viernes, 15 de febrero de 2019

TODOS PIERDEN EL JUICIO


(Publicado en Diario16 el 15 de febrero de 2019)

Nos quedan tres meses por delante de inútil agonía procesal. Miles de papeles burocráticos, cientos de testigos, latinajos y retórica jurídica que no servirán para mucho, más que para meter entre rejas a un hombre que va de mesías de los derechos humanos y a sus 11 apóstoles del soberanismo. El juicio del ‘procés’ no es más que una patata caliente que Mariano Rajoy cambió de sitio. Hoy, un año y medio después, el impertinente tubérculo sigue echando humo. Podrían organizar cien juicios más, podrían contratar a cien magistrados más −todos ellos de reconocido prestigio−, podrían llevar a declarar a la UCO, a la UDYCO, al CNI, a los Mossos d’Esquadra y a la Guardia Urbana de Barcelona. Nada de eso servirá porque el problema seguirá estando ahí mientras Oriol Junqueras, que se siente iluminado por la gracia de Dios (encima va a misa de doce y el Altísimo está con él) seguirá ganando adeptos para la causa. “Esto no se resuelve poniendo gente en la cárcel”, ha sido su primer mandamiento ante el Sanedrín del Alto Tribunal como gurú de los derechos civiles.
Con el juicio al ‘procés’, la gran cagada histórica de Rajoy (y ya era difícil hacerlo peor después de lo del Prestige) todos perdemos. Pierde el Estado como macroestructura que no ha sabido resolver un problema territorial; pierde la Justicia, que ha caído en la trampa de un juicio político; y pierde la democracia, que ha fracasado como herramienta de Gobierno. Por supuesto, pierden los ciudadanos, los españoles y los catalanes, que ven cómo la convivencia se deteriora por días y el rencor se enquista. El fracaso de este novelón surrealista escrito por un político gallego que no era Cela precisamente es generalizado y total. Ya advirtió Kafka en su Proceso (el ‘procés’ en catalino) que los macrojuicios son laberintos interminables, descarriados, inconclusos. Tanto, que ni el genio de Praga podo terminar su historia. Aunque bien mirado, hay dos actores principales que sí saldrán triunfadores: el propio Junqueras, que con su brillante actuación de ayer ya se ha ganado el respeto de miles de catalanes (incluso entre los no indepes), y el abogado de Vox, que hará caja de votos entre esos españoles que cultivan el odio como deporte.
La primera semana de vista oral nos deja una evidencia que se veía venir: el PP quiso convertir a Oriol Junqueras en Josu Ternera y ha terminado convirtiéndolo en un Nelson Mandela blanco y a la catalana. Su declaración como acusado fue un mitin político (¿es que alguien dudaba de que así sería?) y el líder de ERC se sintió en su salsa en el banquillo de los acusados, que él transformó en tribuna de oradores. No en vano, llevaba año y medio preparando ese momento estelar en su particular prisión de Robben Island, o sea Lledoners, que para el caso es lo mismo, ya que aunque el rancho que le daban al líder negro era peor que las lentejas y la tortilla española, el implacable acero de las rejas es idéntico.
Junqueras ya ha asumido que su papel es el de mártir tenaz, un Madiba de la causa catalana, y va a representar su personaje hasta el final. Si le caen 25 años de cárcel, que es lo más probable, ya llegará el indulto, y si este no llega porque Vox no quiere, ya llegará Estrasburgo con el jabón francés para aclarar las manchas que la Justicia española pueda dejar en la sábana impoluta de los convenios internacionales sobre derechos humanos. Esa es su estrategia de defensa y de ahí no lo sacarán aunque se coma el marrón. Algún ingenuo llegó a pensar que Oriol Mandela haría una defensa técnica, jurídica, que se pondría a debatir bizantinamente con el fiscal sobre artículos del Código Penal, doctrina y jurisprudencia del Constitucional y sobre farragosos artículos de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Nada más lejos. Su rol es el de mártir y el traje negro calvinista, austero, mormón, le viene que ni pintado.
El líder independentista se sentó ante los magistrados del Tribunal Supremo como lo que es en realidad: un intelectual pacífico, gordito y afable con sentido del humor que cita a Dante e incluso se permite la broma de decir que “ama” a España. Cuando soltó su declaración amorosa, precisamente en pleno Día de San Valentín, los fieros letrados de Vox lo miraron con estupor, como ese lobo hambriento que abre sus fauces ante la inofensiva gallina y en el último momento algo le dice que no debe comérsela porque puede resultar indigesta.
No, Oriol Mandela no da el perfil de demonio que pretende la derecha española, ni de delincuente común, ni de peligroso etarra, como dice Pablo Casado. “Nunca hemos aceptado la violencia, cualquier objetivo noble en la vida es inmoral si los mecanismos para conseguirlo son indecentes. Si hubiese cualquier tentación de actuar de manera no pacífica nosotros nos desvincularíamos de ese objetivo y nos encontrarían enfrente. Convivencia, bienestar, progreso cultural, cívico, social de la ciudadanía son nuestros valores y los preservaríamos”, ha afirmado.
El truco de fabricar un enemigo público número uno no le ha funcionado al PP y ahora estamos juzgando a un Buda de las Ramblas manso y bonancible que solo con mirarlo ya se sabe que no sería capaz de matar ni a una mosca. Junqueras habla de filosofía griega, de la Mare de Déu de Montserrat, de humanismo cristiano, de misas de doce con cánticos religiosos y de amor fraternal entre los pueblos. Un tipo que se expresa así no puede perder la batalla final ni puede ser el diablo malvado con rabo y cuernos que pretende romper España. No encaja. No cuela.
En la sala del Supremo hay periodistas acreditados de todo el mundo. Están los del New York Times y los del Guardian, entre otros muchos, y andan analizando toda esta historia truculenta con ojos asépticos, sin prejuicios fanáticos ni emocionalismos patrióticos. ¿Qué habrán pensado de nosotros los españoles cuando hayan escuchado a este hombre hablar de derechos humanos, de respeto a los valores cívicos, de educación y de pacifismo? ¿Cómo habrán digerido que un político que lleva preso más de un año tenga que soltar sus ideas desde el banquillo de un juzgado y no desde la tribuna del Parlamento, que es donde tendría que estar ahora tratando de resolver un conflicto territorial de dimensiones colosales que amenaza con arrastrarnos a todos al abismo? No lo entenderán. Los corresponsales extranjeros no podrán comprender que un país democrático como España haya derivado un asunto político hacia la vía penal en un disparate jurídico que no puede terminar bien. El Estado empezó a perder la batalla mediática internacional desde el mismo día del referéndum, cuando las cargas y los porrazos de la Policía. Como también ha perdido la batalla judicial desde que aquel juzgado alemán de nombre impronunciable sentenciara que no ha había habido violencia ni rebelión, rechazando la extradición de Puigdemont.
Es cierto que Junqueras y los suyos se saltaron la Constitución, el Estatut, la ley, los reglamentos y las ordenanzas de las comunidades de vecinos. Pero eso ya no importa. Ahora solo queda el crucificado pacifista, el martirizado que lo aguanta todo, la “buena persona”, como él dice de sí mismo. Solo tiene que resistir y dejar que su idea madure dentro y fuera de España. A Junqueras se le está poniendo cara de Madiba, o de Gandhi con su alegato de no violencia. Aunque no ayune y tenga unos kilitos de más.

Viñeta: Igepzio

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