jueves, 14 de mayo de 2020

LA VIRGEN CASTIZA


(Publicado en Diario16 el 9 de mayo de 2020)

Isabel Díaz Ayuso no basó en criterios científicos, sino políticos, su solicitud de “desescalada” para Madrid, que ayer tarde fue rechazada por el Gobierno central al considerar que existe un elevado riesgo de rebrote por coronavirus. Ese desdén y esa falta de respeto hacia los informes epidemiológicos se desprende de la carta de dimisión que la ex directora de Salud Pública de la Comunidad de Madrid, Yolanda Fuentes, ha remitido a Díaz Ayuso, en la que le muestra su desacuerdo con la decisión del Consejo de Gobierno de solicitar el pase a la “Fase 1 de la estrategia de desescalada” que, a su juicio, “no ha estado basada en criterios de salud”. La doctora termina la misiva con unas palabras emotivas que la honran como profesional de la Medicina que antepone su deontología profesional y su integridad personal a la poltrona y al cargo: “No me queda otra opción que presentar la dimisión con el gran dolor que supone abandonar una responsabilidad por la que siento alto grado de compromiso”.
Yolanda Fuentes remitió su carta de renuncia al consejero de Sanidad, Enrique Ruiz Escudero, a quien explicó que dejaba su puesto “por responsabilidad” y por su “disconformidad” con la decisión adoptada por el Gobierno regional en contra del criterio de la Dirección General de Salud Pública que estaba basado en “indicadores tanto epidemiológicos como asistenciales”. ¿Qué quiere decir toda esta farragosa terminología burocrática por momentos más indescifrable que la temblorosa letra de un médico de familia? Que la presidenta regional del Partido Popular, tal como nos temíamos desde que se tuvo noticia de la dimisión de Fuentes, se ha saltado a la torera los informes de los científicos y ha pensado que era una buena idea pasar página a la epidemia, dejar atrás la maldita pesadilla de muertos y contagiados, aunque en realidad Madrid siga figurando entre las tres ciudades del mundo (junto a Bérgamo y Nueva York) que peor están gestionando los estragos de la plaga. Así funciona la lideresa castiza conservadora: a ella un simple papelillo de Salud Pública que alerta ante la inminencia de una posible catástrofe sanitaria provocada por un rebrote epidémico no le estropea sus sueños de grandeza.
Díaz Ayuso ha actuado, cuanto menos, con una gran irresponsabilidad, no sabemos si dejándose llevar por las presiones del lobby de bares, mesones y hoteles de Madrid o por pura vanidad al considerar que estaba perfectamente capacitada para tomar decisiones por su cuenta, como si ostentara un profundo conocimiento de los secretos más ocultos de la biología molecular de los virus o algo mucho peor: como si el poder la hubiese embriagado y llevado a pensar que ella era la capitana general y el mando único en esta guerra cruel contra el covid-19. En cualquiera de las dos hipótesis la presidenta regional sale mal parada. En el primer supuesto porque resultaría indigno que una representante elegida por el pueblo cediese a las presiones de un grupo de empresarios −por mucho que estos estén muy angustiados ante la sombra de la ruina, cosa perfectamente lógica y entendible− y se olvidara por completo de la defensa del bien común y el interés general. Si algo estamos aprendiendo es que debemos ir mentalizándonos de que en esta negra historia del bicho de Wuhan lo primero debe ser la salud y luego el dinero. Sin embargo, la presidenta ha fallado en el cumplimiento de esta máxima sagrada, ya que ella misma ha reconocido que se hubiese quedado en la “Fase 0 de la desescalada”, sin pasar a la Fase 1, pero que tras reunirse con los sectores económicos cambió la decisión.
La presidenta de un Gobierno regional debería tener personalidad, integridad, fortaleza de espíritu, y bajo ningún concepto dejarse amilanar o doblegarse ante los intereses de un colectivo particular (perjudicando el bien común), mucho menos si lo que está en juego es la salud de millones de personas. Por desgracia, esta crisis epidémica ha venido a demostrar que Díaz Ayuso podrá ser una mandataria resultona, ingeniosa si se quiere con todos esos chistes y zascas sobre Venezuela y hasta fotogénica para la televisión (sin negarle que le ha echado interés y valor al visitar a los enfermos en el hospital de Ifema, donde ha llorado como una Magdalena enlutada o una inocente jovencita con el rímel corrido a la salida de un after). Sin embargo, es más que evidente que no la adornan las cualidades que debería reunir. Todo estadista se revela en momentos de tragedia y catástrofe nacional, pero Díaz Ayuso no es Margaret Thatcher o Evita Perón, ni siquiera Ana Botella. En ese aspecto, su compañero de partido, el alcalde Martínez-Almeida (que no es precisamente santo de nuestra devoción ni de nuestra cuerda) ha estado mucho más acertado y entonado en sus decisiones. 
Pero si malo sería que Díaz Ayuso hubiese sucumbido a las presiones del lobby hostelero, aún peor es que su fracaso se deba a un exceso de vanidad, a un ego desmedido, y a que se haya creído capitán general de caballería en la campaña contra el covid-19 cuando en realidad era una simple oficial de intendencia. En efecto, la presidenta tendría que haber tenido claro cuáles eran sus atribuciones y que en todo caso primero estaban sus estrategas médicos y virólogos, después Pedro Sánchez con su Plana Mayor de ministros y gabinetes técnicos dirigidos por Fernando Simón (también Pablo Iglesias, por mucho que le duela) y en tercer lugar, y solo en tercer lugar, ella como presidenta de una comunidad autónoma. Hay un montón de trajes, uniformes y galones por encima de la dirigente madrileña, pero la mujer nunca ha terminado de entender el protocolo y ese exceso de protagonismo tal vez le haya jugado una mala pasada. Como hay epidemia para rato, quizá al final vaya captando cómo va esto.

Viñeta: Pedro Parrilla El Koko

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