viernes, 19 de noviembre de 2021

TIEMPO DE ESCASEZ

 

(Publicado en Diario16 el 27 de octubre de 2021)

Las empresas automovilísticas paralizan la producción ante la falta de microchips, en muchos países empieza a escasear el gas y el carbón y el fantasma de la inflación, la escasez y el desabastecimiento planea sobre el mundo civilizado (y el otro). Son las consecuencias de la pandemia, de la deslocalización y de una globalización enloquecida. En definitiva, los efectos de un sistema económico capitalista desquiciado, injusto y sin control que hace tiempo da síntomas de claro agotamiento.

Los expertos y economistas le echan la culpa al colapso del comercio marítimo, a la falta de camioneros por el Brexit y al subidón de la demanda que se ha producido tras el covid, pero uno, que tiene el vicio de darle la interpretación marxista a todo (qué le vamos a hacer), quiere ver las mismas causas profundas y no resueltas de siempre detrás de esta crisis monumental que se avecina.

En primer lugar está el factor filosófico. Por mucho que parezca que hemos avanzado, el mundo sigue funcionando al revés, como en la Edad de Piedra, y las mentes simples de los humanos siguen maquinando más o menos igual, en términos de egoísmo y placer, como reveló Freud. En plena época de los viajes espaciales para ricos gilipollas, del robot camarero, de las redes sociales y de las videoconferencias vía satélite nos encontramos con que más de mil millones de personas malviven con menos de un euro al día. Si la globalización era esto, un Neolítico con luces de neón, apaga y vámonos. Semejante contradicción hegeliana, temporal, resulta insostenible y convierte al sistema en un Leviatán con pies de barro que puede derrumbarse en cualquier momento (de hecho, lo hace cíclicamente, o sea cada diez años, que es el tiempo que suele transcurrir entre recesión y recesión). Por tanto, la letra del viejo tango argentino de Enrique Santos Discépolo (el mundo fue y será una porquería, en el quinientos seis y en el dos mil también) sigue estando más vigente que nunca.

El segundo factor, el económico, es todavía más fácil de entender. El capitalismo de hoy es un atracón desmedido de codicia y sin sentido, y cuando decimos atracón no nos estamos refiriendo solo a la voracidad de los mercados, sino al robo que las clases dominantes perpetran a diario a los de abajo, que es ahí donde sigue estando la raíz del mal y el foco de tensiones sociales. David Ricardo vaticinó la pobreza como modo de vida en las sociedades industriales del futuro y Thomas Malthus profetizó un mundo de pobres a causa del crecimiento exponencial de la población global y la escasez de alimentos. Todas las señales de alarma han sido sistemáticamente desoídas con el devenir de los siglos y ahora la humanidad ha entrado en un callejón sin salida. Se producen bienes de consumo ciegamente y sin sentido siguiendo el viejo manual caducado de la Revolución Industrial del siglo XIX y al final no hay demanda para absorber toda la chatarra electrónica, toda la ropa occidental que fabrican los niños explotados en los talleres de Bombay y todos los tomates de Mazarrón que terminan en el cubo de la basura mientras la otra mitad de la población mundial se muere de hambre.

Lo cual nos lleva al tercer factor del colapso capitalista: el político-social. Las clases dominantes (gobernantes y gentes del dinero), se empeñan en mantener un estatus privilegiado aberrante que aboca al planeta a una crisis climática sin precedentes y a una situación de desigualdad entre ricos y pobres cada vez más profunda. La vida se ha organizado en dos estratos separados por una brecha insalvable, casi como en un macabro hormiguero donde dos mil supermillonarios de la Tierra poseen la misma riqueza que 4.600 millones de personas (es decir, un 0,7 por ciento de la población terrícola controla a un 60 por ciento). Las democracias, inventadas para corregir los desequilibrios, deberían solucionar el problema mediante la participación de los humildes, de los despojados, de la inmensa mayoría del pueblo, en sus órganos de gobierno. Sin embargo, todo es una farsa porque cuando los partidos del pueblo llegan arriba para cambiar las cosas son aplastados por el poder de las élites políticas, empresariales y financieras o echan a sus legítimos representantes de las instituciones oficiales por rastafaris y parias, como han hecho con Alberto Rodríguez, a quien acusan de darle una patada a un policía cuando en realidad la patada se la han dado a él en el trasero.

Los Estados liberales han sido usurpados por las dinastías de siempre, la supuesta libertad para elegir a los representantes políticos cada cuatro años se ha convertido en una farsa o pantomima y aquí siempre mandan los mismos. Pablo Casado viene a demostrar esta tesis cada vez que abre el pico y se opone a cualquier reforma para mejorar las condiciones de vida de millones de españoles. Las grandes eléctricas controlan el precio de la luz, los bancos el dinero, los jueces elegidos a dedo perpetúan el sistema y la patronal bloquea cualquier tipo de avance social. Una vez más, se impone el teatrillo de una democracia que no es más que un artificio porque al final Bruselas envía a un duro comisario italiano para poner firme a Pedro Sánchez el día antes de derogar la reforma laboral y aquí paz y después gloria. Hernández de Cos, gobernador del Banco de España, nos avisa de lo que viene para que nos vayamos preparando: un frenazo del crecimiento con desabastecimiento y recortes que pagarán los mismos de siempre. Toma golpe al proleta.

Poco o nada podemos hacer para revertir esta dictadura planetaria, más que sentarnos y ver cómo nos arrastran a una economía de posguerra en blanco y negro donde falta de todo y donde vuelve el trueque, el estraperlo y la corrupción. Ahora nos dicen que en navidades escaseará la mantequilla, el café, los mariscos, el pan, la cerveza y otros licores. Mentira cochina. En las mesas de los ricos no faltará de nada, ya mandarán ellos al Fermín de turno a mover las viandas con sus malditos drones. Antes por lo menos dejaban que el pobre le diera duro al Anís del Mono o al Gaitero para olvidar, pero es que ya ni eso. Seguro que en la casa de Pedro Sánchez no falta un buen copazo de güisqui. ¿Ves tú?

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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