miércoles, 13 de mayo de 2020

EL NOBEL CHOCHEA


(Publicado en Diario16 el 1 de mayo de 2020)

Ser un genio no es incompatible con terminar diciendo majaderías. La historia está repleta de casos. Aristóteles, sin ir más lejos, consideraba que la comedia era un género menor al lado de la tragedia y que los humoristas no dejaban de ser imitadores de baja estofa. James Watson, premio Nobel como codescubridor de la estructura del ADN y uno de los mejores cerebros de nuestro tiempo, siempre estuvo convencido de que los negros son menos inteligentes que los blancos (a día de hoy todavía lo piensa, persistiendo en su delirio racista). Y el escritor V.S. Naipaul, otro premiado por la Academia sueca, llegó a asegurar que no había “ninguna escritora” que pudiera igualar su literatura, haciendo ostentación no solo de su arrogancia, sino de un obtuso cerebro y de un machismo recalcitrante.
Quiere decirse que una cosa es el personaje público y otra la persona y hacemos mal en juzgar la obra del genio por su vida, vicios y costumbres. Cuando nos acercamos al genio debemos dejar aparte su biografía, ya que de lo contrario terminaríamos arrojando a la hoguera todos los discos de Michael Jackson (sospechoso de pederastia), los libros de William S. Burroughs (asesino de su mujer) y las grandiosas audiciones de Plácido Domingo (un galán siniestro que atravesó demasiadas líneas rojas en su relación con las mujeres).
Mario Vargas Llosa también tiene su lado oscuro, aunque no por eso vamos a dejar de leer su magnífica obra, cumbre de la prosa en español y plena de profundidad sobre la condición humana. El nobel, a través de la Fundación Internacional para la Libertad que él mismo preside, ha decidido encabezar un manifiesto firmado por 150 personalidades de 23 países en el que cuestiona las medidas de confinamiento ante la emergencia del coronavirus. “Rechazamos el falso dilema de que estas circunstancias obligan a elegir entre el autoritarismo y la inseguridad”, reza la carta titulada Que la pandemia no sea un pretexto para el autoritarismo, donde se aboga por “la democracia en tiempos del coronavirus”. Entre los firmantes figuran Aznar, Albert Rivera, Cayetana Álvarez de Toledo, Zedillo, Macri, Uribe, Sanguinetti, Lacalle y Cristiani (en realidad algunos de ellos se identifican tanto con el auténtico espíritu de la democracia como un talibán afgano con el feminismo).
“Mientras los empleados de la sanidad pública y privada combaten el coronavirus valerosamente, muchos gobiernos toman medidas que restringen indefinidamente libertades y derechos básicos. En lugar de algunas entendibles restricciones a la libertad, en varios países impera un confinamiento con mínimas excepciones, la imposibilidad de trabajar y producir, y la manipulación informativa”, denuncia el documento. En último término, el párrafo vendría a justificar algo tan ridículo y pueril como que si alguien sufre un infarto el Estado no puede hacer todo lo que esté en su mano para salvarle la vida sin pedirle permiso antes para no atentar contra su supuesta libertad. 
Por sus ideas conservadoras, hace tiempo que Vargas Llosa defraudó a al menos la mitad de sus lectores. Nunca debió haberse metido en política, al igual que su amigo Aznar nunca debió haber salido de Oropesa. Cuando el autor de La ciudad y los perros tomó partido públicamente por el neoliberalismo económico y la derechona política perdió esa aureola de defensor del débil desvalido y de luchador contra las injusticias del mundo que por compromiso humanista y racional debería inspirar a todo intelectual y a todo escritor. Cuando tomó partido por la causa conservadora, casposa y retro, Mario, el gran Mario cuya obra siempre admiraremos como una de las cotas más altas de la literatura universal, se volvió tan feo de alma como un banquero firmando un vil desahucio contra una pobre viejecita.
Cuesta trabajo creer que alguien de la clarividencia para la ficción como Vargas Llosa pueda estar tan ciego ante la realidad y llegar a firmar un documento de ese calibre que obvia por completo el hecho de que cuando un Gobierno como el de Pedro Sánchez decreta el confinamiento de todo un país no lo hace por puro capricho sino para salvar vidas humanas en medio de una voraz epidemia que mata por cientos cada día. Y sobre todo resulta imposible alcanzar a comprender cómo un novelista que escribió una historia tan redonda como La guerra del fin del mundo −en la que el escritor analiza como nadie el terrible drama de la pobreza en América Latina− pueda mostrarse tan elitista, tan de derechas, tan poco sensible con los que menos tienen y por lo tanto con los que más están sufriendo la epidemia.
Cuando un intelectual se equivoca suele arrastrar al desastre a toda una generación. Esa factura habrá que endosársela algún día al genio peruano. Fue Mozart quien dijo aquello de “ni una inteligencia sublime, ni una gran imaginación; amor, eso es el alma del genio”. Quizá ahí esté la clave de la deriva ideológica de Vargas Llosa (que cada día deriva un poco más y a este paso terminará derivando en Vox). A don Mario se le agotó el amor, y no hablamos de su devoción romántica por la Preysler, que la damos por supuesta, sino del amor a la humanidad y a los nobles ideales como la justicia social, la solidaridad y la lucha contra la desigualdad. Al promover el manifiesto, Vargas viene a rechazar “el falso dilema que obliga a elegir entre el autoritarismo y la inseguridad, entre el Ogro Filantrópico y la muerte”. Con absoluta certeza, lo del “Ogro Filantrópico” para referirse a un Gobierno socialista que vela por la salud de su gente será la metáfora más desafortunada que haya creado jamás el maestro. Claro que hasta el mejor Nobel echa un borrón.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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