viernes, 15 de febrero de 2019

EL EMÉRITO VA POR LIBRE

 
(Publicado en Diario16 el 28 de noviembre de 2018)

Por lo visto el rey emérito, Juan Carlos I, va donde quiere, con quien quiere y cuando quiere, anda ya por libre, sin dar explicaciones a nadie. Y según parece Zarzuela no puede hacer nada por controlarlo. A la polémica fotografía del exjefe del Estado estrechando la mano del príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salmán ‒bajo sospecha de haber ordenado la muerte y descuartizamiento del periodista Jamal Khashoggi en la embajada de Estambul‒ se han unido otros episodios de su ajetreada vida privada que no benefician precisamente a la imagen de la monarquía.
Hace solo unos días, Juan Carlos I salía de una marisquería de Vigo cuando un grupo de personas que bebían en la calle, a las puertas de una tasca cercana, empezaron a burlarse de él, una escena reprobable y poco edificante de la que dio cuenta el diario La Razón. “Algunos comentaban la presencia del guardaespaldas, mientras otros coreaban ¡Viva la República! o ¡A tope sin drogas!”. La escena, bochornosa para la Casa Real y también para la imagen del país ‒se mire por donde se mire‒, se prolongó durante algunos minutos hasta que el emérito se dirigió al coche oficial y los testigos volvieron a bromear y a increparlo: “¿Qué tal el centollo?”; “Galicia calidade Juancar” y “¿Dónde está Elenita?” (en referencia a su hija que todavía no había salido del restaurante).
Episodios como este han hecho plantearse a Zarzuela si es conveniente que Juan Carlos I lleve su propia agenda de actos, exponiéndose demasiado a la vida pública. Sin embargo, no parece que el rey emérito haga demasiado caso a los asesores de la Casa Real, que sin duda le han aconsejado dosificar las salidas privadas y su participación en según qué actos oficiales. El viaje al Gran Premio de Fórmula I de Abu Dabi, y la consiguiente imagen del monarca español saludando a un gobernante genocida, fue innecesaria y ocasionó más perjuicio que beneficio a la reputación y los intereses internacionales de nuestro país. Al día siguiente del nuevo escándalo que dio la vuelta al mundo, fuentes de Zarzuela restaron importancia a ese saludo entre el emérito y Bin Salmán al asegurar que tuvo lugar en el “ámbito de un viaje privado” y que “fue estrictamente protocolario, sin ninguna reunión previa, ni posterior, y sin trascendencia institucional”. Probablemente eso sea cierto, y el momento en que las manos supuestamente manchadas de sangre del heredero árabe se fundieron con las del exjefe de Estado español no fue más que una anécdota fugaz, un error o despiste, pero el caso es que la escena quedará inmortalizada para la historia, como también quedará la consiguiente interpretación política, que no es otra que España es un país amigo de regímenes teocráticos que no respetan los derechos humanos.
En ese punto, lo que deberían plantearse Felipe VI y los asesores de Zarzuela, que haberlos haylos, y muchos, es si Juan Carlos I debería seleccionar algo más sus apariciones públicas, con qué amistades se deja ver, qué lugares frecuenta y con qué motivo o intención. A fin de cuentas no deja de ser un estadista que sigue percibiendo una retribución salarial con cargo a los presupuestos generales del Estado, de manera que sobre él recae cierta responsabilidad de representar al país en todo momento. Juan Carlos I nunca está en viaje privado, ya que cualquier actuación, movimiento, declaración o iniciativa será valorada en clave institucional, con el consiguiente beneficio o perjuicio para España.
Cuestión distinta es que el emérito pueda llegar a pensar que tras cuarenta años de innegable servicio al país se ha ganado el derecho a hacer lo que le venga en gana, sin dar explicaciones a nadie, lo cual sería un grave error. De aquellos safaris africanos con amigas entrañables debería haber aprendido que un rey siempre es un rey, hasta el momento mismo en que deja de existir, no un simple jubilado como cualquier otro que puede ponerse el mundo por montera y darse al despendole desinhibido en Benidorm. Tampoco se trata de que lo encierren en el oscuro torreón de palacio y no pueda salir ni ver la luz del sol, como hacían sus antepasados absolutistas. Pero el emérito tiene una responsabilidad, tal como reconoció él mismo tras el fatídico episodio de Botsuana: “Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir”. Por lo visto sí vuelve a ocurrir, ocurre una y otra vez, quizá porque quienes tienen la obligación de asesorarlo y controlar su actividad política también han hecho dejación de funciones. Y así, entre la falta de control de la agenda de Juan Carlos y el carácter demasiado campechano del patriarca, la monarquía sigue perdiendo puntos en las cada vez más negativas encuestas de popularidad.

Viñeta: Igepzio

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