lunes, 28 de octubre de 2019

EL HUNDIMIENTO DE RIVERA


(Publicado en Diario16 el 7 de octubre de 2019)

“El pánico hace milagros”, ha dicho Pedro Sánchez sobre el ofrecimiento de Albert Rivera para pactar con el PSOE y desbloquear la formación de un Gobierno en España. Es evidente que el presidente de Ciudadanos, ante los malos augurios de las encuestas, se consume en una hoguera de miedo, de terror, de canguelo. Y a falta de un mes para las elecciones le han entrado las prisas. Si hace un cuarto de hora le había puesto un cordón sanitario (casi radiactivo) a los socialistas −los amigos de los que quieren romper España−, ahora sería capaz de firmar acuerdos con la banda de Sánchez, con el diablo, con el mismísimo Quim Torra con tal de salvar su sillón de cuero el 10N. Cualquier día lo vemos entrando en Waterloo, con la bandera blanca en la mano, pidiéndole una tregua y hasta una coalición a Puigdemont.
Así es la veleta naranja. Hoy dice esto, mañana dice aquello. Hoy van de liberales a la europea, mañana de franquistas furibundos dispuestos a defender España de los rojos ateos y comunistas que según ellos ya piensan en quemar las iglesias como en el 36. Nada en Rivera es de verdad. Todo es puro artificio, pantomima, postureo y sobreactuación. Ciudadanos es una broma pesada en un momento histórico en el que España no está para bromas.
El chaqueteo del político catalán se veía venir desde hacía tiempo. Se lo estaba diciendo todo el mundo, los liberales europeos, el Financial Times, Manuel Valls, su amigo Toni Roldán (con el que rompió por arrogancia), la patronal, el Íbex y hasta el rey en la ronda de consultas. Todos le decían: “Déjalo de una vez Albert; abandona la senda ultraderechista, que para eso ya está Vox; vuelve a la moderación; levántale el castigo a Sánchez, que es un buen chico con el que se puede negociar; reflexiona, medita, relájate…” Pero él no hizo caso y siguió a lo suyo, contumazmente instalado en la hipérbole permanente, en la exageración histriónica de opereta, en la histeria y la calumnia. Cada vez que se subía al atril de las Cortes (demasiado adrenalínico y térmico) montaba el pollo; cada vez que daba un mitin en Badalona liaba una trapatiesta que para qué; cada vez que se daba una vuelta por Vic o Rentería, en plan provocador y para arañar unos votillos, resucitaba el fantasma del guerracivilismo. Del espectáculo que dio en los debates televisivos (incluido aquel cursi y delirante minuto de oro) mejor no hablar. Parecía ese feriante cargado de cachivaches y trastos que cambia de número cada minuto con tal de que entre más gente en su barraca.
España no necesita un político así. España, en estos momentos críticos en que vuelve el franquismo, en que la democracia está amenazada y en que todo parece estallar por los aires, no necesita otro insensato pirómano llegado de las cavernas de la historia para quemar lo poco bueno que nos queda ya. Y claro, la parroquia se ha olido la tostada, le ha visto las costuras, le ha pillado el truco. Le ha cogido el tufo a extremista que va soltando el muchacho. Rivera es el paradigma del másdelomismo nacionalista que ya conocemos, el salvapatrias que arrastra a los demás a las trincheras mientras él vive su vida de lujos y conciertos con Malú, el símbolo del fracaso. También es el cuento de la regeneración que nunca llega (de hecho, siempre acaba pactando con los corruptos); el demócrata que negocia con los franquistas, al crepúsculo de los domingos por la tarde, en los reservados de los hoteles de Madrid; el líder del partido que gana las elecciones en Cataluña y sale por piernas a esconderse en Madrid porque no tiene ni ideas ni proyecto. No le adorna ni una sola cualidad como estadista, dice lo que debe a destiempo y lo que no debe todo el rato, se equivoca con la táctica y la estrategia. Él pretende ser como Suárez pero por su radicalidad se queda en José Antonio. Y ahora tiene miedo de las encuestas. Hasta el ABC le da los mismos diputados que Vox. Rivera es un desastre, un bluf. Llegó en cueros a la política y así se va a ir tras perderlo todo. En pelota picada.

Viñeta: Xipell

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