viernes, 15 de mayo de 2020

LA REVOLUCIÓN DE LOS CAYETANOS


(Publicado en Diario16 el 14 de mayo de 2020)

Al grito de “libertad, libertad”, los vecinos de los barrios bien de Madrid se han echado a la calle para protestar contra el supuesto recorte de libertades por el estado de alarma. Lo que en un principio iba a ser una cacerolada de ricos desde los balcones del barrio de Salamanca se acabó convirtiendo en una manifestación no autorizada de cientos de personas dispuestas a contagiarse el coronavirus, las unas a las otras, en una especie de alegre suicidio colectivo. En realidad se ha demostrado que el confinamiento decretado por el Gobierno aplana la curva epidemiológica de la que cada día nos habla el doctor Fernando Simón, es decir, es una herramienta preventiva de primer orden para frenar la expansión del bicho de Wuhan. Sin embargo, las derechas han terminado convirtiendo lo que es una medida científica eficaz, la única que funciona a falta de una vacuna o un tratamiento, en una cruzada medieval contra el comunismo bolivariano que solo está en sus mentes fanatizadas.
Pablo Casado y Santiago Abascal se han empeñado en hacer creer que España es Venezuela, que este es un régimen chavista y que el objetivo último del decreto de estado de alarma es imponer el bolchevismo soviético en nuestro país. Estamos ante un nuevo montaje propagandístico, una inmensa falacia y una grave irresponsabilidad, cuando no una supina estupidez. Pero la demagogia barata va calando y el miedo es libre. Lo que ha ocurrido en las últimas horas en el barrio de Salamanca, milla de oro y sede del plácido balneario biuti madrileño, escapa a una mínima comprensión racional. Arremeter contra un Gobierno que solo trata de salvar vidas humanas para hacerlo pasar por un gabinete estalinista es absurdo, delirante, estúpido.
“¡Abajo los comunistas!”, gritaba uno de los manifestantes con un pañuelo de seda anudado al cuello. “¡Pedro Sánchez, dimisión!”, gritaba una rubia de impecable peluquería. Aquello se había ido de madre, una calentura descontrolada de cacerolas rabiosas y rojigualdas al viento se había apoderado del personal mientras la Policía hacía la vista gorda. La algarada callejera había cuajado cual Motín de Esquilache, solo que en el siglo XVIII los amotinados eran los de las clases populares que pedían pan a Carlos III y ahora son los pudientes, los bucaneros de la bandera pirata del Lacoste, los corsarios de los puertos caribeños y suizos y los que se niegan a pagar más impuestos. Las derechas avivan el incendio de la pandemia porque les va bien con este infierno, porque dan por bueno el precio de unos cuantos viejos muertos y porque ellos, jóvenes robustos y bien alimentados de piscina y gimnasio, tienen por delante muchos años de champán y buena vida.
No, esta revuelta de Rolexs y billeteras de piel nada tiene que ver con aquellos chambergos y capas largas raídas de Esquilache. Aquí no es el pueblo el que sale a la calle a pedir comida y libertad, sino una voz en off de privilegiados y burgueses que avivan la revuelta por un solo motivo: pasar a una nueva fase, no en la desescalada, sino en su particular Operación Ogro para volar la Moncloa por los aires en un estallido de fiebres y esputos. Las derechas españolas, bien prietas las filas, o sea bien alineados sus ejércitos de bots y millonarios concienciados, trabajan para sembrar un cosechón de virus que termine por colapsar la Sanidad pública, dándole la estocada definitiva a Sánchez. Arriba ricos de la Tierra, en pie bien nutrida legión. La Internacional del dinero ya está aquí, desfilando por las calles de Madrid y dejando tras de sí el putrefacto hedor del Chanel.
No cabe ninguna duda. La de Salamanca es una revuelta esperpéntica y casposa, una parodia a la inversa de la lucha de clases donde ya no se invoca a Marx y a Lenin sino a Adam Smith y a Amancio Ortega, donde los de arriba reclaman libertad mientras los de abajo perecen infectados por la plaga, el paro y el hambre. Esta reunión no autorizada de cacatúas opulentas, de gente huraña y enferma por el mal del dinero que por rencor ya no aplaude a los sanitarios al atardecer, es la demostración palpable de que las élites sienten pánico al Estado de Bienestar que les rascará el bolsillo más pronto que tarde con nuevos impuestos y tributos. Ellos, los patriotas de la clínica privada y el aborto en Londres; ellos, los más firmes detractores de la Seguridad Social, que es cosa de comunistas y perdedores, tal como dice Trump, son los mayores agentes patógenos para este país, para la libertad, para la democracia.
Los revolucionarios ricos, los ridículos fantoches estirados del monóculo y la gomina, más algún que otro aprendiz de Goebbels que propaga el bulo y la semilla del odio en la sombra, son los mismos que aplauden las ocurrencias chuscas y las tontunas de su líder regional, Isabel Díaz Ayuso, a salvo y a cuerpo de reina en su blindada suite principesca, o sea el pisazo que le ha puesto el empresario Sarasola. La Virgen Dolorosa del PP llora lágrimas de cocodrilo por los miles de madrileños muertos y contagiados, como una mater amatísima tallada por el artista MAR, pero a la hora de la verdad corre a refugiarse de la peste en su Trump Tower del Manhattan castizo, que para algo ella es la “trumpita” pródiga del populismo yanqui en España.
Esa hipócrita cacerolada de millonarios (seguramente serán cacerolas de oro, que ellos no comen en cualquier hojalata) da asco y miedo. Mucho miedo. Solo faltó que apareciera Pablo Casado con un megáfono en la mano en medio de la muchedumbre, como un nuevo golpista iluminado Juan Guaidó, para exigir elecciones y el exilio de Pablo Iglesias. Todo se andará.

Viñeta: Pedro Parrilla El Koko

No hay comentarios:

Publicar un comentario