lunes, 28 de octubre de 2019

TORRA, EL DESTROYER


(Publicado en Diario16 el 16 de octubre de 2019)

Quim Torra sigue inmerso en sus actos reivindicativo-lúdico-festivos mientras Cataluña arde como un polvorín. Los episodios vandálicos de la pasada noche, los contenedores quemados y el Far West en el que se ha convertido una ciudad como Barcelona, siempre cosmopolita, acogedora y pacífica, deben sin duda formar parte de ese “apreteu, apreteu” con el que el molt honorable suele arengar a los CDR. Si bien es cierto que las manifestaciones, marchas ciudadanas y otros movimientos de protesta contra la sentencia del ‘procés’ están siendo en su mayor parte pacíficos, el ala dura del independentismo se ha propuesto pasar a una nueva fase del conflicto y acometer acciones mucho más contundentes en las que no falta una cierta dosis de violencia.
Mientras Pedro Sánchez asegura que no le temblará el pulso a la hora de tomar cualquier medida para garantizar el orden en Cataluña, el president de la Generalitat sigue a lo suyo. Hasta en tres ocasiones los periodistas le han preguntado por este asunto y él ha escondido la cabeza debajo del ala. Por otra parte, era algo previsible en un guiñol ciego, sordo y mudo que ha sido colocado ahí, como muñeco de pim pam pum, por Carles Puigdemont precisamente para eso, para que no haga ni diga nada, para que deje hacer, para que la kale borroka pase a la acción y tome el mando de la situación. Horas después quiso rectificar su ambigüedad calculada: “La violencia no nos representa ni nos representará nunca al movimiento independentista catalán”, dijo en un tuit a destiempo.
Por la mañana hay un Torra, por la tarde otro. Justo cuando el president se disponía a iniciar una marcha de protesta acompañado del exlehendakari vasco Juan José Ibarretxe, los reporteros le preguntaban si piensa condenar los actos de violencia. Pero cada vez que la prensa se le acercaba, él se daba media vuelta, haciéndose el despistado, o se paraba con algún fan para posar en un distendido selfi, o charlaba amistosamente con alguno de los manifestantes, siempre haciendo caso omiso a las preguntas.
Tan solo en una ocasión ha mostrado su apoyo a las manifestaciones que se están llevando a cabo como reacción a la sentencia del Supremo. “Es fantástico ver al pueblo movilizado. Es emocionante. Que nadie dude de que este presidente y el Govern está al lado de la gente”, ha dicho mientras se sumaba a las “Marchas por la Libertad” impulsadas por ANC y Òmnium Cultural. Para Torra los incendios, las barricadas, el cuerpo a cuerpo entre catalanes, los adoquines volando, todo ese desastre junto, es un espectáculo “fantástico”. Él no ve humo ni nota el olor a gasolina y a fogata; tampoco escucha los disparos de las pelotas de goma, los gritos de los heridos y descalabrados, el fragor de la batalla campal y las pendencias. Todo eso para él forma parte de la performance, un activismo pacífico y elegante, una forma cívica y civilizada de mostrar al mundo la opinión de la ciudadanía en contra de la sentencia. Donde hay una barricada envuelta en llamas hasta el tercer piso Torra ve una alegre y sabrosa butifarrada. Donde hay un CDR con la testa abierta por el porrazo de un mosso Torra ve un daño colateral o un figurante que lo hace muy bien. Donde hay una carga policial de veinte antidisturbios mazaos y fuertes como armarios empotrados él ve una parte del espectáculo que da color y emoción a la noche épica y gloriosa. Y donde hay un españolista traidor acorralado por sus muchachos en un callejón no hay nada, solo un pequeño incidente que no debe ser recogido en los atestados policiales. ¿A quién no se le va la mano un poco en la fiebre de las refriegas?
Así es Torra El Esloveno, un tipo extraño que donde hay porrazos, empujones, patadas y puñetazos entre policías y manifestantes solo ve juegos florales como en el día San Jordi, actos festivos y pacíficos, la normalidad democrática y la libertad de expresión más absoluta y legítima. Torra, tras caminar un kilometrillo de la “Marcha por la Libertad” hacia Tarragona (más no, que andar cansa mucho, más para alguien que sufre sobrepeso) desea toda la suerte del mundo y el éxito operativo a su Tsunami Democràtic y se vuelve después a su apacible y seguro Palau de Sant Jordi a merendarse una crema catalana y a seguir por TV3, la tele amiga, las últimas batallas de la guerra medieval contra las tropas borbónicas. Y ya al caer la noche, cuando el humo y los resplandores de fuego asoman sobre la Sagrada Familia, se conecta a Telegram y le da el último parte del día al general de Waterloo: “Solo un ojo reventado, un testículo averiado y una vieja españolista arrastrada por los suelos. Sin novedad en el frente, señor”. Finalmente se mete en la cama con las obras completas de Companys y a dormir como un angelito, que mañana será otro día emocionante. Aunque la guerra siempre la hagan otros.
