lunes, 25 de mayo de 2020

EL VIRUS DE LA BANDERA


(Publicado en Diario16 el 25 de mayo de 2020)

El Ministerio de Sanidad ha registrado 70 muertes en España por coronavirus en las últimas horas. Es un mal dato y un peor augurio que nos hace temer la posibilidad de un rebrote más pronto que tarde. El confinamiento decretado por el estado de alarma estaba dando un buen resultado hasta el momento, pero resulta evidente que en las últimas semanas nos hemos relajado en exceso. Los parques se han vuelto a llenar de gente, las terrazas de los bares ofrecen un aspecto de normalidad −como si nada hubiese ocurrido−, y algunas playas se ven atiborradas de domingueros y bañistas que no guardan una mínima distancia de seguridad. Por ese camino lo único que lograremos es que la enfermedad se quede a vivir entre nosotros durante mucho tiempo, convirtiéndose en endémica.
La lógica científica insiste una y otra vez en que lo primero es erradicar totalmente el virus porque un país renqueante, como un enfermo crónico, está condenado a vivir tiempos duros. A falta de una vacuna, solo las restrictivas medidas de prevención y alejamiento social pueden terminar por arrinconar al agente patógeno. Así es como China ha conseguido superar la enfermedad y hoy por hoy, por primera vez en meses, los únicos casos que registra el gigante asiático son importados. Es decir, lo chinos han vencido al covid-19 con mucho esfuerzo y sacrificio, con unidad y tenacidad, trabajando de forma colectiva como sociedad y como país. Todo lo contrario de lo que estamos haciendo los españoles empeñados en destruirnos como sea, incluso dejándonos devorar por el microbio asesino. En las últimas horas hemos tenido que asistir al triste espectáculo de un suicidio colectivo, esa inútil manifestación en coche convocada por Vox que solo ha conseguido incrementar el riesgo de contagio masivo, aumentar la contaminación en las grandes ciudades y generar monumentales atascos de tráfico. Ha sido tal el caos organizado por el partido verde que en algunos momentos las ambulancias con enfermos no podían atravesar el muro de vehículos que el partido de Santiago Abascal había levantado en su espiral de sinrazón, patriotismo mal entendido y supina estupidez.
A fuerza de bulos, la formación ultraderechista ha logrado engatusar a una parte del país dispuesta a creer que envolviéndose la cara en la bandera de España, a modo de milagrosa mascarilla, no contraerán el coronavirus. Las mentiras son la sustancia acelerante de la tragedia y el primer aliado transmisor del bicho de Wuhan. Con soflamas, insultos y arengas patrioteras que apelan a los más bajos instintos guerracivilistas puede que logren derrocar a un Gobierno legítimo pero también terminarán arrastrando al país a una ciénaga de pandemias permanentes, como en los peores años del paludismo, el tifus o el mal llamado “piojo rojo” de la posguerra, que es adonde en realidad pretenden llevarnos los nostálgicos con su permanente evocación del pasado franquista en blanco y negro. Mientras una España inteligente y europea cumple con las normas sanitarias y va pasando con diligencia y sentido común de fase, otra España atávica, tosca y cerril azuzada por Vox cae en el desfase, en la fiebre cainita y en la negación de la ciencia y la razón. Es tal como predijo Pompeyo Trogo, historiador romano: “Los hispanos prefieren la guerra al descanso, y si no tienen enemigo exterior, lo buscan en casa”.
De esta forma, las “caravanas de la libertad” (qué repulsivo eufemismo para describir lo que no ha sido más que un rally urbano insalubre, fanático y suicida) se han convertido en la expresión de lo peor y más irracional de un pueblo. Donde los médicos y virólogos horrorizados veían un riesgo elevado de contagio, Javier Ortega Smith veía un ambiente “festivo”; donde los científicos advertían de un caldo de cultivo perfecto para la transmisión del virus, el siempre exagerado e histriónico Santi Abascal contemplaba “un país luchando por su libertad”.
No, de ninguna manera puede considerarse un “éxito” para España –tal como se han apresurado a decir los enfervorecidos líderes ultras− una manifestación que sin duda dará su cosechón nefasto de nuevos contagiados en los próximos días. Más bien al contrario, la cruzada motorizada ultra es un rotundo fracaso y un esperpento como nación a ojos del resto del mundo; un triunfo de la irracionalidad y la ignorancia sobre la medicina y el sentido común; la constatación fehaciente de que el espíritu destructivo y cainita de la derecha montaraz española sigue estando ahí, congénito, tumoral, arraigado, sin que cuarenta años de buena terapia y medicina democrática hayan servido para curar el mal del totalitarismo grabado a sangre y fuego como en la piel de un torito bravo.
De esa manifestación casposa, surrealista, legionaria y absurda propia de una España antigua, ciega y embriagada de odio nos quedará la triste apropiación inmoral que hace la extrema derecha de la bandera nacional, unos cuantos insultos paletos contra el “Gobierno criminal”, como ellos dicen, y esa brava enfermera vestida de un verde quirúrgico que se plantó frente a los coches golpistas −como aquel anónimo chino que consiguió parar a los tanques en la plaza de Tiananmen− para tratar de explicarle a la gente de Vox que no es justo que los sanitarios se estén partiendo el lomo en los hospitales mientras ellos juegan a la batallita del Ebro, como niños, poniendo en serio peligro la salud de todos.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

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