lunes, 11 de mayo de 2020

EL CAPITÁN A POSTERIORI


(Publicado en Diario16 el 11 de abril de 2020)

Tal como era de prever, la extrema derecha internacional está haciendo un ridículo mundial durante esta pandemia de coronavirus. Si la última propuesta de Donald Trump es retirar los fondos norteamericanos destinados a la Organización Mundial de la Salud en pleno apocalipsis y Boris Johnson sopesó en los primeros días de la crisis dejar que todos sus compatriotas se contagiaran para no perjudicar la economía del Reino Unido, en España Pablo Casado (este también es extrema derecha después de sus pactos infames con Vox) tampoco se queda atrás en dosis elevadas de esperpento surrealista.
Podría decirse, como dice Gabriel Rufián, que el presidente del PP se ha convertido en el capitán “a posteriori” de la política española, el “enterao” que todo lo sabe a toro pasado y se limita a decir lo que está mal sin aportar propuestas técnicas, científicas, pragmáticas. Casado es el Pepito Grillo o Pitufo Gruñón de nuestra epidemia, ese cuñado antipático y rencoroso que pasará a la historia por haber estado siempre a pie de zanja, con las manos atrás y el palillo de dientes en la boca, echándole en cara a los abnegados y sudorosos obreros todo lo que están haciendo mal en la obra. Su Partido Popular, lejos de aportar soluciones, se ha convertido en parte del problema, en puro ruido estridente, en un fragor constante de chatarrería inservible para los españoles, que ahora mismo no piensan en otra cosa que en doblegar la maldita curva epidémica.
Su última ocurrencia invita a la carcajada a las primeras de cambio. En las últimas horas, el Grupo Parlamentario Popular ha presentado una proposición no de ley para “racionalizar” la Administración del Estado en la que reclama a Pedro Sánchez que “adelgace” su Consejo de Ministros, reduciendo ministerios y asesores y destinando ese ahorro a la lucha contra el coronavirus. Concretamente, Casado plantea que Sánchez aminore el número de vicepresidencias y unifique los ministerios cuyas competencias fueron “artificialmente repartidas sin excesivo sentido” con Unidas Podemos (véase Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Sanidad y Consumo, Educación, Ciencia y Universidades).
La idea del presidente popular −demagógica, inútil y absurda− no puede tener otra respuesta que “váyase usted a paseo, señor candidato conservador”. En medio de un naufragio, cuando el barco se está yendo a pique, al contramaestre no se le ocurre otro ingenioso plan que decirle al capitán que arroje por la borda a la mitad de sus marineros, los que están achicando el agua, porque cobran demasiado jornal. En realidad, lo que busca Casado, una vez más, no es terminar con la pandemia, sino acabar con Pablo Iglesias, el oficial de cubierta que le quita el sueño porque tiene el control del timón, o sea las políticas sociales y el CNI. Iglesias se ha empeñado en que más de cinco millones de españoles al borde de la indigencia perciban un ingreso mínimo vital, y eso a Pablo Casado, como procurador y representante legal de los intereses de la patronal CEOE, le produce una alergia con asma que en cualquier momento va a requerir de un respirador de oxígeno en una Unidad de Cuidados Intensivos (por la privada, eso siempre).
Todo lo cual nos lleva a ponernos analíticos y a preguntarnos cuáles han sido en realidad las medidas y soluciones concretas −tanto médicas, sanitarias como científicas−, que el Partido Popular ha llevado al Parlamento para erradicar el bicho de Wuhan. Resulta difícil recordar una sola. A Casado nunca lo vemos subirse al atril de la Cortes con un informe técnico bajo el brazo para aplanar la curva estadística o promocionar una investigación en busca de la ansiada vacuna; como tampoco lo veremos sacar del maletín un estudio epidemiológico que ayude a mejorar la eficiencia de los hospitales o las condiciones de trabajo del esforzado y heroico personal sanitario. Casado, cada vez que va al Congreso, lo hace con un único y prioritario objetivo: enterrar a Pedro Sánchez, convertir la Moncloa en una morgue política, en un Palacio de Hielo, olvidándose siempre de lo sanitario y del inmenso drama nacional que viven los españoles. Al líder del PP siempre se le ve dispuesto a proponer homenajes, funerales de Estado y banderas a media asta, todo lo cual está muy bien y es muy loable, aunque no devolverá la vida a las víctimas y lo que es aún peor: no salvará a los miles de contagiados que luchan por la supervivencia estos días de pandemia.  
Casado, líder de la oposición más destructiva, antipatriota y estéril que se recuerda en la historia reciente de nuestro país, se está luciendo con sus brillantes propuestas (o mejor con sus no propuestas) para superar la peste que nos ha caído encima. Y llegados a este punto podríamos empezar a preguntarnos para qué demonios sirve un aspirante a presidente así, un partido así, un programa político así. El PP se ha convertido en una herramienta política inútil y más falsa que el material quirúrgico que nos llega de Pekín. Mucho humo y mucho ruido. Un subproducto parlamentario de todo a cien más fraudulento que los aviones chinos de Díaz Ayuso. O tal como ha dicho el diputado Baldoví en un arrebato de sinceridad con más razón que un santo: tenemos una derecha “miserable, zafia, sucia e irresponsable”. Si fue Unamuno quien dijo aquello de “me duele España”, ahora podríamos añadir: “Nos duele Casado”. Más que un mal de muelas.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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