Quim Torra sigue inmerso en sus actos reivindicativo-lúdico-festivos mientras Cataluña arde como un polvorín. Los episodios vandálicos de la pasada noche, los contenedores quemados y el Far West en el que se ha convertido una ciudad como Barcelona, siempre cosmopolita, acogedora y pacífica, deben sin duda formar parte de ese “apreteu, apreteu” con el que el molt honorable suele arengar a los CDR. Si bien es cierto que las manifestaciones, marchas ciudadanas y otros movimientos de protesta contra la sentencia del ‘procés’ están siendo en su mayor parte pacíficos, el ala dura del independentismo se ha propuesto pasar a una nueva fase del conflicto y acometer acciones mucho más contundentes en las que no falta una cierta dosis de violencia.
Mientras Pedro Sánchez asegura que no le temblará el pulso a la hora de tomar cualquier medida para garantizar el orden en Cataluña, el president de la Generalitat sigue a lo suyo. Hasta en tres ocasiones los periodistas le han preguntado por este asunto y él ha escondido la cabeza debajo del ala. Por otra parte, era algo previsible en un guiñol ciego, sordo y mudo que ha sido colocado ahí, como muñeco de pim pam pum, por Carles Puigdemont precisamente para eso, para que no haga ni diga nada, para que deje hacer, para que la kale borroka pase a la acción y tome el mando de la situación. Horas después quiso rectificar su ambigüedad calculada: “La violencia no nos representa ni nos representará nunca al movimiento independentista catalán”, dijo en un tuit a destiempo.
Por la mañana hay un Torra, por la tarde otro. Justo cuando el president se disponía a iniciar una marcha de protesta acompañado del exlehendakari vasco Juan José Ibarretxe, los reporteros le preguntaban si piensa condenar los actos de violencia. Pero cada vez que la prensa se le acercaba, él se daba media vuelta, haciéndose el despistado, o se paraba con algún fan para posar en un distendido selfi, o charlaba amistosamente con alguno de los manifestantes, siempre haciendo caso omiso a las preguntas.
Tan solo en una ocasión ha mostrado su apoyo a las manifestaciones que se están llevando a cabo como reacción a la sentencia del Supremo. “Es fantástico ver al pueblo movilizado. Es emocionante. Que nadie dude de que este presidente y el Govern está al lado de la gente”, ha dicho mientras se sumaba a las “Marchas por la Libertad” impulsadas por ANC y Òmnium Cultural. Para Torra los incendios, las barricadas, el cuerpo a cuerpo entre catalanes, los adoquines volando, todo ese desastre junto, es un espectáculo “fantástico”. Él no ve humo ni nota el olor a gasolina y a fogata; tampoco escucha los disparos de las pelotas de goma, los gritos de los heridos y descalabrados, el fragor de la batalla campal y las pendencias. Todo eso para él forma parte de la performance, un activismo pacífico y elegante, una forma cívica y civilizada de mostrar al mundo la opinión de la ciudadanía en contra de la sentencia. Donde hay una barricada envuelta en llamas hasta el tercer piso Torra ve una alegre y sabrosa butifarrada. Donde hay un CDR con la testa abierta por el porrazo de un mosso Torra ve un daño colateral o un figurante que lo hace muy bien. Donde hay una carga policial de veinte antidisturbios mazaos y fuertes como armarios empotrados él ve una parte del espectáculo que da color y emoción a la noche épica y gloriosa. Y donde hay un españolista traidor acorralado por sus muchachos en un callejón no hay nada, solo un pequeño incidente que no debe ser recogido en los atestados policiales. ¿A quién no se le va la mano un poco en la fiebre de las refriegas?
Así es Torra El Esloveno, un tipo extraño que donde hay porrazos, empujones, patadas y puñetazos entre policías y manifestantes solo ve juegos florales como en el día San Jordi, actos festivos y pacíficos, la normalidad democrática y la libertad de expresión más absoluta y legítima. Torra, tras caminar un kilometrillo de la “Marcha por la Libertad” hacia Tarragona (más no, que andar cansa mucho, más para alguien que sufre sobrepeso) desea toda la suerte del mundo y el éxito operativo a su Tsunami Democràtic y se vuelve después a su apacible y seguro Palau de Sant Jordi a merendarse una crema catalana y a seguir por TV3, la tele amiga, las últimas batallas de la guerra medieval contra las tropas borbónicas. Y ya al caer la noche, cuando el humo y los resplandores de fuego asoman sobre la Sagrada Familia, se conecta a Telegram y le da el último parte del día al general de Waterloo: “Solo un ojo reventado, un testículo averiado y una vieja españolista arrastrada por los suelos. Sin novedad en el frente, señor”. Finalmente se mete en la cama con las obras completas de Companys y a dormir como un angelito, que mañana será otro día emocionante. Aunque la guerra siempre la hagan otros.

Viñeta: Igepzio

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