martes, 5 de octubre de 2021

CAPERUCITA VERDE

(Publicado en Diario16 el 4 de septiembre de 2021)

Entre los mitos, historietas y trolas que Vox difunde ampliamente a través de sus redes sociales y ejércitos tuiteros hay un bulo que se repite una y otra vez y que al partido de extrema derecha le suele funcionar a las mil maravillas: el cuento de los malvados inmigrantes que se cuelan en las casas de las pobres ancianitas enfermas y desvalidas para ocuparlas, echar a sus dueñas a la calle y quedarse con todo lo que tienen. En realidad, es el cuento de Caperucita roja de toda la vida solo que algo más sofisticado, aderezado con unas cuantas gotas de racismo y sazonado con algunas estadísticas policiales debidamente manipuladas. Obviamente, el relato sirve para envolver, como un celofán con lazo rojo, un discurso político duro y perverso.

Todo el mundo ha escuchado alguna vez el cuento de Caperucita recogido por Charles Perrault y más tarde por los hermanos Grimm. El lobo feroz llega a casa de la abuelita haciéndose pasar por la dulce nieta. La abuelita lo deja entrar creyendo que es la niña. El lobo se cuela, se come a la anciana de un solo bocado y se mete en la cama para esperar a Caperucita. Cuando la pequeña llega a la casa, el bicho –disfrazado de la abuelita– la invita a meterse en la cama con él (zoofilia subliminal, los cuentos clásicos para niños están repletos de aberraciones sexuales de ese tipo) y mantiene con la jovencita el famosísimo diálogo sobre las orejas grandes, los ojos grandes, la boca grande, etcétera, hasta que el malvado animal suelta aquello de los “dientes grandes son para comerte mejor” y se abalanza sobre ella para engullirla. Es entonces cuando la muchacha grita y aparece el héroe o leñador que mata al lobo, le abre la panza de un hachazo y saca a la abuelita del estómago milagrosamente viva (el final tiene diferentes versiones según el autor y la zona geográfica, pero el argumento es básicamente el mismo).

Pues a lo que vamos. En una maniobra sutil, Vox ha cambiado al personaje del lobo feroz por un pérfido inmigrante, a las víctimas por una señora mayor o una inocente muchacha de cualquier barrio de Madrid y al fornido leñador armado que llega para salvar a las damas por Santi Abascal. El relato actualizado produce el mismo efecto terrorífico, pero lo más espantoso de todo es la moraleja que se extrae del cuento una vez pasado por el filtro político, propagandístico y revisionista: cuidado con los negros y extranjeros, que son todos unos lobos vestidos con piel de cordero y andan al acecho para violar a nuestras Caperucitas, irrumpir por la fuerza en las casas de nuestras madres y abuelitas, como vulgares okupas, y hacerse dueños de nuestras propiedades.

En realidad, todo está inventado. En el libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas (una obra imprescindible para entender el poder de la comunicación y la construcción de los mitos) Bruno Bettelheim nos enseña la influencia brutal que los relatos infantiles pueden ejercer sobre las mentes simples o menos formadas, no ya niños, sino adultos sin madurar. Al identificarse con los personajes buenos de la fábula, el receptor del mensaje experimenta los mismos sentimientos de justicia, amor o valentía que los protagonistas, pero también otros con connotaciones negativas, como el odio, el rechazo y el deseo de venganza. Y ahí se produce una catarsis. El artificio literario utilizado por Vox es tan infantil, tan naíf y burdo, que debería mover a la carcajada a cualquier persona medianamente formada y provista de un espíritu crítico. Sin embargo, la fábula sigue surtiendo el mismo efecto que el primer día, cuando se le ocurrió al autor anónimo, probablemente algún ingenioso trovador francés que vivió en la Edad Media. Vox lleva años convenciendo a miles de incautos con manidos cuentos como el de Caperucita roja (en este caso la roja es la buena y aunque a ellos les gustaría que la capa de la niña fuese azul falangista eso es lo de menos con tal de que la historieta cale en el personal).

La última vez que el partido ultra recurrió a este conocido relato fue el pasado mes de agosto, cuando varios medios de comunicación de los considerados “serios y prestigiosos” informaron sobre la denuncia de una mujer de 89 años que aseguraba haber sido despojada de su casa por su cuidadora, una joven de origen marroquí que habría ocupado ilegalmente la vivienda y que cumplía a la perfección el papel o rol de lobo feroz (de loba para ser más concretos). De inmediato, la patraña generó la habitual cascada de tuits con insultos y amenazas hacia la cuidadora mientras los ejércitos de bots de Santi Abascal ponían en marcha la prodigiosa maquinaria del odio para difundir la noticia falsa en las redes sociales.

Viñeta: Pedro Parrilla

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