viernes, 19 de noviembre de 2021

UN COMISARIO EUROPEO

(Publicado en Diario16 el 27 de octubre de 2021)

Hubo un momento en que Pedro Sánchez fue la última esperanza de la izquierda española. Es cierto que estaba Pablo Iglesias, que era más listo, brillante y con mejor currículum universitario que él, pero Iglesias tenía pinta de fiero jacobino y asustaba al socialista monárquico y de orden mientras que Sánchez transmitía cierta sensación de confianza y seguridad. Por si fuera poco, el nuevo líder del PSOE tenía no solo el porte, el garbo, la mandíbula de Superman y una sonrisa que parecía sincera, sino algo mucho más importante: el aura del héroe que llegaba a tiempo para rescatar a la izquierda maltrecha. Sin duda, era el tipo perfecto para los tiempos convulsos de un bipartidismo en ruinas, una extrema derecha europea en auge y un Régimen del 78 tambaleante.

El gran éxito de Sánchez consistió en que supo construirse un relato mítico, fantástico, una aventura casi medieval que hablaba de un rey destronado por la conjura felona de una serie de barones de las taifas que se la jugaron bien jugada en aquel turbulento Congreso Federal del 16. Aquel rey depuesto, lejos de quedarse en el suelo mordiendo el polvo, subió a su caballo (su viejo diésel), recorrió España de punta a punta y pueblo a pueblo y reconquistó el poder poniendo a todos los traidores en su sitio. No me digan ustedes que la película no era para Óscar. Ni el mejor happy end made in Hollywood.

Bien por su habilidad para ganar el póker de las Primarias en el peor momento o porque jugaba sobre seguro con su Rasputín Redondo en la sombra susurrándole la estrategia a seguir cada minuto, lo cierto es que la operación cuajó, mucho votante socialista se tragó la leyenda de que regresaba un PSOE republicano y fuerte y volvió a confiar (por enésima vez) en la casa del pueblo. Por un momento el puño resistía y la rosa no se marchitaba, incluso parecía que el partido de los 142 años de historia podía salvarse de la quema general en la que habían ardido otros partidos hermanos en países como Francia, Italia o Grecia.

Lamentablemente, hoy ya no queda nada de aquel sanchismo adolescente, arrollador e ilusionante de los primeros tiempos, las máscaras han caído de nuevo y el PSOE vuelve a involucionar hasta correr serio riesgo de acabar en la UCI de la socialdemocracia, como el resto de formaciones europeas progresistas que tampoco levantan cabeza. El presidente ha retornado al pasado y hasta ha rescatado la vieja y sórdida bodeguilla de Moncloa, donde Felipe cerraba sus secretos de Estado (a base de manzanillas) con los banqueros, los Pujol y otros especímenes de la época. Sin ánimo de caer en el derrotismo (como bien dijo Gala aquí no somos pesimistas, solo optimistas bien informados), nos atrevemos a decir que desde el “congreso de las paellas” de Valencia y lo del giro a la derecha nada bueno se cuece en Ferraz.

La peor de las noticias ya no es que se haya frenado en seco la derogación total de la reforma laboral de Rajoy firmada por Yolanda Díaz, sino que da la sensación de que Sánchez ha tirado la toalla, se ha plegado a las consignas del patriarca Isidoro, ha temblado ante las amenazas de Casado y la patronal, ha cedido ante el remango y la ambición de Nadia Calviño y se ha hincado de rodillas ante las exigencias neoliberales de Bruselas. El pasado fin de semana un comisario (más bien un sheriff italiano de aquellos duros del espagueti wéstern) aterrizaba en Madrid para pasar revista al personal y que nadie se le desmande en el fronterizo y siempre convulso Texas español. Paolo Gentiloni dejó unas cuantas advertencias que no han caído en saco roto y que conviene recordar. Entre otras cosas, le dijo al presidente socialista que la reforma laboral y la política de pensiones deben ser consensuadas entre todos los agentes sociales sin debilitar el “dinamismo del sistema” ni dañar a las empresas españolas. O sea, que poca broma.

Lo que el comisario italiano vino a susurrarle al oído al presidente español es que Europa no está para alegrías socialistas y que se ande con cuidado cuando negocie con Yolanda Díaz. Es cierto que mostró su preocupación por las cifras del paro, por el elevado número de contratos precarios que se firman en nuestro país, por los índices de desigualdad, por los bajos salarios y por la situación de la negociación colectiva (bien mirado, negociación colectiva, lo que se dice negociación, no existe después de que Mariano Rajoy se la cargara de un plumazo dándole todo el poder para contratar a las empresas). Pero en cierta manera Gentiloni vino a lo que vino: a advertir a nuestro país de la elevada deuda pública y a poner firme al soldado Sánchez para que se vaya olvidando de derogar íntegramente la reforma laboral del PP o de lo contrario tendremos un problema. ¿Se acuerda el ocupado lector de cuando en el crack del 2008 los medios de comunicación nos bombardeaban a todas horas con la prima de riesgo? Ni dios sabía entonces quién era aquella señora tan pesada e impertinente que se coló de repente en nuestras vidas y que hoy amenaza de nuevo.

En el fondo, con todo esto lo que Gentiloni le está diciendo a Sánchez es que cuidadín con lo que hace y firma porque los hombres de negro de Bruselas están deseando darse un garbeo por España para disfrutar de nuestras playas, comer paella, practicar el reguetón y de paso ver qué ha sido de los 140.000 millones en ayudas covid, por si es necesario meter la tijera en nuestras cuentas públicas. Es decir, el fantasma de la intervención que tanto daño hizo en la Grecia revolucionaria de Syriza. “Ser complaciente puede poner en peligro algo muy importante para el éxito europeo (…) Miraremos el panorama general, pero los compromisos asumidos deben estar allí”, amenazó el comisario antes de que PSOE y Podemos vuelvan a verse a cara de perro para ver qué hacen con la reforma marianista. Dicho lo cual, Sánchez se levantó de la silla, se cuadró como un chico aplicado y dijo aquello del gran José Luis López Vázquez: un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo. A mandar y póngame a los pies de su señora.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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