martes, 12 de mayo de 2020

EL MANUAL MARXISTA


(Publicado en Diario16 el 20 de abril de 2020)

Las contradicciones económicas de Vox siguen aflorando, como no podía ser de otra manera en un movimiento de extrema derecha que trata de cautivar a las masas trabajadoras pero que lleva en su genética fundacional la defensa de la aristocracia y las élites, la injusticia social, la discriminación étnica y de género y la incoherencia política. En la última semana el partido ultra ha pasado de mostrarse abiertamente en contra de conceder una renta mínima vital a millones de españoles en riesgo de pobreza y hambre a reclamar beneficios fiscales para esas mismas personas a las que niega el pan y la sal. No tiene ningún sentido; el postureo se transparenta demasiado flagrantemente.
Esta semana que comienza la formación ultraderechista interpondrá una pregunta en el Congreso de los Diputados que dejará en evidencia sus bandazos económicos de los últimos días: “¿No cree este Gobierno que las familias que hayan tenido un fallecimiento directo de un familiar de primer grado por consanguinidad por el covid-19, deberían tener una deducción familiar en su declaración de IRPF?”, interpelan los diputados de Vox que un día juegan a ejecutivos del Íbex35 y al siguiente a Robin Hood.
Una vez más, nos encontramos ante una melodía desafinada, un gallo que duele a los oídos de la razón. La propuesta de Vox para rebajar el IRPF choca de lleno con su visión respecto al ingreso mínimo vital para familias vulnerables que prepara el Gobierno y que destacados dirigentes verdes como Jorge Buxadé, diputado en el Parlamento Europeo, han calificado despectivamente como “paguita clientelar y para menas”. Resulta difícil de creer que el partido verde pueda rechazar una medida de justicia social como es ofrecer una renta básica para todas aquellas personas que hayan quedado en la cuneta en esta pandemia y al mismo tiempo exija al Gobierno una rebaja en el impuesto de la renta para esas mismas personas. No cuela, no se sostiene, de modo que todo tiene una explicación mucho más sencilla: Santiago Abascal ha dado orden de recular, de maquillar el error político inmenso que suponía oponerse a un ingreso mínimo vital que más de un millón de familias aguardan como agua de mayo para poder sobrevivir. El presidente de Vox ha debido pensar que no era una buena idea calificar una renta básica de justicia social como “paguita clientelar”. Y, o mucho nos equivocamos, o alguien ha recibido un buen rapapolvo del jefe.
Estamos sin duda ante una nueva contradicción de un grupo político que en las últimas horas no ha recibido buenas noticias demoscópicas. Según la encuesta de Sigma-Dos realizada en medio del brote epidémico, Vox sería la formación política que sufriría un descalabro mayor de celebrarse hoy nuevas elecciones. Con una intención de voto del 11,9%, los ultras perderían 3,2 puntos respecto al resultado que obtuvieron en noviembre, cuando lograron 52 escaños. Pese a ello, Vox se mantendría como tercera fuerza política, seguida a estrechísima distancia por Unidas Podemos, que conseguiría el 11,5% de los sufragios. Por su parte, el PSOE lograría el apoyo del 31,7% de los votantes (casi cuatro puntos más que en las últimas elecciones celebradas el 10 de noviembre), de manera que su gestión en la epidemia sería aprobada por la mayoría de los españoles (hasta un 60 por ciento). También el PP saldría fortalecido, confirmándose de esa manera la tendencia de los españoles al retorno del bipartidismo.
Según este sondeo, algo está haciendo mal el partido ultra. Abascal se equivoca al aplicar el “manual marxista” (el de Groucho Marx) a esta pandemia. Según el genial cómico del puro y el bigote la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados. Hasta ahora el líder de la extrema derecha española no ha hecho otra cosa que desplegar una estrategia de bulos y mentiras sobre la maldita enfermedad con el único fin de desgastar al Gobierno. Pero los españoles empiezan a cogerle el truco al bueno de Santi. Todo el mundo está viendo cuál es su juego, cómo se dedica a echar más leña al fuego de la desgracia y la muerte del país, cómo se lava las manos ignominiosamente (negándose de pleno a cualquier acuerdo) mientras sus compatriotas mueren asfixiados por culpa de un mal de origen desconocido que por mucho que él se empeñe nada tiene que ver con el comunismo separatista, ni con Pedro Sánchez ni siquiera con Pablo Iglesias. Sus chabacanos montajes diarios en las redes sociales y sus burdas tácticas de agorero cenizo que solo mira por la ganancia electoral del partido, mientras España se hunde en el miasma de la desgracia y la tragedia nacional, repelen a la inmensa mayoría de los españoles, incluso a buena parte de su electorado, que empieza a mirar de nuevo al PP de Pablo Casado como alternativa al Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos. El patriotismo bien entendido no consiste en matar al enemigo político, sino en arrimar el hombro junto a él en momentos dramáticos para pedir responsabilidades después.
Abascal no está demostrando ser un líder inteligente y preparado. Sus discursos incendiarios en la tribuna del Congreso asustan tanto o más que el contagioso bicho de Wuhan. Su lenguaje guerracivilista y sus desagradables recursos retóricos chirrían dolorosamente mientras están muriendo cientos de compatriotas cada día en los hospitales. Es como formar un gran escándalo en medio de un funeral. O como si a mitad de una batalla el general desobedeciera las órdenes del Estado Mayor, se refugiara lejos del frente y se dedicara a patalear como un niño enrabietado porque no le conceden sus tanques y divisiones. No da una buena imagen de futuro estadista. No transmite temple, cordura y control de la situación. Jugar a la crispación, a la agitación permanente y a la inestabilidad es una mala apuesta cuando el pueblo malherido sueña con recuperar cuanto antes la normalidad, la paz, la estabilidad, el sosiego. Sumar una guerra a otra guerra con tantas bajas no es un buen negocio. No hay más que ver las encuestas.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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