jueves, 25 de noviembre de 2021

EL HEDOR

(Publicado en Diario16 el 11 de noviembre de 2021)

La izquierda española pasa hoy entre los dos leones de las Cortes para someterse a la prueba del algodón. Ha llegado la hora de la verdad, de retratarse, de demostrar que los discursos sobre regeneración, dignidad, decencia, superioridad moral de los partidos progresistas y democracia real son sinceros y no puro postureo. En apenas unas horas comenzará el Pleno sobre el nombramiento de los nuevos cargos del Tribunal Constitucional, entre los que figura Enrique Arnaldo, ese sapo que han decidido trajelarse PSOE y Unidas Podemos (dicen que por el bien del país). La sesión promete ser la más trascendental en lo que va de legislatura, ya que lo que está en juego aquí es mucho más importante que si se adjudican cuatro perras a tal o cual autovía o si se construye un parque en esta u otra ciudad. Lo que se dirime hoy en el Congreso de los Diputados es, ni más ni menos, algo tan crucial como la salud y el futuro de nuestra democracia.

Ningún demócrata de bien debería votar con una pinza en la nariz, como piensan hacer hoy sus señorías socialistas y morados para no romper la supuesta tregua con la ultraderecha de Pablo Casado y Santiago Abascal. Votar con la pinza en la nariz es tanto como aceptar que nuestro sistema político es un montón de basura sin posibilidad alguna de reciclaje. Votar con la pinza en la nariz es poco menos que resignarse, claudicar, arrojar la toalla y asumir que España siga siendo el mismo cortijo de señoritos que lleva haciendo y deshaciendo a su antojo desde tiempos inmemoriales. Este país no se merece eso. Los ciudadanos españoles no se merecen que sus representantes políticos, esos a los que han elegido en las urnas para que mejoren las cosas y corten por lo sano lo que está podrido, sigan abonando el terreno para las malas hierbas. Los españoles tienen derecho a que su Constitucional, su más alta instancia judicial, sea algo más que un teatrillo de variedades donde cada partido coloca a sus peones para que diriman las rencillas y cuitas políticas que no pudieron ser resueltas en el piso de abajo, o sea en el Parlamento.

Hoy debería ser un día grande y solemne para nuestra democracia. Hoy nuestros diputados tendrían que elegir a los magistrados del TC entre las mentes más brillantes, ilustres y preclaras. Lamentablemente, no será así. El de esta mañana quedará como el Pleno del hedor, el Pleno más hediondo que se recuerda, el Pleno en el que una reata aborregada de supuestos representantes del pueblo taparán sus fosas nasales con una pinza, como manda el jefe, apretarán los ojos en plan chinos estreñidos, se mirarán unos a otros chasqueando los dedos con asco y contendrán la respiración para no atufarse con la peste insoportable, que ya no es la peste que emite la toga apolillada de tal o cual juez, sino la fetidez del cadáver corrupto de nuestra democracia en plena descomposición. Nuestro Parlamento va camino de convertirse en una fosa séptica, acumula ya tanta agua residual, tanta porquería y cloaca, que al final sus señorías van a tener que entrar en el hemiciclo no solo con pinzas en la nariz, sino con máscaras antigás, katiuskas y mirando dónde pisan para no llevarse un mojón en la suela.

En España hay grandes magistrados, gente que ha consagrado su vida al Derecho, auténticos científicos de las leyes que gozan del mayor prestigio y reconocimiento nacional e internacional. Juristas que cargan a la derecha o a la izquierda, como todo hijo de vecino, pero honestos, limpios de polvo y paja y profesionales, sobre todo profesionales que fallan según su conciencia y su buen saber y entender. Entre esa cantera, ¿no había uno mejor que Arnaldo? Nadie está pidiendo aquí jueces vírgenes de ideología, absolutamente asépticos y con la tabula rasa de Aristóteles en la mente. Pero sí al menos que sean íntegros e insobornables. En este país hay juristas que reúnen esas buenas cualidades y que podrían haber dado al Constitucional una pátina de cierta imparcialidad que ya no tiene. Y, sin embargo, el PP de Casado nos va a colocar a lo más peor, a unos subcontratados de parte y a un señor que se movía como pez en las aguas pantanosas del poder. Alguien que por lo visto se carteaba con el corrupto Jaume Matas proponiéndole negocios y diciéndole aquello tan feo de “no te olvides de mí para los temas jurídicos”. Ese es el hombre elegido, un gran amante de la bufanda, un experto en contratos mercantiles y en la ética líquida de nuestro tiempo. ¿Pero qué clase de país estamos construyendo?

Preparémonos pues para asistir a una sesión plenaria que debería ser para la historia y quedará para la infamia. Hoy saldrá del Parlamento un viejo daguerrotipo más propio del caciquil y turnista siglo XIX que de la España contemporánea. Ahí quedarán retratados los que estuvieron a la altura de las circunstancias (los menos) y los que quedaron como disciplinados, como obedientes, como cobardes (la inmensa mayoría). Tantos diputados, tantos sueldazos imperiales, para que solo un puñado de ellos se atreva a defender la verdad, la decencia y la dignidad. Qué despilfarro. Nos queda, eso sí, la remota posibilidad de que el bueno de Odón Elorza vote no a Arnaldo rompiendo la disciplina de partido y luego se levante del escaño, salude al tendido, presente su dimisión irrevocable y salga de esa taberna maloliente con honor. Ojalá hubiera muchos odones capaces de rebelarse contra los papas Pedro y Pablo en una última esperanza para la democracia. Mucho nos tememos que no lo verán nuestros ojos porque todo el pescado está vendido. Un pescado podrido que huele mal.    

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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