del mundo. También fuera de nuestras fronteras, donde los exiliados que pagaron el precio del destierro murieron sin poder regresar jamás a su patria. Y entre ellos no debemos olvidarnos de quien fue el presidente de la Segunda República en aquellos días aciagos de nuestra historia: Manuel Azaña.
La voluntad del más grande político español del siglo XX fue ser enterrado en la localidad francesa de Montauban, y allí siguen sus restos, bajo una lápida fría, modesta, austera. Azaña no tuvo la suerte de que le construyeran un opulento mausoleo a mayor gloria de su figura, como sí hizo Francisco Franco dando rienda suelta a su megalomanía de pequeño gran dictador. Cuentan que, el día que fue enterrado Azaña, unos centenares de españoles también exiliados en Montauban acompañaron su sencillo féretro, que llegó al cementerio envuelto en una bandera mexicana (las autoridades de Vichy, en una última humillación al exiliado, habían prohibido que el presidente de la República española fuese sepultado bajo la enseña tricolor).
Y allí quedó el fallecido presidente, solo, en el cementerio viejo de la ciudad, hasta nuestros días. Durante años ni siquiera se instaló una simple señalización para indicar el lugar exacto del enterramiento, como si el destino se hubiese conjurado para borrar del mapa su última morada. De esa manera, todo aquel que quería visitar el sepulcro de don Manuel tenía que adentrarse en el camposanto y recorrerlo un tanto al azar hasta toparse con la pequeña tumba solo adornada por unas flores siempre frescas, algunas banderas tricolores y los recuerdos de los pocos achacosos republicanos y combatientes que tambaleándose, con bastones temblorosos y casi sin fuerzas, se plantaban frente a la lápida con los ojos empapados en lágrimas.
De esa forma, arrinconando a aquel hombre de Estado en un agujero de un apartado cementerio francés, se ha arrinconado también una parte esencial de la historia que los españoles, sobre todo los más jóvenes, no han llegado a conocer. Pocos, muy pocos, son los estudiantes que han leído en la escuela algún fragmento o discurso de Azaña, textos todos ellos fundamentales para entender por qué terminamos a tiros en el 36. No solo se ha enterrado la figura, el mito, el personaje inmenso, clave y crucial, para entender nuestra peripecia histórica reciente, sino lo que es aún peor: se ha olvidado su prodigiosa obra. En los últimos años, por cada libro que se publicaba sobre Azaña salían al mercado cien sobre Franco. El felón no solo le ganó la guerra al presidente legítimo elegido por el pueblo. También lo derrotó en la lista de los best seller.
Han pasado más de cuarenta años desde que se instauró la democracia en España y ningún Gobierno se ha planteado corregir aquella cruel injusticia. Azaña fue el presidente de la República y repatriar sus restos, darle un lugar de paz y descanso en su país, entre los suyos, sería tanto como saldar una gran deuda pendiente. Por supuesto, ese traslado debería hacerse, esta vez sí, rindiéndole honores como jefe de Estado. No sería ese homenaje una cuestión de revanchismo ni de venganza gratuita, sino una reparación moral imprescindible, una forma de ennoblecernos como país y de hacer justicia con alguien que simbolizó en sus propias carnes el exilio de miles de compatriotas.
Una democracia, y España ha demostrado que lo es, no puede vivir bajo el yugo del miedo permanente. Ya ha pasado el tiempo suficiente desde que terminó el episodio más trágico de nuestra historia. Durante la Transición miramos para otro lado. Era la única manera de no caer en otra guerra civil. Y a eso lo llamaron reconciliación. Hoy aquellos que, bajo la excusa intolerable de no reabrir viejas heridas, niegan a miles de españoles el derecho a encontrar los restos de sus seres queridos asesinados, siguen imponiendo su dictadura y su terror. En realidad, no hacen sino enterrar dos veces, primero a las víctimas de aquel vil genocidio; después a sus hijos, nietos y familiares que quieren saber la verdad.
Los encubridores y tolerantes con el fascismo no solo pretenden sepultar a los represaliados bajo el manto del olvido, sino que no hablemos de ellos, borrar la memoria histórica de nuestras mentes, algo que sería trágico para España, ya que nos condenaría a tropezar dos veces en la misma piedra. Azaña, don Manuel, o lo que queda de él, debe ser devuelto a su tierra y a las librerías. Nadie está pidiendo venganza, solo justicia. La venganza anida en los oscuros corazones de aquellos que pretenden perpetuar una victoria que en realidad fue una gigantesca derrota, por mucho que el régimen ilegítimo que instauró Franco lograra perpetuarse a sangre y fuego en el poder durante cuarenta años. Aquello del “venceréis, pero no convenceréis” que dijo Unamuno.
Pero no solo es grave el intento de borrar lo que pasó. Peor aún es tergiversar la historia, intoxicar con mentiras, intentar blanquear o dulcificar la imagen del fascismo. Cada día los revisionistas de la historia vuelcan sus infundios y su dosis de bilis y odio diario en los periódicos, en la radio, en la televisión y en las redes sociales con la sola intención de que le demos la espalda a la verdad, de que traicionemos a la democracia como sus antepasados la traicionaron, de que nos sometamos de nuevo al miedo, ese mismo espanto con que el que los prebostes del franquismo estuvieron doblegando las vidas de varias generaciones de españoles durante cuatro décadas. Por fortuna el pueblo ya no tiene miedo.
Con la reparación moral que exige la memoria de Azaña no se trata de santificar al muerto sino de colocarlo en el lugar que por derecho le corresponde. El presidente cometió errores que llevaron a la República a perder la guerra. Se vio superado por fuerzas y corrientes históricas mucho más poderosas que él y rodeado de eso que se dice tan a menudo de un líder de masas: sus luces y sus sombras. Fue un hombre extremadamente inteligente, locuaz y gran orador, a veces frío, siempre lúcido y sarcástico, con tendencia a la depresión y algo soberbio, como corresponde a todo gobernante. Un intelectual en un tiempo de fanatismos. Por eso ahora que, por fin, el cadáver de Franco va a ser extraído de la tumba del Valle de los Caídos por orden del Tribunal Supremo (ese órgano judicial al que a menudo tachamos injustamente de parcial y vendido a los poderes fácticos) sería un momento simbólico perfecto para traer a nuestro país los restos de alguien que fue un buen presidente, un gran escritor que diseccionó como nadie los males endémicos de España y sobre todo un hombre íntegro y cabal. Alguien que en el último momento, asqueado ya de los crímenes y desmanes sangrientos que se producían por doquier, dijo aquello tan honroso y sincero de que no quería ser “el presidente de una República de asesinos”.

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